Demasiadas series
Cuando ví salir de la casa de Ludmila del Río a Fantastina, supe de que estaban tramando algo gordo. Quizás todo fuese mi imaginación. O tal vez no. La cuenta regresiva estaba activada, yo estaba seguro de ello. No toda bomba es de tiempo, pero sí puede activarse sin que lo imaginemos en cualquier momento. Vivir a las sombra no garantiza invisibilidad sino que más bien nos protege de la misma forma en que un niño se tapa los ojos para no ser visto. Quise decirles algo, pero no supe ni cómo ni cuándo.
* * *
Por fin sonó el telefono. “Estoy lista”, dijo la voz. “Avancemos entonces”, contestaron.
Cada fin de semana era una mera repetición del pasado. Era evidente de que debían cambiar de ambiente. Más bien, quizás, de ciudad, de gente, ver otros rostros, confrontar otras mentalidades. El taxi al aeropuerto iba a estar esperando en menos de cinco minutos en la puerta. Acarició su rostro, apenas, con la punta de sus dedos. No hubo despedida.
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- Mira aquellos bagels
- Mhhhh, se ven de maravilla
Compraron media docena y se sentaron al sol a saborearlos. Pocas veces salían juntas a la intemperie. La trama podría ser descubierta.
* * *
Qué desperdicio. La libertad debería ser uno de los bienes más preciados. Solo un buen motivo podía justificar prescindir de ella. En eso estaba pensando yo, cuando, por la ventana ingresó casi desapercibido una disparo de francotirador. El silenciador del arma me permitió desplomarme en paz y silencio. Me quedé quieto porque no entendía qué sucedía. También porque mi inteligencia cultivada en series de agentes secretos me indicó de que lo correcto era hacerse pasar por muerto. De tal forma, quizás no disparasen nuevamente.
Al despertar del desmayo, sin saber bien qué hora era, no fui hasta el teléfono a llamar a la ambulancia. Más bien me arrastré hasta la computadora y comencé a escribir.
