Estrella fugaz
“Nada mejor que uno mismo para pifiarle”
Juán Remigio Pattiori (futbolista argentino)
A veces hay momentos de situaciones cotidianas que son como el paso de una estrella fugaz: Iluminan con tenaz claridad por un instante, y, para una gran mayoría de los espectadores, pasan desapercibidos, o, sino tambien, son olvidados muy rápidamente.
La noche de mi fiesta de cumpleanos, cuando Beltrán, total y absolutamente fuera de sí me amenazó con la obligación de seguir bebiendo de esos tragos cortos y venenosos, no me percaté de nada, tan solo obedecí. Han pasado unas semanas desde aquel entonces y ahora me doy cuenta de que su acusación hacia mi persona, en cuanto a que yo era un tipo demasiado “controlado”, iba dirigida pura y exclusivamente a sí mismo. Más de una persona fue testigo de la brutal transformación que sufrió este personaje aquella noche, en la que pasó el límite en todo sentido habido y por haber.
Hoy deseo decirle a mi amigo de que si fuese mas medido y equilibrado, si sus vínculos amoroso-emocionales con las mujeres fuesen algo más racionales, y, sus actividades laborales algo más pasionales, le iría mejor. La bestia que ataca directo asusta, el “pecho frío” de los proyectos genera irritación en los demás seres comprometidos.
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Así como sucedió con Beltrán, viví una situación hace ya un par de anos con mi amigo Codornicio que lo dijo todo. Habíamos hecho escala en una estación de metro de Berlín. Esperábamos pacientemente al próximo tren cuando vimos una mujer de rarísimo aspecto deambulando por el andén. Su pinta se confirmó en actitudes y, nos dimos cuenta, observándola desde cierta distancia, de que era uno más de esos personajes totalmente desequilibrados que circulan por los transportes públicos de la ciudad.
Sin percatarnos siquiera, la mujer estuvo de repente a nuestro lado y se dirigió hacia nosotros de forma desafiante; en fin, así como los dementes algunas veces hablan, en voz más que alta, confusa, con tono agresivo. Yo la ignoré y ella entonces pasó de largo hacia mi amigo. Y créanme de que nunca lo había visto con semejante cara de aterrorizado. Saltó hacia un costado, bajó la mirada y se encongió, achicándose aún más de lo menudo que es naturalmente.
Lo conozco desde hace ya casi dos décadas. Y siempre me llamó la atención su actitud competitiva y bélica frente a los hombres, sacando pecho y parándose en puntas de pié para aumentar su estatura. Todo un tipo valiente. Por otro lado, esa imagen, solía contrastar con la manera en que su actitud cambiaba cuando se relaciona a una mujer, casi contraponiéndose a su postura de macho en vela. El tono meloso, la voz suave, casi temerosa, la actitudes de entrega exageradas hacia ellas lo convertían en lo que en castellano rioplatense llamamos un auténtico “pollerudo” (algo así como calificarlo de “perrito faldero”).
Hoy por hoy lo veo igual, nada ha cambiado, es un tipo constante y coherente con su pasado. Hace anos que bromeo dicendole de que le iría mejor si tratase a los hombres un poquito más como a las mujeres y viceversa. Algo más de firmeza con la hembra y algo más de suavidad con el machote le ayudarían a estabelecer vínculos más equilibrados. Pero ya no le digo nada: Quién no quiera escuchar, es porque realmente no le interesa. Y deseo respetarlo.
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Esta manana me encontré conmigo mismo y no fue en el espejo. Más bien digamos de que fue casi vislumbrándose el mediodía porque suelo trabajar hasta altas horas de la noche. No, les aclaro, aún no ejerzo la prostitución, lo mío son los alfajores de maicena y las empanadas; las tarifas de luz y gas son más convenientes de noche y por eso la actividad productiva se realiza a hacia horas avanzadas del día. Por eso, aún medio abombado por el tardío despertar, quizás aún dominado por las sensaciones del último sueno, me topé con Superguacho en la cocina de casa.
Si se hubiese tratado de un cuento, hubiera pensado de que se trataba de un recurso literario fantástico. Pero no lo era, él – es decir: yo – era bien real. Quizás por esto no me sentí ni sorprendido ni incómodo con la situación. Pensé por un instante de que podría tratarse de una broma de ella, mi novia. Pero como había salido temprano a pasear a sus mascotas (perro, gato, pollito, arana pollito y al avestruz), no tuve otra alternativa que hacerme cargo de la situación.
Hablamos de cualquier cosa. Y fue ahí, por un instante, de que me dí cuenta que no estaba acostumbrado a escucharme, y, menos aún, a pensarme a mí mismo como un ser más de la constelación que me rodea, ni tampoco – lo que es aún peor – a ser permeable a los consejos que tanto me gusta pensar para los demás.
De vuelta en casa, mi novia y sus mascotas, ayudaron a reafirmar mi sensación. Ninguno de sus animalitos es conciente del tipo de ente que es y todos desean comer de la misma manera que lo hacemos nosotros, como humanos, porque ellos, a sí mismos, jamás se piensan como diferentes. Abrí la boca y me introduje un bocado de tortilla de papas mientras las fieras a mi alrededor no dejaban de observarme con envidia.
