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Dos flores del mal

La planta dio dos flores.

En el abismo de Noviembre, dos Flores miraron la noche.

Durante casi dos anyos no pudo caminar de noche por su casa.
Envuelta en pánico se le pegaban los pies al suelo, era incapaz de moverse y entonces gritaba. Gritaba tan largo, tan agudo, tan desgarrante que esparcía a su redonda el mismo o mucho mas miedo.
Tal era la tortura que Papá, su padre, puso en cada entrada, en cada esquina, en cada ángulo una lámpara, un neón, un dispositivo de luz con cara de Scoobby Doo, de Donald Duck y de Mobbie Dick.

* * *

Al despertarse le gustaba mirarle la espalda.
La ternura de las nucas cuando reposan en la almohada pueden ser un fragmento de vida de todos los días, acobijado en inmensa ternura.
Se despertaba con las mejillas rosadas, su piel mármol, sus curvas, esa mirada.
Mamá, su mamá… cómo podría ser tan tierna, tan hermosa mientras dormía?

Como suelen hacer las nenas, se tocaba la cintura, apretándola, imitando la hondura de la curva que tenía frente a sus ojos.

- Así quiero tenerla, quiero un valle entre las costillas y las caderas, para que se pierdan ahí los besos de él, de papi o de Carli, más joven que Papá y viejo como yo.

Los días transcurrían con cierto desgano.
Esa casa tenía mala energía, un fantasma henchido en gases estupefacientes, las mañanas eran casi siempre parecidas, similares, o idénticas…
La sonrisa del padre, el café de malta caliente, tostadas con miel o mermelada, jugo de pomelo, un manojo de nueces. En la radio, el mismo locutor de todos los días.
Cuando oraba, siete horas treinta minutos, era el momento de prepararse para salir o para correr.
Sr. padre calentaba el motor.

El invierno era crudo y el parabrisas tenía una piel de hielo.
Camino al cole, las calles normales, raras, conocidas, un halo, inexplicable para un ninio, muy desagradable y sin saber porqué, pero sentía tan claramente que nada era como se veía y que en todo había exceso de gris.

El primer recreo, gris blanquecino; el tercero, naranja, rojo y violeta; el último, amarillo, verde opaco, indicios de gris, nuevamente.
Al llegar a casa sabía que perdió algo, como todos los días, pero qué?
Nunca lo sabía. Ya lo sabrá mas tarde…
Dejó tiradas sus cosas, se quitó el uniforme y salió corriendo, como todos los días. Así como perdía cosas, ella también se perdía.
Y en cada escapada su mas preciado deseo: que no la encuentren.

* * *

Los pasos eran conocidos. Ante la duda, cerrar los ojos, fingir dormir y listo.
Respirar agitado podría ser indigno, que así la escucharían y la sacarían de la cama.
Las puertas se abrían y se cerraban. El viento se asomaba sin recato por una ventana, el vaho perfumado que venía del banyo.
Cerrar los ojos mas apretados, hoy no supo que me perdí, que perdí cuadernos y el collar de la abuela, que sudé como un buey, que huelo agrio y a mandarina;
cuento hasta diez, ya me dormí y que suenyes con los angelitos,

duérmete de una vez o…

La puerta se abrió, indefectiblemente. Veía que veían que dormía.
Cerraron la puerta.
Una noche mas. Una mas sin vernos, se consoló.

* * *

El miedo hace que uno se esconda, oculte, mienta, que huya, o que lo haga por detrás, a “escondidas”?
El miedo de la noche, miedo arcaico a la oscuridad fundamental, relevante y eterna nos obliga a escondernos, mentir, dejar una puerta, la de atrás, entreabierta, que puede ser por placer, por descuido, por ganas, por costumbre… cómo saber que no es por miedo?
El miedo, permite amar y odiar al mismo tiempo?
Nos prepara la cama, nos acuesta y nos asegura que mañana será otro día, un día o noche con la certera duda que regrese, cerca, dentro, a tu lado nuevamente.

* * *

Despertó gimiendo, el dolor era terrible. Tuvo pesadillas.
Sonyé raro, dijo quejosa…
Las penas de las piernas eran la entera pena.

Un brazo rápido arrojó algo, alguien ? para atrás, la levantó por el aire cubriéndola con una manta, corrió por el pasillo y aire, aire… era la calle, vamos al coche, se dijo.
- No te muevas, le ordenó.  Ya vuelvo.
Corrió a la casa, no se entendían las palabras.
Regresó agitado, abrió la puerta del coche y puso la primera.
La puerta se cerró por el arranque abrupto.
La ninia apretó la manta contra su cuerpo y miró entre los dedos por el parabrisas trasero.
Veía la casa hundida en un infierno, escuchaba el crujir de la vajilla, de cristales, todo volando por el aire, ese aire putrefacto,  aire colmado de colmos, colmado de mentiras, atiborrado de miedo.

* * *

Dos noches antes habían celebrado que caminó en la oscuridad, sin miedo, para siempre. Miró detenidamente la noche del pasillo de lozas negras, notó cómo se agrandaban sus pupilas. Ahora veía todo en la oscuridad.

- Apagué al pato Donald! Ahora apago a Mobbie Dick! Uhhh, se apagó Scooby Doo!No tengo mas miedo!! – gritaba en risas.

Vestida de Búho, descubrió dos flores de noche, las que coherentemente habrán florecido a escondidas.
La vida era nueva, era increíblemente nueva, diferente, fuerte.
Ni bien rompió el nuevo día, quitó un espejo de mesa y se lo puso debajo del mentón.
Ahora camino por el aire!, decía en risas.

El reflejo en el espejo se opacó con el aliento; quiso dar un paso y sintió que se caía.
Recordó en un instante que otra oscuridad aún quedaba en vida: los ojos lechosos, amenazantes e hirientes de una madre.

Tercer día de prueba

Otro día de trabajo. El tercero. Día de prueba.

Ya muy de manhana al despertar anticipaban las palanganas de atún con mayonesa apoyar su peso sobre mi espalda, los pisos goteando salsa milislas resbalar mis pies y el filo del cuchillo rozar por la zona de la unha mi piel de dedo. Toda la noche atormentada había enmantequillado una tostada onírica tamanho tren con una cucharita de espresso.

Mi jefe Rudi me había advertido ya el primer día de trabajo de prueba, para el que no iba a merecer paga alguna por mi falta de sabiduría en el sector de enmantequillar tostadas, que su verdadera pasión era la de dirigir óperas, y que gracias a su éxito inexistente había quedado destinado a desenvolver toda su creatividad como redactor de la cocina en jefe, y que aquí se hace lo que él mande carajo, que corte esos limones en cuarentaitrés rodajas no tan delgadas, y que apuradita por eso de las múltiples tareas a la vuelta del minuto.

Desde afuera llega el zumbido monótono de los clientes con su olor a vela de centro de mesa y su cling de copas babeadas en los bordes. Ahora naranjas, me dice. Que así no. Que qué tarada soy. Y que lave la ensalada limpiando el reguero de naranjas. Que me apure. Rapidito.

Un milksheik aterciopelado se pide con una voz que acaba de entrar a la cocina. Lo reconozco y es Sandro. Sandro.

Sandro. Es mesero y tiene buen culo.

La desconcentración de mi mano cae al molino de pimienta. Es una caída enamorada, la pimienta cae con mariposas en el esófago. La fealdad enojada de Rudi estalla en toda la cocina así como la pimienta también expande sus granos alrededor de mi admiración por Sandro. Los ojos de Rudi están muy grandes tras sus lentes, pero cuando se los quita el tamanho no se achica. Las órbitas se salen de sus pupilas en busca de la vista. Para atrapar los errores que cometo a la vuelta de la esquina de su campo visual, mueve los globos hacia el lado como tiburón. Así la mirada me tiene al alcance en toda la zona de la cocina.

Es típico yo. También lo que no toco se me cae. Mi presencia tiembla las porcelanas tras los cristales en los armarios. Se dan de bruces cuando acerco mi torpeza. La prohibición de mi madre no me entra por ejemplo a su cocina porque el juego de tazas me tiene miedo. Pero Rudi se dió cuenta de mi pensadera hacia otra cosa y se le suma a su fealdad de ojo la fealdad de mueca. Le desvío la pregunta de si quiere que le corte los tomates, pero la frente le hincha una vena. Con azul la vena explota y tengo que ayudar a sostener las órbitas de sus pupilas para que su lugar no se salga. Con un paso atrás evito que el campo de su punho atraviese mi espacio. Una nunca sabe. Que lave los platos y los pula y los deje altamente encaramados. Pobre de mí que queden sucios. Los cuido con mi vida o muero en el intento. Quiebro uno y no cobro nada. Y cantando. Sin desafinar.

Entre los restos de mostaza de un plato encuentro la proyección de Sandro. La sonrisa se le forma con el borde curvado, y como no aguanto, mi beso se llena de mostaza. Me frustro. La carne es mejor que la porcelana con mostaza. Lo sé por experiencia. Sandro come entretanto sobras mientras la orden espera su salida cuando las chuletas están listas.

La condición del estado en esta situación es abrumante. Es mejor domar las cursis declaraciones de amor eterno aunque quieran salir hacia afuera en vez de esconderse por adentro. Cuesta porque la boca llena de sobras de Sandro está muy cerca y mis ganas tienden para allá, pero el deber de ocuparse pareciendo siempre que se están cortando los tomates es bastante hipócrita y lo reflejo hacia el exterior con apoyo de un silbido para despistar a Rudi.

Las manecillas del tiempo no paran de inmobilizarse hasta que llega la hora de irme. La presencia de Rudi me aplasta. Sus ojos no me sueltan de su vista, y mis dedos son cada uno un brazo que pesa como una pierna. Como copos de lluvia caen las aceitunas sobre mis zapatos. Nada se queda arriba conmigo. Todo se va para abajo con piso. Rudi explota en intervalos regulares. Poco antes de irme, me hace afilar los cuchillos, porque sabe que siempre me corto haciéndolo. Le gusta entonces mirarme con sus grandes ojos sádicos.

Pero al fin. Cargo con los malos recuerdos de la cocina para llevarlos a casa a descansar. Los ojos no me abren la vista y mi cabeza se siente como una lata de atún; los sesos deformados a un estándar simple, destinado a la basura después de todo. Me caminan los pies a casa con la espalda tambaleante. Pero cuando en la ubahn meto la mano al bolsillo mi brinco es de corazón por el sorpresivo encuentro de papel perfumado contrabandista. Carta de amor. Letra de manos que sostienen bandejas. Para Alfonsina. Se me cae el calzón cuando el sentido vuelve a la vida porque en su carta expresa la admiración que desea profundizarme. Quiero convertirme en suspiro… Pero se me traba la campanilla con arcadas: firma Rudi.

Cuentos de la carretera

El lugar donde sucede esta historia es un país largo y angosto, que tiene nombre de fruta. Ocupa casi toda la costa occidental del continente austral. De primeras, mirando el mapa, uno imagina que sólo consiste en una larga playa. Y si bien es cierto que el mar acompanha a sus habitantes para donde quiera que vayan, el mapa enganha: los balcones con vista al mar son de cordillera, y entre cordillera y mar hay desiertos infinitos, planicies fértiles, bosques saturados de ramas y crujientes hielos.

Las crónicas de los primeros conquistadores que quisieron adentrarse al país son crueles. Para llegar a las dichas praderas y bosques, cruzaron la gran cordillera y la mayoría murió congelado. El resto llegó a lo que ahora es su capital, y como no encontraron nada que les interesara regresaron, esta vez por el desierto, que fue más mortal todavía que la cordillera. El país, rodeado de cordilleras, desierto, océano y hielos perpetuos es un lugar aislado del mundo: a duras penas se entra, a duras penas se sale.

Como una arteria se extiende de Norte a Sur la carretera, que empieza mucho antes en los países ricos del norte y sigue con algunas interrupciones hasta los hielos del sur. Apretando la nariz a la ventana del bus que recorre la carretera se ven pasar durante horas y horas masas monótonas de arena, tierra, césped o árboles. Pero súbitamente aparecen los afluentes de ella, aquí y allá; caminos que suben, autopistas repletas de rótulos, calles que desaparecen entre la maleza, o bien, perdiéndose en el monte, dos líneas de tierra que ha dejado algun jeep. Estas calles y senderos conducen finalmente a ciudades, pueblos, playas y valles.

La carretera está siempre llena de autos, buses, camiones cargados de cosas útiles, pero es sin embargo un lugar solitario. Casi no hay pueblos ni ciudades a sus pies, éstos siempre están cerca de las playas o en valles cordilleranos, para que sus habitantes puedan vivir del mar o la tierra. La carretera es pisoteada, usada para rodar cosas de un lado al otro, pero nadie se siente en casa sobre ella, nadie la extranha en el extranjero, nadie le saca una foto a menos que haya algo fotogénico sobre ella. La construyeron donde sirviera, pero sin que molestara. Y es justamente por este abandono, que en ella suceden las cosas más extranhas. Los que mejor la conocen, esos viajeros que la recorren durante muchos kilómetros por motivos de trabajo o haciendo autostop, saben de sus historias.

Sobre todo durante el verano la carretera se llena de mochileros que viajan a lugares lejanos, haciendo “dedo”, para acampar en las faldas de los montanhas nevadas y playas de lagos celestes. Los volcanes rugen en las noches mientras se cantan canciones de guerrilleros antiguos alrededor de fogatas bailarinas.

También la gente de los pueblos ahorran dinero viajando así. Se paran con sus cositas para vender en mercados sobre la carretera y piden con los ojos o el dedo que los lleven. Por lo general son los camioneros los que paran, pues cansados de ver siempre lo mismo durante horas y días, anhelan contar de sus vidas a los viajeros. Ellos, los que se sienten más en casa en la carretera y la conocen de sur a norte, son los que saben de aquellos lugares mágicos de la carretera. Esos lugares solitarios pero llenos de vida, en los que se aparecen los muertos de un accidente, o bien los lugares que hay que evitar en la oscuridad porque atraen a los duendes traviesos de la cordillera.

En la casa de mi madre, en el sur del país largo, vivió durante algún tiempo Ninfa. El nombre se lo había puesto ella porque le gustaba como sonaban la ‘n’ y la ‘f’ juntas. Estudiaba filosofía en la universidad, y era conocida por su manía provocadora de no ponerse calzones y faldas muy anchas en una ciudad constantemente azotada por el viento. A mi mamá le gustaba cómo las viejas estiradas del club se escandalizaban durante sus sesiones de té y caridad, y para que la dejaran de invitar a sus ridiculeces, decidió arrendarle a Ninfa una habitación en la casa.

Ninfa viajaba los fines de semana a su ciudad natal haciendo autostop. Nunca entendimos cuál era el sentido de sus viajes. Se tarda un día en llegar y un día en regresar. Ninfa nunca alcanzaba a estar ni una noche en su casa. Quizás era su manera de responder al deber de visitar a su madre, sin necesidad de acostumbrarse demasiado a la miseria que allí la esperaba. Pero además, la carretera la fascinaba. Se sentaba adelante, junto al camionero y le pedía que contara historias de la carretera. Iban conversando y mirando el paisaje en pantalla gigante, como solía decir.

Un día Ninfa se subió al camión de un hombre amargado. Por alguna razón surgió el tema política. Aunque el país ya llevaba tres anhos viviendo en democracia, el tema seguía siendo tácitamente prohibido. El camionero, reaccionario, estaba orgulloso de haber boycoteado en su juventud al presidente con una huelga de varias semanas y de haber aportado así al éxito de los militares. Ninfa, que había perdido a su padre y a su tío en los campos de concentración militares, le dió la contra. Y como suele suceder en estos casos, la solidaridad del camionero se convirtió en la deuda de Ninfa, y, sabiendo éste cuáles eran los lugares encantados de la carretera, tiró a Ninfa del camión en el cruce de los invisibles.

Ninfa ya había escuchado hablar de aquél lugar: en la carretera se le mencionaba como se menciona una prisión militar, con la frente fruncida, el pulso acelerado y la piel de gallina. Y Ninfa tuvo que bajarse allí, en el cruce desolado de los invisibles. Lejos de cualquier lugar habitado y a mitad de una montanha, sobre una curva amplia y peligrosa a los pies de un acantilado. En aquél lugar habían ya muerto muchos, por accidentes y también de puro miedo. Pero no había ni una cruz, ni una corona de flores seca de las que se ven por la carretera en las curvas y cerca de los acantilados. Parecía que allí se quería negar a los muertos.

En ese lugar, un caminito de tierra partía desde la carretera, para acabar a sólo cinco metros, como un callejón sin salida, en medio del bosque. El nombre se lo había ganado porque los autos no podían parar para llevar a los viajeros de autostop, y éstos terminaban creyendo que eran invisibles a los ojos de los humanos. En medio de la curva y con la maleza enroscada en la carretera no había auto que los viera a tiempo para poder parar. Y aún así, el parar significaba el riesgo de ser chocado por los autos que a su vez no verían al estacionado por entre las apretadas ramas y las agudas curvas.

Ninfa, muerta de frío, se paró sobre la yerba que bordeaba la carretera. El sol se escondía tras los árboles. Pronto la luz desvanecería y no habría más que la selva y sus secretos, los autos que no paraban, la montanha, el mar a lo lejos, el miedo y el frío. Caminar hasta la próxima gasolinera o hasta el próximo lugar en que dejara de ser invisible, era cosa de caminar la noche entera. El paisaje, así como el país, es largo, y las distancias son eternas.

Decidió quedarse esa noche a dormir a un lado de la carretera, junto a la selva. Tenía un saco de dormir, una botella de agua y frutos secos. Ya que no iba a morir de hambre, se convenció a sí misma de que pasaría la noche sin morir de miedo. Pero su miedo crecía mientras más se acercaba la noche. La selva empezaba ya a sonar distinta: los animales nocturnos despertaban y se disponían a comerse entre ellos.

Mientras aparecían las primeras estrellas sobre el fondo oscuro del cielo, ella se sentó sobre la espesa hierba que crecía entre el asfalto agujereado y la selva. Una enorme piedra a su lado se llenaba de sombras intranquilas. En su superficie aparecían facciones de ancianos que carcajeaban desdentados, con sus narices aguilenhas y los ojos sombríos. De vez en cuando un automóbil anunciaba su llegada con el motor esforzado por subir la montanha, y Ninfa alargaba su dedo para pedir ayuda, desesperada casi, con la esperanza a flor de piel, pero nadie paraba. Nisiquiera la miraban, como lo hacían en otros lugares más bondadosos de la carretera. Ninfa sintió lo que contaban otros viajeros que habían sobrevivido al cruce de los invisibles: que se estaba convirtiendo en un fantasma, invisible al ojo humano.

Un pájaro extranho se paró sobre la piedra, y como burlándose de ella lanzó un graznido. Ninfa, en un súbito arrebato de susto le tiró una piedra. El pájaro dió un salto para esquivarla y lanzó otro graznido, esta vez ya no burlándose, sino amenanazándola. Y lo repitió. Una y muchas veces más, el pájaro extranho graznó, cada vez más fuerte, sin quitarle los ojos de encima. Era grande, oscuro, y Ninfa sintió por un momento que la miraba directo a los ojos, como diciéndole que para él ella no era invisible.

El pájaro de pronto se volvió hacia el bosque y llamó a alguien. Ninfa pensó que era como si diera aviso a sus secuaces de una presa fácil para la noche.

Con la mochila sobre el hombro decidió caminar hacia abajo. Las planicies parecían estar a horas y horas de caminata, pero cualquier cosa era mejor que estar allí parada junto al ave malvado. Ninfa recordó historias que escuchaba contar a sus primas del campo, de brujos que se convierten en todo tipo de animales salvajes. Cuando atrapaban a una mujer, le cosían todos los orificios del cuerpo y le quebraban una pierna para amarrársela a la espalda y hacerlas sus esclavas eternamente, porque sabían retener el alma de las personas para llevarlas, aunque inocentes, a su propio infierno personal.

Pero la caminata fue en vano. El pájaro no la siguió, como ella temía, pero su graznido llegaba a sus oídos reflejado por la selva, como si la distancia entre ellos no existiese. Como un eco del que era imposible escapar. Un graznido perturbador, siempre igual pero siempre distinto. Caminaba sin avanzar. Los mismos árboles erguían sus copas sobre su cabeza y la misma línea blanca de la carretera la acompanhaba siempre, prohibiendo adelantar.

Sudada y temblando de frío se sentó Ninfa sobre la yerba mojada en el camino. El graznido de fondo. Ninfa miró a su alrededor y creyó ver de nuevo la misma piedra de sombras tenebrosas que había visto en el lugar en el que la dejó el camionero amargado. Ya casi no se distinguían los contornos, y la noche se cerraba sobre su cabeza, la oscuridad emanaba lentamente como una neblina negra desde el bosque, y ni las estrellas alegraban la oscuridad con sus ginhos cómplices. En ese lugar, todo era enemigo.

Entonces, sin previo aviso, un camión desvencijado se estacionó a su lado, justo cuando ella se daba por vencida al miedo y al frío. No era un camión último modelo, como aquellos que hoy en día viajaban por la panamericana. Ninfa sentía que las latas de su carrocería se sostenían solo por gracia de un milagro. Con cada temblor del motor ensordecerdor el camión crujía y daba la impresión de deshacerse con cualquier ventisca inesperada.

Ninfa tardó un poco en darse cuenta que allí había alguien que la quería llevar. Era demasido bueno para ser verdad. Seguramente, pensó, después de todo, era estúpido que una brillante estudiante de filosofía como ella creyera en cosas como ésas. Tuvo que sonreír un poco al pensarlo, pues al parecer la superstición campesina que su madre y sus tías seguían fomentando en sus tardes de mate junto a la estufa, le había sido heredado y permanecía latente, a pesar del supuesto triunfo de la razón citadina, de las buenas notas, las universidades.

El hombre al volante parecía cansado, pero Ninfa pensó que seguramente no había querido parar a descansar en esa montanha de miedo. Ninfa agradeció miles de veces al hombre por haberse apiadado de ella.
“Este no es buen lugar para quedarse” contestó él, sombrío. Ninfa suspiró.

Cuando el hombre reinició su viaje, Ninfa sintió ganas enormes de quedarse dormida, con los pies sobre el piso que entibiaba el motor. Pero antes de abandonarse al suenho, Ninfa quizo hablar un poco con el hombre que la había salvado de sus propios fantasmas. Al fin y al cabo, el hombre seguramente había parado para quitarse el suenho conversando con alguien. Así es que Ninfa inició una conversación.

- “¿De dónde viene?”
- “De acá cerca”, le contestó el camionero.
- “¿Qué lleva en el camión?”
- “Está vacío.”

El hombre cayó en un silencio largo antes de continuar.
- “Me robaron el contenido.”
- “No me diga.”

El camionero no parecía muy preocupado de su mala suerte.
- “¿Y cómo fue eso?”
- “Hay gente mala en este lugar.”
- “¿Y ahora qué va a hacer?”

El camionero miró a Ninfa unos instantes a los ojos. En ellos Ninfa adivinó una terrible soledad e indiferencia. “Ahora nada”, contestó suavizando por unos instantes la mirada. Frente a ellos, la calle abría al monte con forzada voluntad. Los focos del camión iluminaban sólo unos pocos metros. Los árboles parecían moverse con las sombras que las luces proyectaban. Ninfa creyó ver algunas veces árboles que levantaban sus ramas para dejar pasar a los viajeros. Y una que otra vez, aquí y allá, un pájaro negro sobre las rocas del camino…

- “¿Por qué dice que es malo este lugar?” preguntó Ninfa y al momento de terminar la frase se arrepintió de haberla pronunciado. Llenarse la cabeza de más historias horribles era vulgarmente masoquista, pensó.

El camionero se tardó de nuevo en contestar.

- “Aquí no existe la verdad.”
- “¿Y cuál es la verdad?”

Cuando Ninfa despertó, el cielo ya se estaba iluminando de a poco. Casi no recordaba la conversación de la noche anterior. El camionero la observaba, estacionado a un lado del camino, y le ofrecía un mate de yerba demasiado lavada. Ninfa lo tomó agradecida.

- “Hasta aquí llego” le dijo el camionero, que a la luz de la aurora parecía más pálido todavía.

Ninfa miró a su alrededor. Allí no había más que selva. La misma selva montanhosa con su neblina espesa de la manhana. Ninfa lo miró sonriente.

- “Pero ¿cómo? Aquí no hay nada…”
- “Se tiene que bajar. Si camina unas cuatro horas, llega a la próxima gasolinera. Yo no la puedo llevar.” E inclinándose hacia su lado, le abrió la puerta y con la mano la invitó a salir.

Ninfa bajó titubeando agradecimientos y un buen viaje, sin entender todavía por qué ese hombre la dejaba allí, tan lejos de la civilización.

Cuando cerró la puerta, el camión arrancó, y girándo 90 grados se internó derechito en el bosque, por entre los árboles que se apartaban para dejarlo pasar. En cuestión de unos segundos, el camión, con todo y ruido de motor, despareció tragado por el bosque. Detrás de él no quedó más que un caminito de tierra que acababa a cinco metros, como un callejón sin salida rodeado de bosque. Ninfa tembló un rato más sobre el césped forrado de rocío, sin entender, pero ya sin miedo. A su lado, una enorme roca reflejaba sombras extranhas, que parecían moverse, como risas de ancianos desdentados con narices aguilenhas. Un pájaro negro se posó sobre la roca, observándo a Ninfa desde sus ojitos sin pupilas, para darse al fin la vuelta y volar bosque adentro, dejando una estela de graznidos a su paso.

-o-

Dos días después, Ninfa volvía de su ciudad natal. Esta vez sentada en un jeep, acompanhada de un gringo que venía a sembrar remolachas orgánicas en el sur. Cerca del cruce de los invisibles, vieron a un grupo de personas reunidas a un lado del camino. Entre ellos, un policía le daba órdenes a su radio transistor. Una media hora después, se cruzaron en la carretera con un bulldozer que iba en dirección contraria.

Unos momentos después, en una estación gasolinera, Míster Wesley y Ninfa comían y hablaban sobre las ventajas del insecticida orgánico, cuando el duenho del local subió el volumen de la televisión y mandó a callar a los tipos de la barra de un manotazo. En la pantalla, una mujer peinadita y agitada hablaba sobre excavaciones en el bosque austral. Atrás de ella, un bulldozer alzaba una vieja carrocería destenhida. Ninfa y el gringo fijaron sus ojos sobre la pantalla, la boca semiabierta en suspenso.

“Al parecer, en este lugar remoto, un grupo de arqueólogos excavadores descubrieron un cementerio clandestino, en el cual estarían enterradas más de 200 personas. Los expertos forenses piensan que los cadáveres no llevan más de 20 anhos aquí enterrados, lo cual hace suponer que se pueda tratar de prisioneros políticos desaparecidos. Entre ellos, también varios camiones fueron quemados con sus duenhos adentro. Observadores internacionales creen que se puede tratar en este caso de los camioneros desaparecidos, que hace varios anhos se negaron a participar en la huelga de apoyo al golpe militar. El comandante en jefe de las fuerzas armadas todavía no se ha pronunciado al respecto. Desde la carretera austral, para Telecanal, Eugenia Durán.”

Cuando Míster Wesley miró a Ninfa, ésta lloraba silenciosamente.

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