Archivo de la categoría ‘Berlin UltraNoches’

Agujero groncho

El pesado de la ultima salida fuiste vos. Te cuesta darte cuenta, te avergonzás. En casa, al acabar las quinta botella de vino con tus amigos, ya estabas suficientemente empinado como para seguir bebiendo. Salieron y fueron a parar a uno de esos sitios de Berlin-Mitte que ya habían sido sepultados en tu memoria. ¿Pero porqué fuiste, porque accediste a desenterrar muertos para abrirles la barriga y buscar alimento en su interior?

El agujero negro, groncho espacio, y una infinidad de planetas que se conjugaron en tu contra, eran nadie más que vos contra vos. Porteros cuidando la entrada y no dejándonos entrar. Esperar en el frío en una cola de borrachos, que, ademas, como iban a esa fiesta, eran de las personas mas tontas que habías frecuentado en los ultimos anos. Hay días, o noches, en los que uno enfila por la vía masoquista.

Aún más oscuro era el ambiente interno, a pesar de las luces y el efecto del dragon echando fuego encima de la barra. Acababa de terminar el concierto de La Garcha Inmaculada, estaban presentando su primer album. Lo primero que se me vino a la mente fue pensar en a quién se le ocurre aún editar un CD. Más aún luego de 8 anos de existencia. Luego me di cuenta de que quien nunca pudo, llega tarde es felicidad quizás también.

La copia de la copia, pero esta salió mala, arribista. El latinaje lumpen, no creativo, no nada, pero ni siquiera tan bajobarrio que tiene algo interesante para decir. La musica era un rejunte de viejos temas apenas pasados de moda, lo éxitos, los que ya escuchamos tanto y además nunca fueron buenos. La gente bailaba feliz, mis amigos también. El alcohol lo puede todo.

Se me cruzaron los cables. A mi no me es facil dejarme convencer por el entorno. Más bien me pone rabioso cuando desean convencerme de algo que no lo siento propio. Y más aún si yo lo asocio con mediocridad, me da rechazo. Reventar, explotar, es humano, es, también vergonzoso. Debí haberme retirado antes, pero ella no accedía y quizás yo no supe darle a entender la gravedad de mi situación.

Ser y dejar ser, dejar partir, entender, comprender al otro, la vida de pareja es intensa, la social también. Así y todo me rehuso a aceptar lo que no me sale y choca frontalmente con mis convicciones tan solo en pos de conservar la paz y armonía grupal, llamese familia, amigos, país, mundo. ¿Será inevitable de vez en cuando que la oscuridad nos absorba así?

Eckkneipe

Cien metros después del portal de mi casa escuche música muy alta que venia de un Eckkneipe. Esto es lo que en nuestro idioma llamamos bar de esquina. Mi barrio esta plagado de ellos. Sin exagerar, en una manzana puede llegar ha haber hasta cuatro. A causa de este tipo de distribución urbana, estos bares son como centinelas de barrios cerrados, algo asi como guardianes del orden y de la paz espiritual de la zona. La música era alemana, de provincia, lo que en este país se llama Schlager y que normalmente se relaciona directamente con el gusto y la vida proletaria.  El estilo Schlager es sensiblero y popular. Salvando pequeñas diferencias, se trata de lo que para nosotros podría ser un Sandro o un Palito Ortega.

Al lado de la puerta del bar; un hombre alto, con pelo blanco y gafas de pasta, tarareaba la misma canción dedicada a Alemania y a sus bellezas que estaba sonando adentro. En el momento en el que pasaba por al lado de él, el tipo se me planto adelante y puso todo su cuerpo señalando hacia la puerta.  Nunca supe exactamente lo que quería de mí porque nunca llegamos a hablar de eso cara a cara. Sin embargo, algún que  otro encuentro parecido me indicaba que probablemente sólo quería  tomar una birra  y contarme lo mucho que había amado a quién en algún momento lo había abandonado. Entré al bar. Lo hice porque además de que era el único camino que me quedaba para no chocarme contra él, su entusiasmo porque lo acompañase me había convencido. Allí dentro había diez personas desperdigadas en un espacio de casi doscientos metros cuadrados,  decorado con un billar, un televisor, jarras de cerveza y unos cinco o seis osos de peluche apelmazados por el humo. En la puerta, el cartel de un esqueleto sonriente con un cigarro encendido en la boca lo dejaba todo claro, “Bar de fumadores” .

La música estaba muy alta.  La gente bebía, fumaba y entrecruzaba miradas cómplices y amistosas. Tampoco perdían ocasión en levantar los vasos para hacer algún que otro brindis corto después de algún comentario que los uniese. Ese aspecto tan jocoso se corto cuando notaron mi presencia. Fue ahí, como si de un coro al llegar al momento del estribillo se tratara, cuando todos se dieron vuelta al unisono y me miraron tímidos y agotados. Sus miradas ya no tenían la chispa de la complicidad. Ni siquiera el tipo que estaba atrás de la barra parecía muy entusiasmado por que le deje algo de mi dinero en la caja. Las preguntas de sus ojos no necesitaban ser expresadas para ser evidentes, ¿A qué venís?, ¿Qué buscas?. Dado que siempre que entro a un bar abierto al público todas estas preguntas ya tienen respuestas; supe inmediatamente que para estar allí, no bastaba con la voluntad de tomar una cerveza y tener el dinero para pagarla. Allí había que tener ya un compromiso con el lugar y con la gente que ni mi condición, ni mi aspecto parecían permitírlo. Por el contrario, yo parecía traerles la imagen social de uno de esos tipos que no tiene ni idea de lo que a ellos les preocupa y conmueve. Uno de esos tipos que se haría el amigo por un rato para poder hacer algunas preguntas tan ajenas como periodísticas.

Tomaría una o dos cervezas. Y tras establecer un juicio que quizás a la semana siguiente aparecería publicado en algún periódico con el nombre de “el zoo de los Eckkneipen”, volvería a irme hasta un próximo encargo de la editorial, como si nada hubiese pasado. En ese clima hostil sólo atine a volver a mirar al hospitalario borracho que me había invitado a pasar. Él me miro con una mirada desilusionada. Hizo el mismo movimiento que había hecho con su cuerpo para invitarme a entrar, pero esta vez para salir. A pesar de su simpatía sus ojos ya no tenían el entusiasmo con el que me había invitado a pasar. Con toda su inocencia él no se había siquiera imaginado que no bastaba con tener la burocracia del dinero para poder estar allí.  En el Zum Tiger (asi era como se llamaba el bar) había que estar dispuesto a compartir muchas más cosas que un papel euro para poder acceder a sus servicios.  Salí del bar, y  me paré en la esquina a esperar que el semáforo se pusiese verde. Todo había pasado muy rápido y en mi cabeza sólo había una falsa nube de tormenta cargada de disgusto e indignación.

* * *

Según los políticos del parlamento alemán (Reichstag) la nomenclatura que define a esta gente es “Arbeitslos” o desocupado. Para ellos sólo alguien así puede llegar a encontrar atractivos semejantes tugurios y costumbres. Al ser Arbeit -trabajo y los -sin o –fuera, podemos decir que ellos son gente sin (o fuera de) trabajo.  A mi entender; y teniendo en cuenta que no todo trabajo que realiza el hombre tiene el dinero como consecuencia, esa nomenclatura estatal es totalmente ridícula .

Más bien creo que el rechazo que esos políticos experimentan contra los lugares y los disfrutes de los desocupados, da por supuesto que la única actividad dignificante del hombre en sociedad, es aquella que produce dinero. Un juicio así, sólo puede sostenerse en la creencia de que el liberalismo no sólo es el único sistema conceptual de organización de las relaciones ciudadanas; sino que también, es la organización que ha venido a nuestra vida política, como un Iceberg viene  al océano, para quedarse allí  y no volver a irse jamas, a pesar de que no lo veamos.

El Semáforo se puso verde y volví a retomar mi camino. Mientras cruzaba la calle miré la hora en un reloj de ciudad que estaba plantado justo en el Boulevard de la avenida. Era la una de la mañana. Pensé que más o menos a esa hora los jóvenes más emprendedores y activos de la ciudad empezaban a entrar a la disco Tecno mejor conocida como “centro panorámico”. Allí, el ambiente para respirar también es tan denso y nuboso como en el bar de esquina.

La diferencia es que en la disco el sudor se mezcla con perfumes caros y el gasto medio por persona y por noche no baja de los 80 euros (Y les aseguro que esto es muy barato si dentro de ese precio incluyo los gastos de speed y extasis, entre otros estimulantes necesarios para intensificar el disfrute de esa música). Mientras los políticos más jóvenes del Reichstag probablemente también entraban a ese templo, los politicos más viejos se sentaban junto al fuego de las chimeneas de sus chalets y justificaban sus remordimientos pensando que, mal que bien, el centro panorámico no es más que el lugar en el que la gente puede hacer efectivo su derecho a divertirse y distraerse de su trabajo.

Quemaditos

Estabamos tan acabados de que no podía irnos peor. Al margen de que siempre todo puede empeorar, eramos optimistas y estabamos convencidos de que nuestra suerte era justamente ser concientes de que ya no podíamos perder. Sin miedo, el mundo nos pertenecía y las desgracias eran nuestra contención.

Sentados en un banco de la placita, por la noche, ya que la oscuridad nos jugaba a favor, nos sentíamos cercanos. Nos unía la pérdida presente o la que pronto vendría. Era real o hipotética. Muy real en mi caso porque mi novia me había dejado. Tambien bastante real en el caso de Tarijaria porque estaba en medio del largo proceso de divorcio emocional, mental y, porque se avecinaba una reaccion en cadena estilo dominó en su vida. Cacho Delprado nos acompañaba y decía de que se sentía igual a nosotros. Manifestaba de que en su caso, el final, o bien, ya había llegado, o bien, vendría en cualquier momento por él. Nunca supimos a qué se refería, pero aún sin comprenderlo, le hicimos un lugar en el banco sobre el que solíamos pasar horas desahogándonos noche tras noche.

Eramos tres amigos que nos sentíamos más que cercanos en la soledad. Ella y él iban y venían por cerveza de lata al quiosco regularmente. Yo había abandonado el alcohol por completo y tomaba té helado, agua gasificada con sabores exóticos y cualquier otra bebida sin azucares ni graduación etílica. Cuando nos daba hambre, nos acercábamos al barsucho de Felipe y allá nos metíamos algún bocadillo callejero barato. Mi favorita era la albóndiga berlinesa frita con ketchup. Ella le daba duro y parejo al famoso sandwich turco Dönner. El venía siempre comido de su casa.
Las noches eran largas. Creo de que desde entonces ya nunca practiqué la reflexión de manera tan intensa como en aquel entonces. Desde la nada, todo era un regalo, y, sin saber porqué ni para qué, ni cómo, ni si iba a ser posible algo alguna vez, sin horizontes, nos atrevimos a abrirnos y mostrarnos tal cual eramos, con una autocrítica tan feroz que nos daba coraje existir. Fueron quizás semanas o meses, hasta que algún día, él dejó de acudir. Y luego las charlas entre ella y yo ya no fueron lo mismo. Los encuentros se disolvieron.

* * *

Pasaron años y seguimos en la misma ciudad. También nos hemos visto innumerables veces desde aquel entonces. Pero jamás volvimos a rememorar aquella época. De eso no se habló mas. Al verlos, hoy en día, puedo divisar al fantasma rondar sobre sus cabezas. Presiento de que me salvé. Pero si así fuese, ¿porqué les temo tanto y los evito?

* * *

El grito sobre el escenario no era el famoso alarido de Tarzán, era Cacho Delprado abriendo uno más de sus shows en familia y en el bar del barrio, el Chancho Bar. Todos acudimos a la cita, él a cantar, ella a pasar desapercibida. Y yo no sé muy bien a qué fui. Pero allá estábamos, ellos y todos los demás, el ghetto berlinés nocturno hispanoparlante completo.

Al terminar el show, coincidimos él, ella y yo en la barra de atrás. Nos miramos, fue un instante. Y casi pude palpar aquella mirada de complicidad tripartite que conocí. ¿Alguna vez miraron fijo a dos personas a la vez? Yo sí, fue ayer, es decir, en un rato, cuando parta para el concierto. Yo los quiero a ambos, fueron mis mejores amigos, de las pocas personas con las que me sentí comprendido o, en su defecto, tan acompañado. Era feliz junto a ellos a pesar de mi derrota capitulada, auto-asumida.

Quisiera decirles tantas cosas, no deseo hablar del antes sino del ahora y de a dónde hemos ido a parar los tres. Yo siento de que me salvé y ellos dos no. Soy conciente de que mi juicio es extramandamente subjetivo y parcial. Quizás igual cada uno hizo y arribó, aunque sea de manera parcial, allí a donde deseaba estar. Tal vez me equivoque en mi percepción. Eso no me importa realmente. Quiero hablar con ellos sin tener la necesidad de huirles. Uno hace lo que quiere, lo que puede, lo que le sucede. Dejemos eso de lado por un instante nomás.

Billar desde el iphone

“Si no puedes vencerlos, uneteles” reza el dicho. Por eso aca estoy. El sitio es lugubre, decadente, rockero, tatuajes, humo y un billar. Mitad de la semana, cuatro de la madrugada. Tu terapeuta te aconseja que aprender a controlar la paz es importante. El tablero de dardos del bar te seduce ahora mas que ella.

Digamos que el desencanto llega un dia. Darse cuenta es doloroso. La ves y ha perdido toda la magia para vos. Es mejor vivir enceguecido o desencantado? Ser rico en la Matrix o ser un heroe de pelicula? No lo se, pero tengo certeza de lo que no me hace sentir bien. Lo siento mas que saberlo.

Ella me pregunta que hago. Escribo, le digo, una historia de amor. Se acerca con cara desafiante. Amor por quien. Escribo, tan solo escribo. Entonces pierde interes. No la culpo, todos reaccionamos solo recien cuando presentimos perder terreno.

Los amigos vienen y se van. Las experiencias empero se van acumulando como capas de pintura vieja. Mira la pantallita, vuelve sobre mi. La laca pesa. Incomoda. Vos encima mio tambien. Pesas. El control es denso, el amor liviano, y el peso siempre el mismo.

Mi noche la has salvado vos, gran descubrimiento, lo siempre evidente, un iphone entre mis dedos, que me permite retratarlo todo como una grabadora de bolsillo. Por tu lente veo al billar sobre el display y a ella desvariar con su cerveza en la mano. No me gustas asi, no se si quizas no me gustas mas.

Puntos movedizos no identificables

Ayer por la noche, casi como de la nada, me asaltó una duda con sabor a rememoranza. ¿Cuándo habrá sido que se acabó La Reina, aquel evento del cual fui co-fundador y actor protagónico por algo así como una década completa en Berlin? ¿O cuándo es que terminó para mí? Porque creo que ambas fechas difieren. Fue por eso que le escribi al Jóven Espuma un sms desde un concierto de reggae multitudinario en la Casa de las Culpas del Holocausto.

¿Vas al bar en el que coloca Nocheoscura?” – le escribí en mi bellísimo iphone, para a continuación proseguir  - “¿… y cuándo es que se acabó La Reina? a) Cuándo lo echamos a Manu Acud, b) cuándo me dejó Bobina o c) cuándo te fuiste vos de La Reina?”

No recibí respuesta, como de costumbre. El artista es así. Todos debemos convencernos con aquel argumento de tolerabilidad para justificar a una persona que es ese sujeto y solo él. Pero ya no me importó, como en otras épocas, no recibir retorno alguno. Hace semanas que no contestaba emails ni sms. Tampoco le escribí esperando respuesta.

Al final de los conciertos nos trasladamos con ella hasta el bar en donde pinchaba mi ex-colega de La Reina, DJ Don Nocheoscura. Y allí estaban todos, la little family en su conjunto, incluído, claro está, el Jóven Espuma. Me alegré de verlos, me sentí en casa, hasta que algo así como un profundo cansancio me atacó a horas tempranas de la noche como ser las 2:00. Tomé asiento en una esquina y no conseguí reincorporarme hasta que emprendimos la partida.

Las reflexiones, con cierto toque melancólico pero para nada tristes, me atornillaron, amordazándome también, al silloncito antiguo. No logré en ningún momento descifrar mi pregunta. Pero pude esbozar una y mil respuestas. Ninguna me convenció pero por suerte todas me llevaron a recordarme de épocas y desenlaces que estaban estancados en mi memoria como polvo escondido debajo de una alfombra. Fue ahí que me dí cuenta de que a veces los límites son como burbijas de mercurio que son vertidas sobre una superficie plana: Inaprehendibles. A cada intento de atraparlas, se escapan.

Por fin en casa, pude dormirme, aún si la pregunta siguió rondando mi cabeza una y otra vez. Sin saber porqué, no la pude compartir con nadie, ni siquiera con ella. A veces estamos solos y esá bien así. Y quienes por definición aparentemente deberían ser las personas más apropiadas para entendernos, no lo son. Creo que esta cuestión es mía porque solo a mí preocupa. Los demás no son como yo ni debería esperar de que así fuese.

Errante por Cruzcolona con mucho sueño

Los medios de transporte públicos casi no andaban. En Berlín estabamos todos paralizados, aislados, alterados, algo golpeados quizás. Era invierno, aún si ya debería haber estado despuntando la primavera por algún lado. Pero evidetemente se escondía muy bien. Recuerdo además que desde hace una semana azotaba a la ciudad una especie de temporal con vientos huracanados menores. Pegaban húmedos y penetrantes en la cara. Se colaban por cada rendija de la ropa. Y sin embargo, las calles estaban mas habitadas que nunca, llenas de gente yendo de un lado a otro de a pié. De a momentos, con esas caravanas de individuos, me sentía ingresando a una película hiperrealista y observaba las peregrinaciones urbanas como un anuncio de que el futuro ya era hoy.

Andaba en estos pensamientos cuando llegue sobre el final del día a la estación de tren más cercana al lugar de la cita nocturna. Quedaba como a 5 kilometros de mi destino. Fue por ello que me puse en la abundante cola de una especie de parada improvisada para buses que reemplazaban al metro. La gente se veía desorientada. Esto era el Primer Mundo, pensé irónicamente. Un bólido blancusco y sucio de conductor demente frenó de golpe y nos anunció que se trataba de la llegada del micro. Yo no podía creer la velocidad en la que había arribado el vehículo. Antes de subirme miré fijo a los ojos al conductor y noté de que el color rojizo denotaba desgaste, alcohol o un simple derrame de cápsulas oculares crónico. El interior del medio de transporte correspondía a un bus de media distancia ralo, oscuro y con muchos asientos. Hedía a transpiración vieja sumada a malos alientos causados por estres y acidés estomacal casi ulceral. La gente se fue apretujando, hasta que las puertas se cerraron y salimos disparados hacia la suerte misma.

El vértigo y la sensación surrealista del momento me impulsó a escribirle un sms a Nikita. Te espero a la hora D en el sitio J. Respuesta: OK. Yo llegue primero, ella arribó luego, algo tarde, con cara de alemana puntual pero denotando una clara actitud indisciplinada. Hizo un cometario sobre sus guantes que no entendí pero le sonreí. Lo que hacemos los hombres a menudo, no? El restaurante era muy ameno, pero con el correr de la cena a ambos nos fue entrando modorra. No se si fue la comida, el vino de consistencia y sabor denso, o si resultó ser el tono monótono en el que ella me contaba sus anécdotas lo que me introdujo en un estado leve de somnolencia. Por suerte encargue un plato liviano y logré evitar caer desplomado por el cansancio allí mismo.

Pagamos y, de camino al bar donde nos encontraríamos con nuestros amigos luego, tuvimos que hacer una escala técnica para tomarnos un cafecito bien cargado en un local muy cool. Habíamos por fin ingresado al nuevo barrio emergende de la movidita nocturna berlinesa apodado Cruzcolona. Aproveché para sumarle un cognac a mi organismo. Necesitaba algo que además de despertarme me animase un poco. Ella, Nikita, me resultaba muy amena. Sin embargo, aquella electricidad que alguna vez me había producido, me había resultado inquietante y generaba hormiguitas en mi cuerpo, ya no brotaba por ningún lado. Algo preocupado miré alrededor a algunos de los hombres que estaban sentados en el bar de paso a ver si de repente era que yo me había vuelto homosexual. Pero me di cuenta de que el sexo masculino me atraía tan poco como de costumbre y que aún no lograba diferenciar a un tipo pintón de uno que era un escracho.

Con este pensamiento en la mente fue que llegué al bar CCL, que correspondía, según me explicaron, a la abreviación de Ciudad Colona Libre. Allí nos esperaban Tarijaria y el Jóven Espuma. Cuando los ví me alegré, no solo porque ella y mi amigo me generaban gran simpatía, sino que fue ahí que conseguí conectar la idea que venía arrastrande desde el otro sitio a través de un hilo conductor que me transportaba hacia el pasado: Yo jamás había pensado al conocer al Joven Espuma de que podría llegar a ser de semejante atracción para las mujeres. En Berlín, sin embargo, había tenido siempre un éxito rotundo, lo que me generó una sospecha en cuanto a mi poder de discerción estético. Si me hubiesen preguntado a mí, realmente, nunca se los hubiese podido pronosticar. La gran cuestión de los gustos seguía siendo para mí una gran incógnita, coronada con un signo de pregunta inmenso. Cambian los gustos con las generaciones? Los sitios y las circunstancias los condicionan? Hay escenas que favorecen cierto tipo de razgo racial?

Luego de varias cervezas y pensamientos ya menos intelctualoides, salimos en busca del siguiente bar. A media cuadra ingresamos en otro de los flamantes nuevos sitios que le estaban trazando aquella cambiante identidad al barrio de Cruzcolona. Todo era muy desalineado y vanguardista, la gente también, la estética una mezcla desconcertante que le infería aquel ritmo desprolijo y riesgoso a la experiencia. Nos clavamos unas birras más y salimos al frío invernal como si fuese verano. En mi cabeza sonó aquel viejo tema de Manu Chao “Próxima Estacion Esperanza”. No se si tal vez también llegué a tararearla. Nikita y Tarijaria caminaban distendidas delante nuestro. Algo más retrasados el Joven Espuma y yo hablamos sobre un proyecto cultural conjunto que teníamos marchando. Las constelaciones en las salidas van rotando. Esto es lo que hace interesante a algunas noches.

El Bar de la Piba Rastra fue la escala siguiente. Allí nos encontramos con Cuchu Escribasso y Chica X, unos amigos de las muchachas que nos acompanaban esa noche. Los índices etílicos de mis sangre me impidieron tener una charla seria nuevamente con el Cuchu. Como de costumbre, a esta altura del partido, de mi boca tan solo surgieron estupideces que pensé serían creativas. Cucho, miraba sin decir nada, y seguro de que reconfirmaba su impresión negativa en torno a mi persona. Tenía razón. Pero había que apagar el incendio con algo frío y eso era más importante que cualquier opinión ajena. Nos clavamos unos vodkas bien helados. De camino al bano coincidimos en la tradicional espera de bar frente a la puerta rotulada con la inscripción WC el Joven Espuma, Nikita y yo. Aquí vislumbré el cambio de paradigma hacia una nueva constelación y escapé disimuladamente a esperar sentadito en la mesa a que el sanitario se desocupase.

Bar Azul Marino nos recibió apretujados pero felices. Más birra más. En algún momento nos sentamos en una banca de chicas hispanoparlantes. Se identificaron como trasandinas. Por un momento creí de que por fin conocería en persona a Alfonsina y le pregunté a una de ellas si se hacía llamar de esta manera. No. Aunque yo estaba tan borracho que ella no debe haber entendido. Más bien digamos de que no conseguí expresarme de manera clara y concisa. Articular, por estas horas, era un lujo que no me podía permitir. Con las ultimas fuerzas me posicioné en uno de los sillones, hablé un par de estupideces de borracho inconsciente estilo personaje de cantina mexicana y me quede dormido. Tarijaria me despertó, impidiéndome tomar un taxi, y me arrastro con el resto de la tropa hasta el próximo sitio: Una fiesta.

Los éxitos rockeros grunge de finales de los 90 y principios del 2000 nos recibieron sonriendo. Todo el mundo estaba bailando. Cómo habíamos llegado este lugar? Por el estilo de la música que sonaba – exactamente pasado de moda hace muy poco – supuse de que alguien se había puesto en contacto telefónico con mi amigo Cacho Delprado y de que el nos había recomendado venir a este evento. Lo busqué entre el público pero no logré divisarlo. Bailamos, dancé. Salté un poco entre la masa de gente. Había chicas muy interesenates. O eran meras ilusiones ópticas que estaban inspirándose en mi deseo? El cortocircuito fue un instante nomás: El sillón junto al ventanal amparó el agotamiento. Supe que debía huír sigilosamente. Un taxi me estaba esperando parado en la puerta, atravesado en diagonal. El taxista de origen albano confirmó mi suposición – sí, me estaba esperando a mí. Fue tan gentil de que además no condenó la pronunciación alemana con la que proferí la calle en la que vivo como si fuese un rezo musulman.

Mientras zurcábamos las calles de la ciudad en plena madrugada pense en Nikita y en el esquema que utilizaba Bielsa, el entrenador de la selección argentina de fútbol del 2002. Tenía siempre exactamente dos jugadores por puesto y nunca los ponía juntos. Cambiaba igual por igual. Me alegró saber entonces de que mi amigo Jóven Espuma arribaría a buen puerto esa noche. Y de que mi camita, cómoda y calentita, luego de una semana agotadora, era solo para mí. Será, por fin, de que nos estamos poniendo viejos, che?

Duerme Berlín

Es de noche, las fiestas azotan la ciudad. Salgo a caminar con mi iFreddy, el nuevo producto de moda, un reporductor de mp3 infimo y muy ruidoso. Si hubiese leído las criticas en la web me hubiese enterado de sus falencias: El sonido carece de altos. Así y todo el frío choca contra mi cara y la musica me empuja. Kreuzberg está oscuro, medio vacio. El 25 de diciembre detenta una racionalidad diferente al resto de los días. Es extrana su logica, es una noche rara con luna casi llena, claro el cielo. El viento aumenta. La unica luz divisable que invita a tomar un trago es la de un club de diseno lumínico plenamente rojo. Toco el timbre, entro. ¿Quién me abre la puerta, Estefanía en persona? Lo dudo.

Me acerco a la barra y… ¿con quién me encuentro? Con Codornizo. Está sentado sobre una banqueta que le permite apoyarse sobre la superficie frente a los tragos. Así parece más alto. Y más libre porque ha dejado de tocar el suelo con los pies.

- Manana llega – le digo
- ¿Quién? – me responde Cordornizo mirando hacia otro lado
- Ella – digo yo, dejando un espacio de silencio luego de pronunciar la “a”
- ¡Quién carajo te pregunto, gil! – me contesta mi amigo

Miro a la gerenta que atiende la barra y le pido un whisky doble. Ella es sin duda la mas bonita de todas las chicas. Y es la única que no es alquilable. Inserto el trago en mi boca-ranura casi de un solo envión. Por fin se me refresca la mente. Y los ojos también. Empiezo a ver. Las veo una por una. La gorda es para tipos demasiado perversos. Yo soy de otro partido político. La grandota da algo de miedo, pero ya esta colgada del brazo de un don juan turco más que feo. Quedan Blanquita y Rojita. La primera es muy atractiva, la segunda muy sexy. Le pregunto a Codornizo cual prefiere. Y es por eso que yo invito a Rojita a pasar al fondo, poque a mi amigo le gusta la otra. Me despido de Codornizo que sigue mirando las imagenes del televisor. Parece que nos e decide a hacer ninguna movida.

Siempre he tenido un cierto morbo por las minas vulgares. Y por los juegos de palabras de índole absurda más aún. Rojita era búlgara y vulgar. La combinación me permitió gozar del sexo por tarifa mucha más que otras veces. Hasta le dije que me parecía muy linda. Rojita pareció sonrojarse.

Cuando volví al frente del bar, Codornizo estaba contándole a la gerenta del sitio sobre su trabajo allá por tierras lejanas. La descipción me sonaba técnica. Me imagino de que mi amigo ha comenzado su relato desde la época de estudios en la escuela de elite que visitó para hacer su preciada maestria en Londres. Aún recuerdo cuando al subirnos a un taxi el chofer nos preguntó por amabilidad qué hacíamos de la vida y Corodnizo le contó de que pronto comenzaría en dicho instituto, para luego pasarle revista del contenido del programa de estudios. Por suerte el viaje no duró más de 5 minutos. Hoy volví a sentir lo mismo que entonces: Escozor en el cuello.

Saludo a Codornizo y le pregunto si desea venirse a tomar un trago en otro lugar. Me dice que no, que todavía está por el período laboral que abarca de marzo a setiembre del 2005.

- Bueno, yo me voy entonces… manana llega – digo, algo dubitativamente
- ¿Quién? – pregunta mi amigo

Cierro la puerta, saliendo sin despedirme. Entiendo que el humor agresivo de Codornicio es una forma de protegerse. Tiene tanto miedo de que siempre restá marcando distancias, hasta con sus amigos. Pero hasta que él no queira cambiar, no lo hará.

De camino a casa miro los edificios y observo que todas las ventanas están a oscuras. Berlín duerme un 25 de diciembre, es la única noche en que siento realmente que en esta ciudad la gente descansa. Por fín. Ansío ser contagiado por aquel espiritu de paz. Saber que ella llega me intranquiliza. Quizás debería alegrarme sobremanera. ¿Pero porqué no me pasa?

Nunca es demasiado

Entre las 3 y las 6 de la noche sucede el black out total. Los aconteceres de aquel lapso de tres horas me son ajenos. No se ni que existen. Hasta que mis amigos me empiezan a contar anécdotas, de manera fragmentada, cuyo eje es en torno a lo que fue mi comportamiento anoche. Lo primero que atino a preguntar, a querer saber enseguida, es si le hice mal a alguien. Me tranquilizan y dicen que no. Luego tomo de manera casi automatica mi telefono y trato de rastrear las llamadas que podría haber realizado durante mi ausencia mental y de las cuales quizás me arrepentiré. Mi telefono estuvo inactivo. Qué suerte, pienso.

Me invade el temor, por encima de la vergüenza. Esto antes no me había pasado de forma tan aguda. Habrá sido el whisky? Por lo general no lo he tomado desde las épocas de mi más tierna adolescencia. En la Argentina de los anos ’90 la juventud ya no tomaba esos tragos anticuados. Todo era más posmo, vodka lemon, margarita, tragos pragmáticos estilo sala de espera de ampliación de aeropuerto puesto a nuevo. Ayer vuelvo al whisky, y, sin saber porqué, me sabe mejor que nunca antes, mejor aún que en mi juventud cuando lo he descubierto, antes del país neoliberal.

Todo desaparece, hemos apagado la luz y ahora volamos a oscuras. Fijo la mirada en las pequeñas luces que son los ojos de la gente, las ventanitas de las casas que se ve a lo lejos antes del aterrizaje. Vuela el piloto automatico. La azafata me sirve otro wishky y la miro con ganas pero le digo que mejor le pregunte al siguiente pasajero si desea meterse con ella al WC a echarse un polvito. Yo estoy bien así, sin vos, la que volas, o sin vos, la que construís edificios. Embebido en oscuridad y la graduacion de un burdo Ballantines veo todo muy claro, la demencia de mi situacion emocional actual y la pasada. Es el mareo que agudiza la atención, reveladora, de calculo frío y de auto-sinceramiento no doloroso.

* * *

Zaz, me despierto, me despiertan, es hora de irse.

El cántico se hace reiterativo. Mi amigo algo más adulto es quién ahora recibe los eligios: es la victima de nuestras jodas y nuestros temores. Te ayudamos, Beltrán? Podés caminar sin andador? Tomaste la pildorita para la presión? Beltrán se ríe. Por lo general se toma todo con tanta calma que parecería que las cosas no le llegan, ni las lindas ni las malas. Todos un poco lo envidiamos por eso. Pero él sufre.

Ya apostados en lo de Felipe, nuestro gurú gurmético de salvación matutina, Beltrán se desahoga con la comida de Carmen Castañuela, quién lo mira con temor y cautela, sin saber si decirle algo. Piensa quizás que interceder significaría perder alguno de sus dedos. O ser rechazada? Los seres humanos, a partir de cierta hora, a veces se convierten en perros, que todo lo hacen con la boca y a través del mito que representa el filo de sus dentaduras. Comer, comer, comer, hablar tranquilo, comer, comer, ñam, ñam, la bestia serena. Beltrán. Carmen sigue retrotraída, asi como la conocemos.

* * *

Cuando pongo la cabeza sobre la almohada, me dan como ganas de llorar. Quiero realmente lo que hago? Me gusta lo que veo que nos rodea, a mi, a todos? En qué me he convertido? O siempre fui parte de la manada?

La casa tipo chalecito con techo de tejas a dos aguas no fue nunca mi sueño. Tampoco el San Bernardo ni Heidi, ni los chiquitos rubiecitos correteando felices por el jardín mientras por fuera del barrio privado los buitres afilan sus navajas, ni la chica de la propaganada de Colgate con dientes blanquitos y dentadura amplia. La Prusia Severa no es la mejor manera tampoco de treae a nadie ni nadies al mundo. A veces creo que lo que más deseo es encontrarla. Otras veces se que no hay, no existe, son pajas publicitarias.

Mi amiga Tarijaría me dijo una vez de que yo era conservador. Creo que quería decir más bien que era de corte convencional. En algun lado es así. Pero hace tiempo que el barco ha zarpado y los enclaves cada vez se ven mas pequeños allá en el horizonte. Por el momento, parecería que nunca será demasiado. Y así vivo, por hoy y por no saber hasta cuándo, pero dejándome guiar por los vientos del Atlántico que llevaron a Cristobalito a ampliar sus ideas y desatar la decadencia. Si no es uno, será el siguiente quién lo haga, no nos engañemos.

La borrachera del día despues

Yo creía que el día después de haberse colocado una borrachera, uno suele sufrir de la resaca. Pero jamás me imaginé que podía seguir ebrio, aun habiendo dormido 6 horas. Por primera vez en mi vida supe agradecer esta mañana la existencia de la empresa de recolección de residuos. Sino hubiesen tocado el timbre a las 7 de la matina, no me hubiese despertado a tiempo para ir al trabajo. El despertar, de todas maneras, fue violento. E igual aún no consigo despabilarme, casi tres horas mas tarde.

El viaje en S-Bahn fue, como solemos decirle allá por el Río de la Plata, un flash. Toda la gente me parecía rara. La cabeza me giraba y yo creo que me acomodaba y reacomodaba en miles de posiciones en el asiento intentando encontrar una posición para que mi craneo se ajustase de una vez por todas. Las dos aspirinas no habían servido para un carajo, otra vez más.

* * *

Cuando entramos en La Coctelería las chicas ya estaban sentadas en una esquina. Nos sentamos junto a ellas porque en la otra esquina estaban otras chicas. Digamos que nos sentamos entre dos mesas de chicas. Si uno miraba para la derecha (desde mi lugar de frente al espejo), veía a las Estudiantas Kool. Si miraba para la izquierda, estaban ellas, las Hermanas Economistas.

Codornizo fue el primero en entablar diálogo con ellas. El canal de la comunicación se abrió instantanemente casi, luego de nuestro primer diálogo. Una de las Hermanas Economistas se sintió atraída por el idioma e hizo un comentario en castellano que no llegue a entender. Creo que en realidad era insignificante el tema del idioma, ellas estaban esperando cualquier cosa para poder comunicarse con cualquier persona y hasta creo que sobre cualquier tema. Yo, al entrar, las había descalificado como potenciales conquistas porque se veían demasiado serias, aburridas y aburgesadas (aunque ambas eran muy bonitas). Pero fue en el momento en que una de ellas le supo indicar a mi amigo Codornizo que se había puesto el jersey del lado reverso que supe que esa noche las cosas con las chicas no terminaría en el plano del simple contacto verbal.

El primero en desertar fue Mr. Flowepower, aquel amigo de Madrid que estaba visitándonos. Siendo nosotros tres muchachos nomás, el problema de superpoblación de hombres en relación a las chicas del lugar nos favorecía. En realidad charlamos muy poco con las chicas al principio. Pero la grandiosa dinámica de la noche y del bar fue la de siempre, como en todos los bares (civilizados) del planeta. El alcohol se fue sumando en las cabecitas de sus visitantes y al rato la gente conversaba. Lo que me gusta particularmente de la lounge La Cotelería en el barrio de Kreuzberg es que, a pesar de tener un claro estilo snob, suele ser muy comunicativa, con publico bastante expresivo y relativamente mezclado a nivel de valores o decadencia.

Las visitas al toilette en los bares son equiparables a esas movidas ajedrecisticas que dan vuelta los términos. Con cada ausencia, algo pasa. Asi es como las excursiones de una y de la otra Hermana Economista al excusado nos permitió sentar las bases para lo que luego sería un abuso compartido de tragos, salivas y algo más. Siempre es importante estar atento a cuando una chica se para para ir la bano. Es aqui que podemos realizar un rapido y completo escaneo. Hermana 1: 82 de busto, buenas gambas (piernas) y culito perfecto. Hermana 2: Busto similar (seguramente por motivos genéticos), piernas ns/nc escondidas en unos pantalones, culo idem. Rostro bonito en ambas. Mas informaciones: Hermanas, especimen número 1 dos años mayor al especimen número 2, ambas bordeando la treintena, de seguro con ganas de procrear el género humano y listas para empezar a arruinarse (todos sabemos que las mujeres a partir de los 30 se van para abajo, no?… aunque a partir de los 40 se recuperan por última vez y vuelven a nacer como una segunda mariposa que ha dejado nuevamente der ser larva).

Voy al toilette, saco pecho y hago notar con cierto disimulo mi musculatura preformada en el gimnasio. Luego va mi amigo Codornizo al baño y yo intento encontrar los tapones de electricidad del sitio para cortar la luz, pero no los encuentro. Por suerte mi hermano se hace visible y distare la atención de las chicas en el instante en que vemos levantarse a Cadornizo. Pobre amigo, es tan pequeño que casi se diria que puede caminar por la lounge pasando por debajo de las mesas sin agacharse. Circulan mas tragos por las mesas. Mi hermano enfila al sanitario. Y cuando vuelve, me encuentra a mi aferrado de los colmillos a la nuca de Hermana 1, haciendo equilibrio y utilizando las manos para buscar algún punto de apoyo solido en el cuerpo de mi anfitriona.

Codornizo intenta copiar mi acción pero Hermana 2 pone trabas, hasta que luego de un trago más, veo por el rabillo del ojo a Codrnizo metiendole la lengua entre los dientes a Hermana 2. Observo luego algo más detenidamente porque la duda me carcome y deseo saber si Codornizo tuvo que arrodillarse sobre el sillón para llegar a la boca de su doncella. Mi hermano observa la situación y escucha los bizarros comentarios que hacemos entre chuponetes y movidas algo retirado pero haciendose notar a través de su carcajada. Sellamos la jornada con una última ronda:

- Carlitos, una ronda más, viejo!

Carlitos no se llama Carlitos. Y si no fuese porque esa noche es un lunes y hay poca gente en el sitio, creo que nos hubiesen echado de la location por romper con el código discreto del lugar. Por suerte Carlitos esta relajado y hasta parecería que le resulta cómica nuestra conducta y que lo hayamos reapodado.

Los finales son siempre desordenados. Hermana 1 desaparece de golpe por la puerta de salida. Codornizo desaparece en dirección al toilette. Hermana 2 aprovecha la ocasión para besar a mi hermano. Mientras tanto yo pago la cuenta. Y casi hasta ahí llega mi memoria. Lo que vendrá luego son relatos de mis complices que ayudan a reconstruir parcialmente los acontecimientos. Lo último que recuerdo antes de que se apague la luz son las risotadas de mi hermano y mías al salir abrazados del bar tambaleándonos.

Una noche más como la de cualquiera le puede pasar a cualquiera, no? Me encanta igual la idea de las hermanitas versus los hermanitos. Eso, a mí por lo menos, me pasó por primera vez.

El precio del cariño

El otro día me volví a encontrar con Chichornik. No sé porqué el insiste en que lo llame por el apellido.

- Viejo, pero si te llamás Juan Argentino, Juan Argentino Chichornik, porqué querés que te llame por tu apellido así a secas?
- Tarambanno, no jodás, es así, a mi me gusta mi apellido, listo.

Era de noche, Chichornik había llegado de su trabajo y nos vimos en un afterwork lounge del barrio, que, tratándose de Kreuzberg, no llegaba a ser estilo kirófano ascéptico sino que tenía su ondita decandente y de sitio gastado. Empezamos hablando de futbol, me acuerdo. Por algún motivo pasamos de repente a conversar sobre temas de management organizacional de proyectos. Y cuando estabamos en la parte más seca de todos los temas, el sistema contable, se despachó con una frase que me sacó de contexto como si me hubiesen dado una trompada estando yo dormido.

- Por un poco de cariño hacemos cualquier cosa – me dijo

Yo me mantuve en silencio por el descoloque que me produjo su declaración. No tuve que decir nada porque él siguió hablando solo, dando por descontado que me interesaba lo que estaba por relatar. Dicho y hecho se largó a hablar. Y me contó que se había visto con su ex-novia hace unos días, que la habían pasado bien, más bien de manera amena, estando ambos relativamente relajados, pero que de todas maneras el vínculo y la comunicación – o la confianza ? – habían quedado destruidos irreparablemente para siempre.

- Ella era cercana, pero se mantuvo de a ratos hiper-distante, de eso medí cuenta más tarde, al otro día

Fue acá que torció la boca y se zampó el primer sorbo del cocktail como si fuese agua, liquidando medio vaso de un solo trago.

- Yo creo que la piba no tiene la más puta idea de que hacía estando conmigo, porque no sabe qué carajo quiere… digamos, creo que quiere dos cosas opuestas, por un lado la libertad absoluta y el descompromiso total, por el otro lado busca atarse a una pareja con un proyecto de familia más convencional que el de nuestros tatarabuelos, por decir algo, no?

Chichornik liquido el resto del trago en el mismo estilo de beber que había aplicado al comienzo de la bebida.

- Y sabés que creo, Tarambanno? Que lo único que nos unió a ambos, siempre, desde el principio hasta el final, fue el cariño, el que nos gustaba recibir y dar, porque en el resto de los planos de la vida no teníamos nada que ver el uno con el otro. Pagué un precio altísimo por no darme cuenta, casi termino enterrándome vivo con apenas treintaypico.

Chichornik hizo señas al mesero para que le traiga otro trago más, igual al anterior.

- Y es muy facil quedarse con alguien por el cariño, porque despues de un tiempo encima te acostumbras al cariño del otro y te parece que solo una sola persona en el mundo te lo puede dar, aquello que reconocemos luego como nuestra pareja… pero es todo una farsa, un autoengaño, porque somo re-cagones, por miedo no nos hacemos cargo de nuestras carencias y nos metemos en relaciones enfermizas siempre, nos enganchamos con alguien que nos cubre el pozo pero siempre nos hace sentir de que si quita el relleno nos vamos a ir a la mierda.

Creo que empece a tomar de mi drink antes de que Chichornik se apoderase de el. El miedo me produjo temor y me lo tome todo de una vez, más rápido aún de como se había clavado mi amigo su trago. Eso no fue un doble ni un triple de basquet, ni un try de rugby, ni un gol olimpico de corner o de media cancha como en el futbol: eso fue una pelotudez, porque el alcohol se me subio al bocho como con un ascensor disparado por los cohetes del Discovery. De repente lo miré a Chichornik fijo, el seguía hablando, pero yo hace un rato que no conseguía escucharlo.

- Pero callate de una vez ya, pelotudo – le dije de repente, sorprendiéndome yo de mí mismo – no ves que te estás enrollando en tu rebusque, dejate de querer morderte la cola y dale para adelante de una vez!

Chichornik se calló y me miró, no dijo nada. Entonces yo aproveché para sentenciar:

- Lo que decis es todo cierto, es así, eso es el amor, el arte que es líbido reprimido, el trabajo que es un medio, la guita que también lo es, la carrera profesional que es para no perder la maratón hacia ningún lado, los amigos, la familia, los medio de comunicación, el consumo e ir a cagar en un buen inodoro también lo es. Pero lo nuestro es otra cosa, somos vos y yo y esas dos Chikichús que estén esperándonos en la barra, que tienen unas ganas horribles de que les destrocemos la ropa con los dientes en una cama y quizás otra cosa más también.

Sin decirnos nada nos levantamos y obviamente fuimos hasta la barra. No recuerdo bien si fui yo o Chichornik el que les habló, pero fue como si nos hubiesemos puesto de acuerdo porque solo les dirigió la palabra uno de los dos.

- Chicas, alguna quiere cariño?

Obviamente, ambos queríamos romperles el corazón. Qué más sino?

Las Chikichús vienen de todas partes

Lo último que recordás de forma clara es que llegaron todos juntos borrachos al bar 8mm. Venían ya suficientemente animados de la cantina a dónde fueron luego del festival de poesía moderna audio-visual de ese extraño sábado a la noche. El Dr. Poesía obviamente había estado involucrado en el evento: el siempre estaba pinchando con el tenerdor en todos los platos que tuviesen que ver con literatura y Latinoamerica. Creés que este fue el motivo por el que fuiste al evento, porque las actividades del Dr. Poesía te caen bien, simpaticas, amenas, entretenidas, siempre un poco quizás desafiantes, tal vez también sorpresivas. Y de hecho la habías pasado muy bien en las lecturas, habías llegado sin ningun tipo de expectativa y habías salido con el ánimo reconfortado, más bien como si hubieses participado de una sesión de yoga trascendental.

En la cantina, luego de las lecturas, fuiste conociendo a las personas, a los poetas y a la gente aledaña, ese tipo de individuo que en el ambiente del rock se los denomina groupies. De hecho vos eras uno de ellos! Todo pintaba muy animado. De repente viste que el primero en irse, casi a escondidas y con una cara de ojete que tranquilamente estaba para participar en el mundial de gestos malhumorados, se fue nada más ni nada menos que el heroe honorífico de la noche, el Dr. Poesía. Más tarde, cuando se empezó a acabar el alcohol, o más bien, cuando el cansancio que significaba ahogarse en vino tinto y quedarse sentado pacificamente en un lugar cerrado y en rondita, fuiste vos quien sugirió salir a ampliar horzontes por los bares del barrio. Tampoco sabés muy bien cómo surgió la idea, pero propusiste el bar 8mm con tal convicción que todos te acompañaron sin realizar contrapropuesta alguna. Vos nunca ibas es este bar, porqué demonios se te había ocurrido tan decididamente ir allí? Te dejaste llevar por un impulso que todavía carecía de significación y el rebaño te siguió.

- Eine cerveza pleasepoooorfavor, amiga! – pediste a la dama de la barra mezclando idiomas y tropezandote con la lengua un poco

Viste que las chicas a tu lado de la barra se reían de vos y les preguntaste cómo les iba, directamente en español, obviando que estabas en Berlín, una ciudad que está geográficamente situada en la República Federal de Alemania y en donde el idioma oficial es el alemán. Ellas te contestaron también en perfecto castellano, hasta parecía que fuese su idioma materno. Estas situaciones te habían tocado vivirlas millones de veces. Lo que empero esa noche era nuevo, es que habías ido a un bar que nunca ibas, con gente que practicamente no conocías luego de un tipo de evento que muy rara vez frecuentabas y que en el marco de esta descontextualización, encarabas de una a tres Chikuchús en la barra en un idioma que no solía ser el usual para comenzar una conversación en la ex-capital prusinana. Lo que superficialmente perfilaba reiterativo, de alguna manera no lo era – o no lo sería.

En algún momento se fue Tarijaria, tu amiga, ofendida con razón de estarlo porque la habías olvidado por completo. Si a esto le sumabas que quizás le hubiese interesado reempalzar a las tres chicas, todas de una vez, era comprensible que no tenía demasiados motivos para sentirse atraída por la salida. Esa noche habían partido del barrio juntos de parranda, pero a esas alturas de la noche vos habían ingresado en aquel estado que no te permite sentirte más responsable que por el vaso que tenés frente a tus narices y nada más. El proximo en irse fue Ramón Díaz, un músico conocido al que uno de los poétas lo había apodado con el nombre del entrenador de futbol argentino porque realmente había un gran parecido en sus facciones. Por fin quedaron solos las tres Chikichús hispanoparlantes, el poeta-futbolero Masche Ledesma y vos. Dando por concluído el capítulo 8mm, siguieron hacia el Burger, el bar de reviente afterhour por excelencia en Berlín.

Allí sucedió lo que no tenía que pasar: conversaron. Dos de ellas venían del archipielago africano de las Islas Canarias, la tercera era de algo más lejos, Lima, Perú. Luego bailaste con esta última. No recordás si hubo algún tipo de contacto corporal con ella más allá de tus intensiones. Pero fuiste a buscar un trago a la barra y nunca volviste a la pista. En la barra ya muy bien no sabés que pasó, pero de repente estabas atracándote con una de las Canarias, con las manos sobre sus tetas e intentando pedir a la vez un trago sin gesticular demasiado para no quitar los garfios de su escondite. Por algún motivo te diste vuelta y viste a tu improvisado compinche de aventura, a Masche Ledesma, arrancandole la lengua a Muñekita Inka, la chica de Perú. Si tan solo te hubieses acordado de como se llamaba tu actual compañera de reparto, le hubieses propuesta a ella y a Masche de que cambiasen de pareja. Pero te daba vergüenza reconocer que un hombre se podía haber olvidado del nombre de una mujer.

No hizo falta realizar demasiado esfuerzo, porque tu amiga de la cual habías reprimido el nombre dejó de serlo desde el momento en que se retiró al sanitario. Nunca más volvió, y, cuando te la encontraste en la pista del lugar al rato, no volvió a dirigirte la palabra. Parecía como si se le hubiesen cruzado los cables. De hecho, asegurarías luego de que esa chica llevaba un cortocircuito latente encima desde siempre.

La noche terminó como muchas otras, siendo de día. Vos estás en la casa de las chicas, desayunando y gozando de la agradable compañía de la chica simpática del grupo, la segunda de las Canarías, de la cual no revelaré su gracia porque no me apetece. Llamemosla quizás R., a secas. Recordás que te viste reflejado en el espejado del sol matinal sobre la ventana de la cocina. Te viste en el pasado, en la casa de tres amigas – que antes habían sido españolas – con un vínculo y una postura frente a la existencia que te pareció reconocer. Las notaste muy adolescentes, apenas descubriendo la libertad de vivir solas, descomprometidas, flexibles, alegres, de paso por la ciudad y a la vez las notaste bastante convencionales en su estilo de vida y expectativas. También te reconociste unos años más tarde, en aquella salida que desembocó en tu última relación de pareja, en la cual también la clave fueron tres amigas con muchas ganas de divertirse y la mejor onda. Se trató de tu ultima relación, que duró muchas temporadas, demasiadas más de las que debería haberse perpetuado.

Cuando por fin estás entrando a tu casa, te acostas invadido por una doble sensación. Por algún motivo te divertiste mucho y sabés que algo en esas dinámicas te gusta, es parte de vos. Por el otro, sabés que nunca más te acercarás a un grupo de tres amigas con aires festivos y alegres porque ellas siempre son iguales: Las mujeres, tarde o temprano, con 30 años cambian, se ponen aburridas, quieren proyecto de familia, críos y además – o especialmente – empiezan a arruinarse. Que pereza que te da todo, ya lo conoces. Por fin te dormis, y soñas que serás alguien nuevo en una ciudad que no conocés.

El trauma del pollo

- La noche, inevitablemente, sigue marcando el rumbo de mi vida, aunque por suerte ya no la define.

Recuerdo perfectamente la confesión que realizó mi amigo Chichornik aquel anochecer cuando nos sentamos a tomar un aperitivo en un cafe sobre una esquina que da al parque de la victoria, el Viktoriapark. Y casi como si se tratase de una ironía de la vida, la charla con mi amigo comenzó con la imperiosa necesidad de él por desahogar una derrota, evacuando así las penas surgidas porque su selección de fútbol había caído la noche anterior en la final de la Copa America frente a nada mas ni nada menos que su rival de antaño, Brasil. Como yo sabía que no existen argumentos que puedan ayudar a procesar dicho dolor, intenté cambiar el tema, tratando de llevar la conversacion hacia asuntos más placenteros. Por eso, pasamos de la noche del domingo a la del sábado. Pude observar, contrastando sobre esa atmosfera opaca que envuelve al crepusculo, que sus ojos recobraban brillo. Fue ahi que Chichornik se despachó con la célebre frase con la que comienzo este relato. Y es aquí justamente el punto en el cual deseo detenerme.

Mi amigo retrocedió mentalmente 48 horas en la maquina del tiempo llevandome consigo. El salto fue vertiginoso, porque en apenas un instante me vi llegando a Cenizas de noche en un taxi a toda velocidad manejado por un turco demente que seguramente habia emigrado a Alemania luego de que la empresa de formula 3 de su país para la que trabajaba quebró. Sano y salvo, y sin haber atropellado a nadie en el camino, Chichornik consiguió bajarse disimulando el mareo. La puerta de Cenizas , el complejo partucero nocturno de moda sobre las margenes del río, estaba a full, parecía que reventaba. El proximo desafío que debió enfrentar mi amigo fue conseguir ingresar al sitio donde esta noche le tocaba trabajar. Luego de casi media hora de espera porque la mitad del publico estaba haciendo la cola de ingreso a través de lista de invitados y prensa (como suele ser siempre en Berlín, donde lo importante no es qué show se va a presenciar sino más bien entrar gratis), Chichornik pudo dirigirse hacia el sitio donde intuía que trabajaría esa noche: El guardarropas.

Si bien una noche de verano jamás se proyecta como una importante fuente de ingresos para esta actividad comercial, nuestro amigo jamás hubiese imaginado que los 30 grados de calor hubiesen convencido a la gente de no traer practicamente ningun abrigo. A eso de las 24:00 Chichornik y su compañero de trabajo, Nocheoscura, apenas contabilizaban 3 prendas y una carterita de moda en su haber. Nocheoscura esbozo uno de sus típicos chistes para aliviar la tensión del ambiente. “Oye, ya se porque a este sitio lo llaman Ceniza… hay cenizas por todos lados, si todo el mundo se la pasa fumando… cenizas en el piso, cenizas en las prendas, cenizas sobre el mostrador del guardarropas…”. Chichornik hizo como que se reía. El calor de la noche casi se podía masticar de lo denso que estaba.

Fue entonces que uno de los managers del mega-evento paso por el guardarropas y al ver que casi no había curro, se apiadó de los trabajadores y les alcanzó una botella de un ron barato transparente que seguramente las bandas invitadas habían rechazado por verse demasiado venenoso. Nocheoscura hizo otro de sus chistes a modo de agradecimiento por el generoso gesto, hizo mención a que le recordaba a un ron de quemar que solía tomar en sus viejas épocas allá por su ciudad natal del país cafetero, y, sin hacer pausa alguna, le entró al trago directamente de la botella. Cuando Chichornik preguntó si les podían traer unos vasitos descartables de plástico el hiper-importantisimo manager dijo que lamentablemente se les habían acabado. Al cabo de 15 minutos la botella estaba vacía, el guardarropas seguía igual de abandonado que siempre. Nocheoscura y Chichornik volában en un pedo estilo asteroide.

A partir de ahí todo sucedió muy rápido, demasiado acelerado y confuso como para ser registrado por la percepción de nuestro amigo. Nocheoscura conectó su celular y del mísero parlantito empezo a retumbar un horrendo reggaetón. De a poco se fueron acercando algunas chicas y, cuando Chichornik se quiso dar cuenta, Nocheoscura estaba bailando apretadísimo con una de ellas, para alternar luego con las demás. Chichornik empero estaba duro y no pensaba en moverse porque lo que se movía más bien era todo a su alrededor. Lo que él más deseaba era escapar de la más baja humillación humana, ese burdo ritmo pseudo-caribeño que provenía de una maldito teléfono mobil.

Cuando se quiso dar cuenta, Chichornik estaba sumergiendose en paños menores en la piscina del sitio. Detrás de él vino una chica que la conocía de algún lugar pero que no lograba localizar en el tramado de su memoria emocional. En el momento que logró subir a la superficie a tomar aire, esta mujer se le abalanzó con un beso y dejó en descubierto sus senos para que flotasen libremente por el agua clorada. Si bien conozco a Chichornik como un empedernido mujeriego, confío en su testimonio. Fue en este instante que recordó que esa chica no le gustaba, que por algún motivo hasta le producía cierto rechazo, no porque no fuese bonita, sino que porque simplemente no le atraía ella. Lo peor de todo, para Chichornik, había sido sentirse acosado una vez más, como si ella no entendiese el mensaje. Chichornik se hizo el ahogado para que el guardavidas viniese casi literalmente a salvarle la vida. Pero el trauma quedó encarnado en su líbido.

La noche siguió su curso y Chichornik se convirtió en la víctima-heroe del evento. Los organizadores le prestaron ropas de moda y le dieron barra libre. Las chicas se le fueron acercando para concerlo. Y a la chica que había abusado de él la echaron del areal sin que tuviese derecho a réplica. Hasta este punto el giro de la vida parecía haber sido perfecto e inesperado. Pero es aquí donde Chichornik se detiene en su relato.

- Pero qué te pasa, ché? Porqué parás de contar? Qué pasó con todas esas chicas que besaste luego? – le pregunté
- Te digo la verdad?
- Y claro, viejo, para qué estamos sentados acá sino? – retruqué yo
- Todo parecía bárbaro, me agarré con un par de minitas y con todas me pasó lo mismo…
- Qué, qué, qué carajo te pasó?
- Nos besamos, mordisqueamos, manoseamos, estabamos en llamas… Pero siempre, en algún momento, volvía a mí el recuerdo del beso de la piba de la piscina y sus tetas flotando…
- Y no me digas que te quedaste colgado con esa turra! Tanto te terminó gustando?
- No, más bien acordarme de ella liquidaba mis erecciones y aniquilaba mi deseo sexual por completo. No pude concretar nada con ninguna.

El mesero del cafecito se acercó para decirnos que cerrarían en unos minutos. Pagamos la cuenta. Vi en la mirada de Chichornik nuevamente un halo de opacidad, pero ya no me atreví a preguntarle si era atribuible al resultado de la final de la Copa America o a su actual bloqueo sexual. Camino a casa, ya estando solo, recorde cuando en la clases prácticas de biología en la escuela abrimos un pollo crudo para estudiar sus organos interiores. Hasta el día de hoy me cuesta comer pollo.

Un día en la República del Mal Humor

El Mal Humor empieza siempre de a poco. Ni bien uno se despierta, es parido, arrojado al mundo sin piedad. Eso sucede día a día. Las descargas del Germen Desánimo se van sumando como capas óseas en el transcurso de la jornada. Y, al llegar la noche, es cuando por fin la tensión afloja porque los generadores del Estado-Empresa son apagados. Por eso salimos, salimos a la calle, escapamos de nosotros, del sol artificial de luz opaca, de los demás que nos rodean y controlan en el día. Esa es la vida en Berlín del año 2036, igual a como era hace 3 décadas, solo que algo, un halo muy sutil lo tiñe todo. Con 66 otoños en mi haber, sé que esta estación anual no será igual a las demás, ni tampoco será la última.

Salgo a la calle con mis rotosas ropas que dejan pasar la radiación del Dönner. Ya sé que mis hijos me lo prohibieron. Les importa que muera, creo que me quieren, otra cosa no puede ser: No tengo derecho al seguro de vida, porque nunca aporte, porque los que contribuyeron se jodieron cuando se desterritorializó el Estado de Bienestar a La Luna: Solo los que emigran allí, y que han aportado, la perciben. Acá abajo, en la superficie de la calle, me siento más cómodo que encapsulado en mi vivienda antigua y renovada a través del tratamiento de aislación bionuclear. Igual sigo enfermo, hace 30 años que no pude quitarme la gripe electromagnética que contraje cuando un celular muy moderno para entonces me reventó el oído izquierdo e infectó la corteza cerebral en un 35%. No me importa, yo voy al patio de comidas del Shoppingmall Bergmannstrasse por una cerveza, como antes cuando era una callecita con pequeños comercios y barcitos.

Del otro lado de la vereda, de repente, me chifla un chino. Lo miro y no lo reconozco. Cruza y se acerca a mí. Cuando esta llegando, sus facciones y su color empiezan a mutar, hasta que se convierte en un ser afrolatino. Es Nocheoscura, mi viejo amigo. Me cuenta que se compró un transmutador estético que le permite elegir su apariencia, de tal manera que no hay mujer que se le escape. Hago cálculos: Nocheoscura ya debe andar cerca de la ochentena, pero sigue en la misma de siempre y se ve aún más joven que antes por una cremas que le recomendó aquella mujer que hoy es mi esposa y sigue viviendo a 5 cuadras de mi casa. Nos saludamos, charlamos, el es ameno como siempre, distante y reservado en el fondo, como siempre. Me invita a una fiesta en la que colocará música, se llama La Vegestoria y tocará Urraca Power, un grupo de amigos que acaba de sacar su segundo disco titulado “Volvemos pa’ La Tierra”. Le agradezco y me voy, las chicas en silla de ruedas levitantes no son mi estilo. Si bien son de reclinar el asiento muy pronto, odio cuando no consiguen reincorporarse y hay que ayudarlas, pesan horrores y huelen a la bencina sucia de su vehículo.

Antes de irme, ya a cierta distancia, Nocheoscura me dice algo así como que debería ir a visitar al Joven Espuma, nuestro viejo amigo de entonces. No acabo por comprender cuál es la razón, pero presiento que no puedo dejar pasar demasiado tiempo. Cambio mis planes. Paro en la estación de Trici-Ubahn y busco en la base de datos su dirección. Lo único que aparece es un mensaje en el cual dice que la dirección será pronto actualizada. La nota data de hace casi 30 años cuando nos vimos por última vez. El Joven Espuma siempre tan volátil y olvidadizo. Revuelvo en la memoria y parto hacia Prenzlauer Berg hacia el último lugar donde lo supe morando.

Llego a destino con el Trici-Ubahn que se avería dos veces en el camino y compro unas cervezas en el Dispensador Automático. Los brevajes de Teletransportador siempre están calientes, esta gente nunca va a aprender a luchar por sus derechos. Llego a la vivienda. Esta semiderrumbada, al mejor estilo Mad Max. Toco el timbre, aquello que se solía hacer antes, una y varias veces. Cuando me estoy por ir, una voz responde, muy bajito, a través del intercomunicador. La puerta de calle se abre. Yo entro y subo. Cuando llego arriba, la puerta de acceso a la vivienda esta abierta. Pido
permiso y entro lentamente.

Es de madrugada cuando llego de vuelta a casa. Llamo a mi mujer porque necesito hablar con ella. Por suerte la encuentro, acaba de llegar de un vuelo a Marte. Ella sigue trabajando de Ayudante en el Servicio de Vuelos. Hablamos en modo telefónico porque ella aún no ha aprendido a usar el Comunicador Holográmico. Le digo que es hora de que se ponga las pilas y aprenda a usar los nuevos medios de comunicación y me responde que para qué si le alcanza con su viejo celular
despintado y rotoso. Yo ya conozco la dinámica de estas charlas, así que paso directo al tema que quiero conversar y voy al grano porque hoy no deseo discutir. Yo se que los chismes acaparan enseguida su atención. Le digo que vi a Nocheoscura. Y que luego fui a visitar al Joven Espuma.

Me pregunta por él, lo dejamos de ver hace casi 30 años cuando partió a España. Cuando volvió, nos evitó, a todos, a su novia, su ex-esposa, a su madre y hasta a su hija. Se instaló como profesor interno en una escuela pupilo para dar clases y no lo vimos más porque no salió más. En rumores siguió existiendo. Hasta que por fin hoy fui hasta su vieja vivienda y el estaba allí. ¿Cuándo había salido? ¿Porqué no nos había vuelto a contactar? ¿Qué le había pasado a su retorno de España o, quizás, antes, allí? Hoy lo veo y no lo puedo creer. Sé que la noche transforma las vidas. Evitarla también. Quién vive en Berlín necesita de la salida. Y él dejó de hacerlo. Quizás aquí selló su experiencia. Pero esta no fue la causa, aunque sí fue la confirmación.

Cuelgo el teléfono cuando afuera está amaneciendo. En unos minutos se encenderá el Reactor Malhumorítico y la gente saldrá a la calle. Es domingo, todos los días se trabaja. El Referendum del 2016 cambió la legislación laboral. Yo me voy a dormir, pero antes de acostarme me levanto y escribo, escribo por primera vez desde hace 30 años cuando yo dejé de ser quien era.

El Dr. Poesía se las traía

Acomodó sus lentes que siempre se le resbalaban por la nariz y luego ajustó su traste al asiento del U-Bahn gris. Era sábado por la noche y el Dr. Poesía atendía. De 22:00 a 2:00 era su hora de consulta. Graduado en la Universidad de la Vida Loca, su método era muy simple: Recitaba unos versos a las personas convalecientes en cuestiones de amor, para con ardor, quitarles sus penas y condenas. Por muy cursi que todo esto pareciese, no lo era. O mas bien, digamos que nadie puede librarse de los clichés, de ninguno (hasta el acto más trasgresor es parte de un cliché), y en base a estos mismos es que el Dr. Poesía se las traía. Operaba y los extraía, los aniquilaba, para que el paciente genere sus nuevos pensamientos y valores. Pero no nos adelantemos, por que pronto veremos, al Dr. Poesía en acción.

Por fin llegó a su cita. Esta noche era con una pacienta algo atípica. Su nombre ya lo decía todo, ella se llamaba Tarijaria Exblástera. Provenía de algún país andino de Latinoamérica y por ende era bastante reservada, lo que aumentaba el grado de complejidad del caso. Pero nada era demasiado para el letrado: Como el Dr. Poesía, además de haber desarrollado su propio método, era experto en lírica hispana, se había convertido en una popular eminencia dentro del ámbito latinoamericano de Berlín y hasta ahora no se le conocía ningún caso no resuelto. Es por esto que se encontraron en La Reina, aquella fiesta latina que se hace una vez al mes en un barco, para que, el lugar del encuentro fuese parte del tratamiento de shock a aplicar. Y ahí los recuerdo, apoyados sobre una de las escaleras, como si esta conexión de un piso al otro fuese una especie de cordón umbilical entre los clichés que dominan abajo y se irán para arriba, en forma de cálido vapor (o de pedo de borracho). Me acuerdo perfectamente que ambos portaban una cerveza en la mano y el Dr. Poesía comenzó a recitar unos versos, inspirados en su intuición.

Oh estimada Tarijaria / cuánto me gustaría / saber porque estás así como estás /
porque lo detestas / y bien merecerías / dejar ese estado de porquerías / Ya!

El verso era horrendo y además no rimaba, porque las palabras se acentuaban en una sílaba diferente. Sin embargo, Tarijaria empezó a sentirse mejor. Su larga relación, que la había dejado marcada y trajinada luego de la separación, empezaba como por arte de magia a licuidificarse. La sesión siguió, hasta que en un momento Tarijaria entró en trance. Y como el Dr. Poesía no conseguía despertarla, debió improvisar un último verso.

Oh tu tan bella Tarijaria / sal de tu estado, bestiaria / deja que la poesía de mis versos se ocupe ahora / de liberarte de tu otrora relación / sé feliz por una porción / de vida nomás / no mire atrás / porque quizás / no me verás…

Fue ahí que el Dr. Poesía le enchufó un chuponazo en la boca a Tarijaria y ésta despertó. Como se habrán dado cuenta, el Dr. Poesía era un “chanta“. Esta era una especialización que había adquirido en sus innumerables viajes a la Argentina. Los profesores de la Cumbia Villera habían hecho del discípulo un genio que los superaba. No obstante, sus pacientes se curaban todos, porque no hay mejor receta que el autoengaño, y, es así que con tan solo creerse superada la convalecencia, la misma se desvanecía. (Doctor y paciente son siempre cómplices). Tarijaria necesitaba un nuevo amor, y esa noche su príncipe, por un instante, fue este sapo, el Dr. Poesía. Pero si no me falla la memoria, déjenme que les cuente el final, que en total, terminó muy mal.

Sepan que el Dr. Poesía era alemán. Y su ser más profundo lo imposibilitó de aprovecharse de dicha espontánea situación. Por ello, fue al baño a refrescarse la cara y sus pensamientos. El tratamiento a Tarijaria lo había turbado, se sentía atraído por la paciente y notaba que no controlaba la situación. Es por eso que, acto seguido, se encerró en el compartimiento del inodoro, se sentó sobre él y se masturbó. Luego salió, pensando que si aún la deseaba, era porque de veras la amaba.

Obviamente que cuando fue a su encuentro, ella ya no estaba. La empezó a buscar por toda la fiesta, subiendo y bajando por el barco, hasta que a lo lejos, en un rincón oscuro del piso de abajo, la vio a entre los tentáculos del DJ más oscuro de La Reina, el terror del río Spree alias “pulpo caleño“. Recuerdo todo muy bien porque yo estaba buscando material para escribir un cuento y al verlos llegar esa noche, supe que estos dos se traían algo jugoso entre manos. Lo vi todo, yo fui testigo. Desde entonces ellos son amigos, inseparables, cómplices, verdugo y víctima de manera bidireccional y se aman, se aman aunque no quieran saberlo. Y así son felices, como muchos más en esta ciudad.

El coleccionista de sus carencias

La Sra. Kochwasser y el Sr. Capelettini se conocieron en una milonga del barrio de Villa Crespo en Buenos Aires. Corria el año 1936. Ella había escapado de Alemania (aunque su familia era oriunda de Polonia). Él era un joven anarquista siciliano que se había salvado por un pelo de un atentado fascista en la Italia de Musolini. Aquella noche bailaron el Tango con la nostalgia del destierro a flor de piel. Luego, sobre el final de la noche, hicieron el amor a escondidas en el baño del local de baile. Hay que figurarse esta imagen en color sepia pero con escenas de película porno. No se volvieron a ver mas. Él puso luego una marca de pasta (todos recordarán las propagandas de „Giacommo Capelettini“) y ella tuvo un hijo: Giacommo Kochwasser.

* * *

- Giaco, te amo… – murmuró una bella chica entre sabanas
- Bien, pero ahora tengo que hacer, te llamo – contesto Giacommo

Era de noche. Giacommo la besó a modo de despedida y tomo entre sus manos una prenda íntima de su amada ocasional sin que ella se diese cuenta. Giacommo Kochwasser nunca descuidaba las formas caballerescas, actitud poco común en Berlín, y llamó un taxi para su amiga. Llamaba la atención que las despachaba a todas muy rapidamente. A sus amigos les había confesado que lo que él repudiaba de estos encuentros era que las mujeres se enamoraban y querían formar familia enseguida. Los que conocemos a Giacommo y hemos leído a Freud sabemos que no todo es tan facil, aún si tenía razón.

* * *

Era de noche y recuerdo que sonó mi celular.

- ¿Hoooooola, como andás, qué estás haciendo?
- Cómo va Giaco, nada, estoy al pedo en la compu, ¿qué onda?
- Tenía ganas de ir a comer unas milanesas a El Monumental, ¿venís?
- Dale, en quince nos vemos allá

Cuando llegue retrasado a El Momumental, el nuevo restaurante argento de Berlín, Giacommo estaba ya sentado en una mesa con varias chicas. Tomaban vino tinto e iban por la segunda botella. La escena termina dos horas más tarde, luego de las milanesas y flan de postre, un porro fumado en la vereda del local y muchas copas de vino y whisky, demasiadas. Giacommo paró dos taxis que justo pasaban por ahí y nos subimos todos en dirección a su casa.

Recuerdo que cuando llegamos, recibí un mareo inexplicable. Pense que era por las sustancias tóxicas que había ingerido. Pero, no, algo me decía que era otra cosa. Primero fuimos a la cocina y a mi me toco cumplir el rol de cantinero. ¿Cerveza o vino, chicas, Giaco? Las chicas querían obviamente vino, Giacommo y yo cerveza. Cuando fui en busca del descorchador me encontre con una legión de 32 abridores para botellas de vino diferentes, todos originarios de distintos restaurantes (italianos, franceses, argentinos, chilenos). Sentí nuevamente una sencación de desorientación espacial. Para abrir la cerveza la situación fue muy parecida: 41 abridores de botellas a chapita de todos los bares del mundo se ofrecían a cumplir la labor.

Más complicado fue aún servir las bebidas, ya que vasos y copas de todas las marcas de bebida posibles se apilaban en el estante. Quise distraer la mirada en las paredes para despistar un poco la falta de equilibrio que empezaba a dominarme, pero me sentí peor: Todo estaba empapelado con posters provenientes de la calle. Fui al baño a mojarme la cabeza, pero al querer lavarme las manos, descubri que había innumerables jabones provenientes de los más diversos hoteles y no conseguí elegir ninguno. Peor aún: Las toallas de mano eran de hoteles alojamiento de Buenos Aires. Salí del sanitario casi corriendo. Giaco notó mi malestar y me ofreció un mate que seguramente ayudaría a despabilarme. Con tan solo divisar la amplia colección de latas de yerba sobre el estante de la cocina, supe que no bebería nada del gauchesco brevaje. Me tropece y caí al suelo.

Cuando desperte, estaba recostado en un sillón de la sala contigua al dormitorio de Giacommo. Era de madrugada. Escuché voces de varias chicas exclamando sonidos de admiración. Giacommo decía algo de vez en cuando y ellas retribuían sus palabras con gemidos de placer. Me dí cuenta enonces de que lo acompañaban varias mujeres. Me arrastré hasta la puerta y por una rendija apenas logré divisar que estaban todos sobre la cama. ¿Entro o no entro?

¡Abrí la puerta, preparado para unirme a un salvaje espectáculo! Pero mi sorpresa fue mayor cuando me encontre con las chicas observando las colección de monedas, sellos postales de Eva Perón y mariposas de Giacommo, todo extendido y revuelto sobre la cama. Innumerables botellas de vino y copas acumuladas al costado rodeaban la escena. Mientras tanto, Giacommo estaba tendido sobre un canto del lecho en posición fetal y chupándose el dedo gordo. Era obvio que estaba feliz.

Navigation »
¿Qué es SINRUMBO?
Este sitio ofrece su espacio a todos aquellos/as que escriben en castellano en Berlín y habitan sobre la rugosa superficie que existe entre esta ciudad, España y América Latina.
Organización de los textos
La columna "Acontecer Cotidiano" es de índole general: Reúne pensamientos e ideas sueltas, experiencias aisladas e instáneas relacionadas al día a día de los diversos autores. En las demás columnas se agrupan relatos ficticios que se articulan en torno a diferentes temáticas propuestas por los autores.
Últimos comentarios
Calendario del mes
septiembre 2010
L M X J V S D
« ago    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930