Eckkneipe

Cien metros después del portal de mi casa escuche música muy alta que venia de un Eckkneipe. Esto es lo que en nuestro idioma llamamos bar de esquina. Mi barrio esta plagado de ellos. Sin exagerar, en una manzana puede llegar ha haber hasta cuatro. A causa de este tipo de distribución urbana, estos bares son como centinelas de barrios cerrados, algo asi como guardianes del orden y de la paz espiritual de la zona. La música era alemana, de provincia, lo que en este país se llama Schlager y que normalmente se relaciona directamente con el gusto y la vida proletaria.  El estilo Schlager es sensiblero y popular. Salvando pequeñas diferencias, se trata de lo que para nosotros podría ser un Sandro o un Palito Ortega.

Al lado de la puerta del bar; un hombre alto, con pelo blanco y gafas de pasta, tarareaba la misma canción dedicada a Alemania y a sus bellezas que estaba sonando adentro. En el momento en el que pasaba por al lado de él, el tipo se me planto adelante y puso todo su cuerpo señalando hacia la puerta.  Nunca supe exactamente lo que quería de mí porque nunca llegamos a hablar de eso cara a cara. Sin embargo, algún que  otro encuentro parecido me indicaba que probablemente sólo quería  tomar una birra  y contarme lo mucho que había amado a quién en algún momento lo había abandonado. Entré al bar. Lo hice porque además de que era el único camino que me quedaba para no chocarme contra él, su entusiasmo porque lo acompañase me había convencido. Allí dentro había diez personas desperdigadas en un espacio de casi doscientos metros cuadrados,  decorado con un billar, un televisor, jarras de cerveza y unos cinco o seis osos de peluche apelmazados por el humo. En la puerta, el cartel de un esqueleto sonriente con un cigarro encendido en la boca lo dejaba todo claro, “Bar de fumadores” .

La música estaba muy alta.  La gente bebía, fumaba y entrecruzaba miradas cómplices y amistosas. Tampoco perdían ocasión en levantar los vasos para hacer algún que otro brindis corto después de algún comentario que los uniese. Ese aspecto tan jocoso se corto cuando notaron mi presencia. Fue ahí, como si de un coro al llegar al momento del estribillo se tratara, cuando todos se dieron vuelta al unisono y me miraron tímidos y agotados. Sus miradas ya no tenían la chispa de la complicidad. Ni siquiera el tipo que estaba atrás de la barra parecía muy entusiasmado por que le deje algo de mi dinero en la caja. Las preguntas de sus ojos no necesitaban ser expresadas para ser evidentes, ¿A qué venís?, ¿Qué buscas?. Dado que siempre que entro a un bar abierto al público todas estas preguntas ya tienen respuestas; supe inmediatamente que para estar allí, no bastaba con la voluntad de tomar una cerveza y tener el dinero para pagarla. Allí había que tener ya un compromiso con el lugar y con la gente que ni mi condición, ni mi aspecto parecían permitírlo. Por el contrario, yo parecía traerles la imagen social de uno de esos tipos que no tiene ni idea de lo que a ellos les preocupa y conmueve. Uno de esos tipos que se haría el amigo por un rato para poder hacer algunas preguntas tan ajenas como periodísticas.

Tomaría una o dos cervezas. Y tras establecer un juicio que quizás a la semana siguiente aparecería publicado en algún periódico con el nombre de “el zoo de los Eckkneipen”, volvería a irme hasta un próximo encargo de la editorial, como si nada hubiese pasado. En ese clima hostil sólo atine a volver a mirar al hospitalario borracho que me había invitado a pasar. Él me miro con una mirada desilusionada. Hizo el mismo movimiento que había hecho con su cuerpo para invitarme a entrar, pero esta vez para salir. A pesar de su simpatía sus ojos ya no tenían el entusiasmo con el que me había invitado a pasar. Con toda su inocencia él no se había siquiera imaginado que no bastaba con tener la burocracia del dinero para poder estar allí.  En el Zum Tiger (asi era como se llamaba el bar) había que estar dispuesto a compartir muchas más cosas que un papel euro para poder acceder a sus servicios.  Salí del bar, y  me paré en la esquina a esperar que el semáforo se pusiese verde. Todo había pasado muy rápido y en mi cabeza sólo había una falsa nube de tormenta cargada de disgusto e indignación.

* * *

Según los políticos del parlamento alemán (Reichstag) la nomenclatura que define a esta gente es “Arbeitslos” o desocupado. Para ellos sólo alguien así puede llegar a encontrar atractivos semejantes tugurios y costumbres. Al ser Arbeit -trabajo y los -sin o –fuera, podemos decir que ellos son gente sin (o fuera de) trabajo.  A mi entender; y teniendo en cuenta que no todo trabajo que realiza el hombre tiene el dinero como consecuencia, esa nomenclatura estatal es totalmente ridícula .

Más bien creo que el rechazo que esos políticos experimentan contra los lugares y los disfrutes de los desocupados, da por supuesto que la única actividad dignificante del hombre en sociedad, es aquella que produce dinero. Un juicio así, sólo puede sostenerse en la creencia de que el liberalismo no sólo es el único sistema conceptual de organización de las relaciones ciudadanas; sino que también, es la organización que ha venido a nuestra vida política, como un Iceberg viene  al océano, para quedarse allí  y no volver a irse jamas, a pesar de que no lo veamos.

El Semáforo se puso verde y volví a retomar mi camino. Mientras cruzaba la calle miré la hora en un reloj de ciudad que estaba plantado justo en el Boulevard de la avenida. Era la una de la mañana. Pensé que más o menos a esa hora los jóvenes más emprendedores y activos de la ciudad empezaban a entrar a la disco Tecno mejor conocida como “centro panorámico”. Allí, el ambiente para respirar también es tan denso y nuboso como en el bar de esquina.

La diferencia es que en la disco el sudor se mezcla con perfumes caros y el gasto medio por persona y por noche no baja de los 80 euros (Y les aseguro que esto es muy barato si dentro de ese precio incluyo los gastos de speed y extasis, entre otros estimulantes necesarios para intensificar el disfrute de esa música). Mientras los políticos más jóvenes del Reichstag probablemente también entraban a ese templo, los politicos más viejos se sentaban junto al fuego de las chimeneas de sus chalets y justificaban sus remordimientos pensando que, mal que bien, el centro panorámico no es más que el lugar en el que la gente puede hacer efectivo su derecho a divertirse y distraerse de su trabajo.

Rating: 5 stars

Un comentario para “Eckkneipe”

  • SuperGuacho:

    Me gusta la trama de la Eckkneipe, es muy sincera y a la vez muy freaky; ademas esta de moda ser BoBo (“boheme et bourgeois/e”), andar metido por los antros de barrio bajos, por Neukölln. tiene mucha mas onda que ir al panorama bar ;-) … eso es lo bueno de europa, lo que ni politicos ni los medios ni nadie debe comprender para que encontremos nuestras experiencias sin necesidad de que el mercado de masas nos diga que hacer y que dejar de hacer.

    el resto lo podemos charlar algun dia en alguno de estos sitios, cervecita de por medio y tener una charla mas filosofico-politica con base empirica: que es la critica POP-ular de izquierda? porque hablar del capitalismo malo y de los politicos corruptos no sorpende mas a nadie?

    abrazo!

    superguacho

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