La banda

La banda por fín salió al escenario. Se habían hecho esperar quizás un instante más de lo tolerable. Todo parecía milimetricamente pensado. Ellos habían sido más que famosos, profesionales y cualitativamente de lo mejor del mundo. Aún lo eran. Habían vuelto. El estallido del público posterior a la tensión por impaciencia contenida provocó un sonido de grito uniforme, casi homogéneo.

Los vientos aparecieron primero, luego fueron los integrantes mas superfluos los que le siguieron. Apareció por fin el bajista haciendo morisquetas de payasín desenfrenadas y luego se presentó el cantor con un gesto que no se decidía si debía ser de rockero o de intérprete de corte romanticón. Fui feliz hasta ese instante. Ya con los primeros tonos noté de que algo no andaba bien. ¿Qué era? ¿La calidad del sonido? ¿La mezcla? ¿Los ánimos de los músicos? ¿O era yo víctima de mi propia percepción?

La miré a ella en busca de comprensión pero recién luego del show conseguimos hablar al respecto. Era evidente de que algo había cambiado y de que estaba asistiendo sin saberlo a un punto de inflexión en mi vida. El segundo viaje a Londres con ella definitivamente lo era.

* * *

Algún día se me ocurrió pensar de que toda época tiene un principio y un fin. Las etapas se queman. Pasó el tiempo y esta convicción se fue diluyendo, perdió peso. Volví hacia atrás sin hacerlo. Allí me dí cuenta de que no conseguía dejar de proyectar. Todo lo que me rodeaba era aquello que me iba pasando a mí. Mis conclusiones eran para el afuera y los demás, en ellas evaluaba lo que yo iba procesando. Me gustás porque ahora estoy en esto, como vos. Estás viejos para eso, hay que aceptar de que se le pasó su cuarto de hora. Toma demasiado, fuma de más. No es creativo, no tiene onda. Es demasiado negativo en sus reflexiones. Esta chica peca de optimismo. Todo lo que estaba por fuera de mí, sobraba.

* * *

La excusa perfecta para hacer el viaje, determinar el destino y la fecha, había sido el concierto. Hace tiempo de que no conseguíamos despegarnos de Berlín. Cada intento por salir de la ciudad, fallaba. No nos daban los números. No nos daban los tiempos por entregas. La corrección. Una entrega de proyecto. Un cliente. Un evento. Una pelea desmotivante. Por algún motivo, el presente nos frenaba constantemente.

Cuando el avión despegó, sentí alivio, paz y tranquilidad. Aquellos días en Londres fueron una extensión del estado de levitación que nos fue invadiendo, sin pecar por ello de estupiditis vacacional: El ojo crítico no se cerraba tan solo porque uno podía desconectarse. Más bien, ella y yo pudimos gozar, relajarnos y criticar mucho más libremente que en nuestro encierro berlinés. La distancia ejercía su efecto liberador.

* * *

Lo ví a Finlondio mucho más que pasado de copas un día despues de lo acordado. Nos invitó al club que dirije para su cumpleaños pero faltó a la cita. Antes el no era así, cuidaba más estos detalles. La noche siguiente, cuando volvíamos al hotel, de casualidad nos bajamos en Notting Hill Gate, y lo ví en la puerta del sitio. Charlamos brevemente. El grado etílico de su sangre casi no le permitió reconocerme. ¿O habrá sido mi barba que lo confundió? Sus ojos eran un carrusel. El final de su relación parecía haberlo dejado desequilibrado. El, mientras tanto, disfrutaba del vaivén. En la angustia del blanco de su mirada divisé también placer.

* * *

Ya no consigo tomar como antes y divertirme. Me aburro de mí y de los demás cuando beben. Las borracheras me producen cierto rechazo. Un amigo me dijo de que eso siempre depende de con quién se comparten las borracheras. Comparto su opinión, pero de todas maneras hay un parámetro común en todo acto social de alcoholización. Y ese quizás sea yo: Me aburre la libertad que percibo como fingida. Más aun si noto de que nada ha cambiado ni cambiará. Creo de que me aburre el perpetuum mobile.

* * *

Ella ya dejó de ser un incógnita en mi vida. Ahora es bien real. Como el viaje, como Londres, sus sitios, sus esquinas, todo aquello que antes me interesaba pero no llegaba a comprender y casi me superaba. Disimulaba poniendome en pose cool con frases ambiguas.  Ahora lo he compartido con ella, disfrutado, entendido – y un poco sí, es verdad, he perdido la fascinación. Así y todo noto de que el vertigo que antes me proveía placeres, ya no lo hace, porque cambié, porque somos otros, porque la búsqueda pasa por otro lado, aún muchas veces sin definirse, sin saber hacia donde arrancar, pero la pregunta está ahí. Se abre una nueva era.

La banda desde el escenario se despide. Con cariño alzo mis brazos, ella tambien. Adiós, hasta siempre, pienso. Y siento que la presión cede porque lo peor ya ha pasado.

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