Cámara de gas
dedicado a mi más fiel copia que tomó su propio camino a pesar de que ha quedado en manos de Marlboro y Cía.
Cuando retiré al perro de los de mi hermano, pasándolo a buscar por la puerta de entrada al edificio, noté de que le costaba respirar. Si bien este ejemplar cuadrúpedo siempre se distinguió desde que lo conozco por llevar un paso decididamente licencioso, su andar ahora era más lento que de costumbre. Quise motivar al ser que habitaba dentro de aquel animal impartiéndole una palmadita sobre su lomo. Lo único que conseguí fue provocar una intensa polvareda de cenizas que formaron una nube luego del impacto provocado por mi mano sobre el peludo cuerpo. El perro me miró girando la cabeza y luego volvió a apuntar su hocico hacia abajo, jadeando levemente.
Me asusté y retorné sobre mis pasos hasta la puerta de lo de mi hermano. Toque el timbre y su voz sonó aspera por el intercomunicador. El tono de sus breves palabras habíanse asemejado al de aquellas voces que salen filtradas por gas heólico. Entendí de alguna forma de que me abría la puerta y subimos. Mi perro en un principio se resistió. Pero al ver a un vecino que se cruzó con un cigarillo encendido, mi mascota comenzó a caminar por sí sola, impulsada por cierto automatismo que yo desconocía de ella.
Al llegar arriba, la puerta del departamento estaba abierta de par en par. El olor a humo frío y seco que salía del habitáculo casi me voltéa. Sentí angustia. Sentí ansiedad, sentí muchas cosas a la vez. Por fin me decidí a ingresar. La luz del pasillo no funcionaba. Tropecé con un aparato de fax que recién divisé en la penumbra cuando sentí partirse el plastico bajo mis zapatos y comenzó a sonar el rollo de papel que estaba aparentemente atascado. Saludé alzando la voz. Pero nadie vino a mi encuentro. Tampoco nadie contestó a mi saludo.
Empujé la puerta del dormitorio a mi izquierda pensando en que quizás mi hermano había estado recostado haciendo una siesta. Él suele dormir mucho y en horarios extravagantes. Todos mis amigos, que son ahora también sus amigos, me han dicho de que siempre que lo llaman él aduce haber estado durmiendo. Me sentí culpable por haberlo despertado. Un caja con cables, conexiones y tarjetas de PC me cerraron el paso. La ropa arrojada sobre el piso complementaba el bloqueo. Eso sin mencionar que en una segunda línea de defensa se agrupaban libros varios en diversos idiomas, manuales, apuntes, cajas vacias de galletas, un sostén de micrófono, una guitarra sin cuerdas, una trinchera de polvo, un sillón que algún día fue blanco y un monopatín. Algo me decía de que luego de esa línea de contención se sucedían aún mas vallas de protección astutamente calculadas por un gran estratega militar. Antes de que mi vida siguiese corriendo peligro, decidí cambiar de rumbo y avanzar hacia el interior de la vivienda.
Mi perro emitió una suerte de aullido contenido. Quizás quería advertirme de algo. Tal vez solo fuese que sus bronquios estaban suficientemente taponados como para dejar que el sonido saliese de forma más natural y marcada. Fui caminando con cautela hacia la sala, deteniéndome frente al baño. Abrí la puerta pero no había nadie. No quise observar en mayor detenimiento tal habitación porque las primeras impresiones dispararon mi instinto nato de depresión y seguí avanzando unos pasos hasta el mayor de los cuartos: la sala de estar. Nosotros en Argentina lo llamamos el living. Y efectivamente, casi como adaptándose aún más a la palabra de origen inglés, dicho espacio daba absoluta fé de ser un sitio invadido e inundado de vida plenamente transcurrida y perfectamente acumulada: Innumerales contornos superpoblaban el espacio como si se tratase de una cordillera andina.
El cuarto se mantenía a oscuras. Necesité aspirar profundamente tres veces para no caer desmallado. Fue ahí de que intuí de que a mi hermano podría haberle sucedido lo peor. Por un instante me desesperé pero recobre valor. Si el estaba atrapado allí, yo debía salvarlo, no cabía duda. Tomé corraje y me aferré a la correa del perro. Su agudo olfato de seguro que me ayudaría a encontrar a la posible víctima. “¡Búsca, Lamehuesos, búsca!”, le supliqué al can. Mi perro, Lamehuesos, apenas se movió de su sitio. Amagó a desplazarse pero cayó rendido sobre su propio peso. Luego emitió una especie de suspiro atorado y se giró sobre su cuerpo pidiéndome de que le acariciase la panza.
Sin ayuda, yo iría solo al rescate, debía enfrentar la realidad de los hechos. Al dar el primer paso, una voz ronca me frenó en seco. “Qué pasa”, dijo. Me asusté. Por fin, quizás gracias a que mis pupilas ya se habían acostumbrado a la oscuridad, pude divisar un punto luminoso rojizo quemándose que se movía levemente. “Hermano, eres tú”, pregunté yo en una versión del castellano neutro que se utiliza para el doblaje de series norteamericanas en Latinoamérica. Era evidente de que el temor arrancaba de mi las reacciones más inesperadas. “Sí, boludo, quién va a ser sinó… estoy fumandome un pucho y descansando un poco”.
Caí desmayado por la tensión contenida. Cuando retorné del desvanecimiento, mi perro comía trozos de chuletas de cerdo a la leche de coco con lichi y almendras en un plato hondo. Mi hermano fumaba recostado en el sofá y pelaba unos maníes a la vez. Tenía la mirada fija en la pantalla de su computadora portatil. “Vendí un jugador, estoy segundo en la liga online de Beersheva”. Creí verlo sonreir cuando con un cigarrillo encendió el siguiente.
Quise levantarme pero no pude. Así pasé un largo rato, hasta que la oscuridad empezó a transmitirme una sensación de relajación muscular. El aire maloliente ahora me parecía familiar y transmitía seguridad. Mi perro eructó al terminar de comer y se echo sobre el piso. Estirando el brazo tomé el encendedor entre mis dedos y al primer chispaso la explosión fue tan seca que provocó de que el sonido nos dejase sordos antes de morir. El forense efectivamente constató el tipo de fallecimiento como muerte instantánea por hernia aguda de tímpanos. Por lo menos no fue el cigarrillo el que se llevó a mi hermano. Y por suerte nos fuimos juntos para que luego ninguno de los dos tuviese que soportar a nuestro padre de viejo con todas su manías aún más agudizadas. Del perro nunca aparecieron restos.
Así somos en esta familia, habíamos perecido en una cámara de gas como muchos de nuestros antepasados judíos en Alemania, atrapados por no saber o no poder salir a tiempo.

ahora si se puede comentar: desactive el filtro ultra-impermeable de los amigos holandeses. viel spass! el admin
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valentina
ah, muchas gracias! pero el perro desapareció sin dejar rastro luego de la explosión.
Me hizo acordar al corazón de las tinieblas. Ese apartamento no parece otra cosa que el rancho de Marlon Brandon antes de que llegará … (cómo era que se llamaba?) El rostro apareciendo entre las tinieblas, el cigarillo que se ve antes del rostro. Compleja historia… Uń abrazo