Segundas primaveras
Estás sentado mirando por la ventana desde tu escritorio. Un instante es lo que dura aquella inmersión dentro de un pensamiento pasajero. Luego de unos segundos ya ni te acordás qué era lo que pasó por tu cabeza. No estás ni deprimido por el invierno, ni sufrís por la falta de luz que azota estas latitudes nórdicas, ni te afecta el frío helado, ni te cuesta despertarte por la manana, ni te sentís identificado con algún personaje que se esconde detrás de varias capas de ropa y una gorra de lana.
Mientras muchos de tus amigos dan signos de invernar como los osos, vos te sentís en primavera, en tu microclima. ¿Porqué me estará pasando esto a mí? – pensás, contemplativo, nuevamente. Tanto tiempo quise alcanzar un estado de paz interior y, justo cuando no me lo propongo y estoy listo para meterme de cabeza en la introspección de la estación, esto llega, acá está, y no se de dónde ni cómo vino.
Es hora de contagiar. A todos, a mis amigos, a mi familia, al que llame por equivocación o de una compania de telemarketing, al que me mire en el transporte público.
* * *
Ramiro decidió de que regresaría a su país. Hizo las maletas, se deshizo del 98% de sus cosas, sacó dos pasajes e invitó a su mujer a salir para tomar algo. De camino al aeropuerto, ella empezó a extranarse porque su marido le pidió de que no se bajara del metro y se dejase sorprender: Iban a un lugar que ella ni se imaginaba. Ella pensó en el cine, hacía casi 3 anos de que no iban. Luego se le ocurrio que podría ser una obra de teatro. Solo una vez en 14 anos él la había invitado a asisitir a la premiere de una compania que venía del país de él. Eso había sido ni bien él había llegado a Berlín. Luego ya nunca más nada lo motivó a hacerlo.
Hicieron transbordo y subieron a un bus. Ella ahora intuyó más férreamente de que no irían ni al cine ni al teatro. Subidos en el avión de Iberia rumbo a Madrid, él le empezó a explicar de que esperarían tres horas en la capital castellana para luego subirse a otro avión que los llevaría lejos, a su país.
* * *
Cuando te despedís de Ramiro esa noche en el bar, tempranito y sin estar ebrios, sabés de que pasará mucho tiempo hasta que lo vuelvas a ver. Quizás eso nunca suceda. Pero podés percibir su felicidad y aquello supera la tristeza de perder un amigo. Sin darte cuenta, encendiste la mecha en él. Te lo hizo fácil. Los amigos de verdad somos cómplices.
* * *
El niño en brazos de él tiene una sonrisa impagable. Lo agarra con sus manos gruesas y sus brazos firmes. Domina la situación. Ella, a su lado, se nota que se deja llevar y lo disfruta. Su rostro delata relajamiento. Es la primera vez, desde que la conociste, que la descubrís así, con esa expresión invadiendo su cara por completo. El sol lo ilumina todo, el cielo es bien azul, profundo y, por algún lugar, se cuela una nube blanca. El Río de la Plata brilla e incandila con su reflejo.
La foto que te acaba de llegar por email, es la más linda de los últimos tiempos.
