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Epistolar

Von: esteban@yahoo.com
An: carolina@gmx.de
Betreff: Devuelto a la vida
Datum: Wed, 14. Jul 2008 08:36:45 -0500



Querida Carolina, mi amor:

Acabo de llegar a casa de Fernando y te escribo, como lo había prometido, para avisar que llegué bien y sin contratiempos. Fernando se acaba de ir a trabajar en el café “La crepe”, ése en el que ha trabajado siempre, y me ha dejado sólo para descansar. Pero no puedo dormir. No sólo porque el sol se ha metido entero a mi habitación, sino también porque acá el aire es distinto; no llena los pulmones y el respirar se me dificulta tanto que se me forma un nudo en la garganta, que mientras más trato de aflojar, más se aferra a mi esófago. Afuera, la ciudad late sin ritmo y grita en ese idioma que le nace de las entranhas, tan distinto al idioma de Berlín, que sólo susurra, pero siempre de prisa.

Llegué de madrugada al aeropuerto de Santiago. Iba dormido y no me percaté del aterrizaje. Y tú sabes lo mucho que me gusta aterrizar: ese momento en que la rueda toca el pavimento de la pista. El segundo en que nos damos cuenta, por la brusquedad del choque, de que estuvimos volando… ¡volando! De que cruzamos el mar, países desconocidos, todas esas montanhas que desde nuestro humilde lugar en la tierra nos parecieron siempre inalcanzables. Fuimos seres celestiales con alas postizas o gusanos devorados por un ave Boeing.

Caminé durante un buen rato por pasillos estándar, de ésos que hay en todos los aeropuertos, siguiendo flechas e íconos de maletitas sobre bandas, de un hombrecito uniformado sosteniendo un cuadrado pequenho con la palabra “pass”. Quisiera haber sido perseguido por un centauro de un ojo para no sentirme tan banalmente perdido en aquel laberinto de flechas contradictorias y pasillos que se tragan el sonido de las suelas sobre el suelo. Acababa de despertar de un largo suenho de somníferos, y aquellos pasillos laberínticos me recordaban a algún suenho que tuve alguna vez. Quizás uno de ésos suenhos que me hacían querer abrazarte en la cama, porque mientras acababa de desperezarme recorriendo los pasillos grises de mi letargía, sentí un deseo absoluto de meter mi nariz en tu cabellera y de escuchar cómo le hablas en suenhos a la almohada.

Lo más extranho fue cruzar la puerta de vidrio que separa a la parte híbrida de aeropuerto (ésa parte a la que arbitrariamente llaman “internacional”) de las salas que oficialmente son parte de la nación. Cuando uno se les acerca se abren solas, una se corre a la izquierda, la otra a la derecha, como los labios abiertos de una madre, para dar a luz a un turista, a un viajero, o en mi caso, a un retornado. Al otro lado, al lado de la vida y la nación, esperan las caras aburridas, las emocionadas, las serias, como espectadores de un nacimiento público, armados de cámaras y cartelitos de bienvenida: “Welcome Mr. Smith”, como si quisieran hacernos recordar nuestros nombres tras las largas horas de atopía. Y los recién nacidos vienen con los pasaportes en las manos, mostrando sus caretas de escudos dorados, obsesionadamente llenos de sellos y estampillas que indican oficialmente que son alguien.

Sin embargo, la parte “internacional” no corresponde dentro de esta analogía a la muerte, Carolina. Esa sala es sólo una transición. La sala llena de bandas de hule acarreando maletas no era la muerte, no correspondían al opuesto de lo que había afuera, donde bullía la vida. En esa sala sin nacionalidad la vida se anunciaba en grandes carteles con fotos brillantes iluminadas mágicamente por detrás. Las filas de montanhas nevadas, las playas largas prometiendo la vida: “Visite Panguipulli, duerma aquí, pásela bien, vea ballenas, compre artesanías”. Hubiese querido quedarme para siempre allí, Carolina, en ésa sala llena de ilusiones, y hundirme durante horas en cada uno de los paisajes de límpido cielo, en los mercados de gente pobre pero contenta, en las habitaciones de hotel con calefacción y jacuzzi. Dormiría sobre las bandas de hule que me hubiesen dado vueltas y vueltas alrededor de unos afiches despreocupados, meciéndome infinitamente hasta marearme de satisfacción.

No. Esa sala no era la muerte, Carolina. La muerte estaba en el extranjero. Allí donde estás tú ahora. Tú estás muerta, desde el momento en que las puertas de vidrio me parieron. Desde el momento en que empecé a reconocer en las caras de los que esperaban, del lado de la vida, mi cara. Mi cara, Carolina. Estaba allí esperándome todos los anhos que estuve muerto en el extranjero.

Te extranho, difunta.

Esteban

Desnudarlo

Amo y siento deseos de hacer algo extraordinario. ■
No sé lo que es. ■ Pero es un deseo incontenible de
hacer algo extraordinario. ■ ¿Para qué amo, me pre-
gunto, si no es para hacer algo grande, nuevo, desco-
nocido?
Alfonsina Storni

Lo llevó a un lugar secreto con intención de desnudarlo.
No era tarea fácil con tanta cosa que llevaba encima.

Ella procuró no perder la esperanza cuando lo vió así tan envuelto en miles de cosas como una cebolla. Lo observó un rato analizando sus posibilidades. Tenía que empezar por el envoltorio exterior, claro, pero ¿cómo? Ella de automóbiles sabía poco, y él no estaba dispuesto a explicarle nada. Sólo cruzó los brazos y fingió mirar el paisaje sentado en el interior, con las puertas bien trancadas y las ventanillas apretadas, tratándo de no reparar en los esfuerzos impacientes de ella por sacarle la carrocería de encima. Por fuera, ella se paseó un buen rato a su alrededor, buscando algo fácil de abrir, un cierre por ejemplo, pero pronto tuvo que abandonar su intención. Los automóbiles no tienen cierre. Y por ser la capa más externa de él, era también la más dura. En definitiva, no iba a ser cosa fácil desnudarlo.

Pero ella sabía que la verdadera dificultad estaba en que él tenía miedo a quitarse el automóbil. Tenía miedo a no gustarle sin él puesto.

Hubo sobresalto en él cuando ella empezó a desatornillarlo. Por la ventanilla semi-abierta él le dijo que no lo desatornillara, que el automóbil le había costado un ojo de la cara y que sin él se sentía desnudo. “De eso se trata” le dijo ella tranquila, “te traje a este lugar secreto para desnudarte”. “Ah… sí” dijo él resignando mientras subía la ventanilla.

Los neumáticos, la carrocería, el motor, frenos, batería, pedacito por pedacito.Él quedó sentado en su silla de cuero blanco, rodeado de tuerquitas y metalitos regados por el suelo, inservibles y pequenhitos. Era difícil creer que aquellos pedacitos de acero y cobre así destartalados un día lo habían cubierto hasta la irreconocibilidad.

Ella se quitó las pestanhas postizas, y mientras caían al suelo se buscaron la miradas con la esperanza de encontrar en el otro algo que calmara la primera vergüenza de verse así. Se miraron largo rato, en medio de un reguero de tuerquitas y pestanhas.

Pero el trabajo todavía no estaba hecho. Seguía la ropa. Aquello era más fácil que sacarle el automóbil, pero presentaba en cambio otro tipo de dificultades. El problema en éste caso no era cómo sacarle la ropa, sino convencerlo de la necesidad de sacársela. Él comenzó a darle la contra: “Dime cómo te vistes y te diré quién eres”, empezó en tono sabiondo. “Con mi pinta doy expresión a mi personalidad. Para que la gente sepa sin rodeos con quién está tratando”. Ella no sabía qué replicar. La verdad es que aquello de desnudarse aparecía absurdo por donde se le mirase: ¿Para qué? ¿Acaso no era complicarse la vida de más? Ella se sentó sobre un banquito del lugar secreto. Quería pasarle revista a las posibles ventajas de lo que estaba haciendo, pero nada se le ocurría. Èl estaba contento de haber ganado esta vez la disputa.

Así estuvieron sentados muchísimo tiempo: ella, con ganas de desnudarlo, y él, pasándole la mano orgulloso a su camiseta azul, que era marca guachigüey, la marca de los “hombres que saben lo que quieren”. Así rezaba el slogan. Sin embargo, con el paso del tiempo empezaba ya a destenhir.

“¿Y? ¿No encuentras todavía una buena razón para quitarme la ropa?” preguntó él algo angustiado cuando vió que ya se le deshilachaba el cuello y las pelusas empezaban a poblar las mangas. Ella negó triste. Ya no le encontraba sentido a nada de lo que había hecho. “Bueno, pues sigue pensando” le dijo él con un tono que pareció impaciente.

Al final, él le rogó que le quitara la ropa. Sentía que el tiempo se les escapaba, y ya le daba igual que desnudarse no tuviese sentido. “Desnúdame, y ya”, le dijo.

Para celebrar la decisión, ella se quitó el vestido estampado de tulipanes y corrió a bajarle el cierre, a descubrir su estómago peludo y su pecho alzado. De paso, le acarició el hueso de la cadera, porque le gustaba.

Ahora seguía la parte dolorosa del desnude. Había que quitarse la carne, los músculos que él tanto entrenaba, los huesos, deshilvanar las venas. Era una tarea sucia y dolorosa.

Que si acaso no le gustaban sus músculos, le preguntó él cuando ella se los arrancaba a tirones y cortaba los tendones con los dientes. “Claro”, contestó ella con la boca llena de víseras, “¿pero estamos acá para desnudarnos, verdad?” “¿Y después, qué queda?” “No sé”, respondió ella, todavía un poco insegura de lo que estaba haciendo, pues sabía que las personas desnudas – y también él, aunque pareciese increíble- no son del todo hermosas. Para desnudar a alguien hay que evitar todo tipo de romanticismo idealizador. Eso ella ya lo sabía cuando decidió desnudarlo, pero sólo en teoría, vale decir.

Y sin razón alguna, ella se quitó también hasta los huesos. En ese lugar secreto quedaron nada más que ella y él, entre un reguero de tuercas, metales, pestanhas, vestiduras, sangre, carne y esqueletos.

El orgasmo vaginal

Cloti se estremecía entre los brazos musculosos de Edito, que cerraba los ojos mientras se chorreaba adentro.
Ah, que rico papi.
Claro, es la fuerza de mi pene. Increíble, no?
Uy, sí.

Más tarde, sola en el banho, Cloti se tocaba en cuclillas sobre las baldosas floreadas, y ahogaba sus auténticos gemidos entre los pliegues de una toalla.

Tercer día de prueba

Otro día de trabajo. El tercero. Día de prueba.

Ya muy de manhana al despertar anticipaban las palanganas de atún con mayonesa apoyar su peso sobre mi espalda, los pisos goteando salsa milislas resbalar mis pies y el filo del cuchillo rozar por la zona de la unha mi piel de dedo. Toda la noche atormentada había enmantequillado una tostada onírica tamanho tren con una cucharita de espresso.

Mi jefe Rudi me había advertido ya el primer día de trabajo de prueba, para el que no iba a merecer paga alguna por mi falta de sabiduría en el sector de enmantequillar tostadas, que su verdadera pasión era la de dirigir óperas, y que gracias a su éxito inexistente había quedado destinado a desenvolver toda su creatividad como redactor de la cocina en jefe, y que aquí se hace lo que él mande carajo, que corte esos limones en cuarentaitrés rodajas no tan delgadas, y que apuradita por eso de las múltiples tareas a la vuelta del minuto.

Desde afuera llega el zumbido monótono de los clientes con su olor a vela de centro de mesa y su cling de copas babeadas en los bordes. Ahora naranjas, me dice. Que así no. Que qué tarada soy. Y que lave la ensalada limpiando el reguero de naranjas. Que me apure. Rapidito.

Un milksheik aterciopelado se pide con una voz que acaba de entrar a la cocina. Lo reconozco y es Sandro. Sandro.

Sandro. Es mesero y tiene buen culo.

La desconcentración de mi mano cae al molino de pimienta. Es una caída enamorada, la pimienta cae con mariposas en el esófago. La fealdad enojada de Rudi estalla en toda la cocina así como la pimienta también expande sus granos alrededor de mi admiración por Sandro. Los ojos de Rudi están muy grandes tras sus lentes, pero cuando se los quita el tamanho no se achica. Las órbitas se salen de sus pupilas en busca de la vista. Para atrapar los errores que cometo a la vuelta de la esquina de su campo visual, mueve los globos hacia el lado como tiburón. Así la mirada me tiene al alcance en toda la zona de la cocina.

Es típico yo. También lo que no toco se me cae. Mi presencia tiembla las porcelanas tras los cristales en los armarios. Se dan de bruces cuando acerco mi torpeza. La prohibición de mi madre no me entra por ejemplo a su cocina porque el juego de tazas me tiene miedo. Pero Rudi se dió cuenta de mi pensadera hacia otra cosa y se le suma a su fealdad de ojo la fealdad de mueca. Le desvío la pregunta de si quiere que le corte los tomates, pero la frente le hincha una vena. Con azul la vena explota y tengo que ayudar a sostener las órbitas de sus pupilas para que su lugar no se salga. Con un paso atrás evito que el campo de su punho atraviese mi espacio. Una nunca sabe. Que lave los platos y los pula y los deje altamente encaramados. Pobre de mí que queden sucios. Los cuido con mi vida o muero en el intento. Quiebro uno y no cobro nada. Y cantando. Sin desafinar.

Entre los restos de mostaza de un plato encuentro la proyección de Sandro. La sonrisa se le forma con el borde curvado, y como no aguanto, mi beso se llena de mostaza. Me frustro. La carne es mejor que la porcelana con mostaza. Lo sé por experiencia. Sandro come entretanto sobras mientras la orden espera su salida cuando las chuletas están listas.

La condición del estado en esta situación es abrumante. Es mejor domar las cursis declaraciones de amor eterno aunque quieran salir hacia afuera en vez de esconderse por adentro. Cuesta porque la boca llena de sobras de Sandro está muy cerca y mis ganas tienden para allá, pero el deber de ocuparse pareciendo siempre que se están cortando los tomates es bastante hipócrita y lo reflejo hacia el exterior con apoyo de un silbido para despistar a Rudi.

Las manecillas del tiempo no paran de inmobilizarse hasta que llega la hora de irme. La presencia de Rudi me aplasta. Sus ojos no me sueltan de su vista, y mis dedos son cada uno un brazo que pesa como una pierna. Como copos de lluvia caen las aceitunas sobre mis zapatos. Nada se queda arriba conmigo. Todo se va para abajo con piso. Rudi explota en intervalos regulares. Poco antes de irme, me hace afilar los cuchillos, porque sabe que siempre me corto haciéndolo. Le gusta entonces mirarme con sus grandes ojos sádicos.

Pero al fin. Cargo con los malos recuerdos de la cocina para llevarlos a casa a descansar. Los ojos no me abren la vista y mi cabeza se siente como una lata de atún; los sesos deformados a un estándar simple, destinado a la basura después de todo. Me caminan los pies a casa con la espalda tambaleante. Pero cuando en la ubahn meto la mano al bolsillo mi brinco es de corazón por el sorpresivo encuentro de papel perfumado contrabandista. Carta de amor. Letra de manos que sostienen bandejas. Para Alfonsina. Se me cae el calzón cuando el sentido vuelve a la vida porque en su carta expresa la admiración que desea profundizarme. Quiero convertirme en suspiro… Pero se me traba la campanilla con arcadas: firma Rudi.

Cuentos de la carretera

El lugar donde sucede esta historia es un país largo y angosto, que tiene nombre de fruta. Ocupa casi toda la costa occidental del continente austral. De primeras, mirando el mapa, uno imagina que sólo consiste en una larga playa. Y si bien es cierto que el mar acompanha a sus habitantes para donde quiera que vayan, el mapa enganha: los balcones con vista al mar son de cordillera, y entre cordillera y mar hay desiertos infinitos, planicies fértiles, bosques saturados de ramas y crujientes hielos.

Las crónicas de los primeros conquistadores que quisieron adentrarse al país son crueles. Para llegar a las dichas praderas y bosques, cruzaron la gran cordillera y la mayoría murió congelado. El resto llegó a lo que ahora es su capital, y como no encontraron nada que les interesara regresaron, esta vez por el desierto, que fue más mortal todavía que la cordillera. El país, rodeado de cordilleras, desierto, océano y hielos perpetuos es un lugar aislado del mundo: a duras penas se entra, a duras penas se sale.

Como una arteria se extiende de Norte a Sur la carretera, que empieza mucho antes en los países ricos del norte y sigue con algunas interrupciones hasta los hielos del sur. Apretando la nariz a la ventana del bus que recorre la carretera se ven pasar durante horas y horas masas monótonas de arena, tierra, césped o árboles. Pero súbitamente aparecen los afluentes de ella, aquí y allá; caminos que suben, autopistas repletas de rótulos, calles que desaparecen entre la maleza, o bien, perdiéndose en el monte, dos líneas de tierra que ha dejado algun jeep. Estas calles y senderos conducen finalmente a ciudades, pueblos, playas y valles.

La carretera está siempre llena de autos, buses, camiones cargados de cosas útiles, pero es sin embargo un lugar solitario. Casi no hay pueblos ni ciudades a sus pies, éstos siempre están cerca de las playas o en valles cordilleranos, para que sus habitantes puedan vivir del mar o la tierra. La carretera es pisoteada, usada para rodar cosas de un lado al otro, pero nadie se siente en casa sobre ella, nadie la extranha en el extranjero, nadie le saca una foto a menos que haya algo fotogénico sobre ella. La construyeron donde sirviera, pero sin que molestara. Y es justamente por este abandono, que en ella suceden las cosas más extranhas. Los que mejor la conocen, esos viajeros que la recorren durante muchos kilómetros por motivos de trabajo o haciendo autostop, saben de sus historias.

Sobre todo durante el verano la carretera se llena de mochileros que viajan a lugares lejanos, haciendo “dedo”, para acampar en las faldas de los montanhas nevadas y playas de lagos celestes. Los volcanes rugen en las noches mientras se cantan canciones de guerrilleros antiguos alrededor de fogatas bailarinas.

También la gente de los pueblos ahorran dinero viajando así. Se paran con sus cositas para vender en mercados sobre la carretera y piden con los ojos o el dedo que los lleven. Por lo general son los camioneros los que paran, pues cansados de ver siempre lo mismo durante horas y días, anhelan contar de sus vidas a los viajeros. Ellos, los que se sienten más en casa en la carretera y la conocen de sur a norte, son los que saben de aquellos lugares mágicos de la carretera. Esos lugares solitarios pero llenos de vida, en los que se aparecen los muertos de un accidente, o bien los lugares que hay que evitar en la oscuridad porque atraen a los duendes traviesos de la cordillera.

En la casa de mi madre, en el sur del país largo, vivió durante algún tiempo Ninfa. El nombre se lo había puesto ella porque le gustaba como sonaban la ‘n’ y la ‘f’ juntas. Estudiaba filosofía en la universidad, y era conocida por su manía provocadora de no ponerse calzones y faldas muy anchas en una ciudad constantemente azotada por el viento. A mi mamá le gustaba cómo las viejas estiradas del club se escandalizaban durante sus sesiones de té y caridad, y para que la dejaran de invitar a sus ridiculeces, decidió arrendarle a Ninfa una habitación en la casa.

Ninfa viajaba los fines de semana a su ciudad natal haciendo autostop. Nunca entendimos cuál era el sentido de sus viajes. Se tarda un día en llegar y un día en regresar. Ninfa nunca alcanzaba a estar ni una noche en su casa. Quizás era su manera de responder al deber de visitar a su madre, sin necesidad de acostumbrarse demasiado a la miseria que allí la esperaba. Pero además, la carretera la fascinaba. Se sentaba adelante, junto al camionero y le pedía que contara historias de la carretera. Iban conversando y mirando el paisaje en pantalla gigante, como solía decir.

Un día Ninfa se subió al camión de un hombre amargado. Por alguna razón surgió el tema política. Aunque el país ya llevaba tres anhos viviendo en democracia, el tema seguía siendo tácitamente prohibido. El camionero, reaccionario, estaba orgulloso de haber boycoteado en su juventud al presidente con una huelga de varias semanas y de haber aportado así al éxito de los militares. Ninfa, que había perdido a su padre y a su tío en los campos de concentración militares, le dió la contra. Y como suele suceder en estos casos, la solidaridad del camionero se convirtió en la deuda de Ninfa, y, sabiendo éste cuáles eran los lugares encantados de la carretera, tiró a Ninfa del camión en el cruce de los invisibles.

Ninfa ya había escuchado hablar de aquél lugar: en la carretera se le mencionaba como se menciona una prisión militar, con la frente fruncida, el pulso acelerado y la piel de gallina. Y Ninfa tuvo que bajarse allí, en el cruce desolado de los invisibles. Lejos de cualquier lugar habitado y a mitad de una montanha, sobre una curva amplia y peligrosa a los pies de un acantilado. En aquél lugar habían ya muerto muchos, por accidentes y también de puro miedo. Pero no había ni una cruz, ni una corona de flores seca de las que se ven por la carretera en las curvas y cerca de los acantilados. Parecía que allí se quería negar a los muertos.

En ese lugar, un caminito de tierra partía desde la carretera, para acabar a sólo cinco metros, como un callejón sin salida, en medio del bosque. El nombre se lo había ganado porque los autos no podían parar para llevar a los viajeros de autostop, y éstos terminaban creyendo que eran invisibles a los ojos de los humanos. En medio de la curva y con la maleza enroscada en la carretera no había auto que los viera a tiempo para poder parar. Y aún así, el parar significaba el riesgo de ser chocado por los autos que a su vez no verían al estacionado por entre las apretadas ramas y las agudas curvas.

Ninfa, muerta de frío, se paró sobre la yerba que bordeaba la carretera. El sol se escondía tras los árboles. Pronto la luz desvanecería y no habría más que la selva y sus secretos, los autos que no paraban, la montanha, el mar a lo lejos, el miedo y el frío. Caminar hasta la próxima gasolinera o hasta el próximo lugar en que dejara de ser invisible, era cosa de caminar la noche entera. El paisaje, así como el país, es largo, y las distancias son eternas.

Decidió quedarse esa noche a dormir a un lado de la carretera, junto a la selva. Tenía un saco de dormir, una botella de agua y frutos secos. Ya que no iba a morir de hambre, se convenció a sí misma de que pasaría la noche sin morir de miedo. Pero su miedo crecía mientras más se acercaba la noche. La selva empezaba ya a sonar distinta: los animales nocturnos despertaban y se disponían a comerse entre ellos.

Mientras aparecían las primeras estrellas sobre el fondo oscuro del cielo, ella se sentó sobre la espesa hierba que crecía entre el asfalto agujereado y la selva. Una enorme piedra a su lado se llenaba de sombras intranquilas. En su superficie aparecían facciones de ancianos que carcajeaban desdentados, con sus narices aguilenhas y los ojos sombríos. De vez en cuando un automóbil anunciaba su llegada con el motor esforzado por subir la montanha, y Ninfa alargaba su dedo para pedir ayuda, desesperada casi, con la esperanza a flor de piel, pero nadie paraba. Nisiquiera la miraban, como lo hacían en otros lugares más bondadosos de la carretera. Ninfa sintió lo que contaban otros viajeros que habían sobrevivido al cruce de los invisibles: que se estaba convirtiendo en un fantasma, invisible al ojo humano.

Un pájaro extranho se paró sobre la piedra, y como burlándose de ella lanzó un graznido. Ninfa, en un súbito arrebato de susto le tiró una piedra. El pájaro dió un salto para esquivarla y lanzó otro graznido, esta vez ya no burlándose, sino amenanazándola. Y lo repitió. Una y muchas veces más, el pájaro extranho graznó, cada vez más fuerte, sin quitarle los ojos de encima. Era grande, oscuro, y Ninfa sintió por un momento que la miraba directo a los ojos, como diciéndole que para él ella no era invisible.

El pájaro de pronto se volvió hacia el bosque y llamó a alguien. Ninfa pensó que era como si diera aviso a sus secuaces de una presa fácil para la noche.

Con la mochila sobre el hombro decidió caminar hacia abajo. Las planicies parecían estar a horas y horas de caminata, pero cualquier cosa era mejor que estar allí parada junto al ave malvado. Ninfa recordó historias que escuchaba contar a sus primas del campo, de brujos que se convierten en todo tipo de animales salvajes. Cuando atrapaban a una mujer, le cosían todos los orificios del cuerpo y le quebraban una pierna para amarrársela a la espalda y hacerlas sus esclavas eternamente, porque sabían retener el alma de las personas para llevarlas, aunque inocentes, a su propio infierno personal.

Pero la caminata fue en vano. El pájaro no la siguió, como ella temía, pero su graznido llegaba a sus oídos reflejado por la selva, como si la distancia entre ellos no existiese. Como un eco del que era imposible escapar. Un graznido perturbador, siempre igual pero siempre distinto. Caminaba sin avanzar. Los mismos árboles erguían sus copas sobre su cabeza y la misma línea blanca de la carretera la acompanhaba siempre, prohibiendo adelantar.

Sudada y temblando de frío se sentó Ninfa sobre la yerba mojada en el camino. El graznido de fondo. Ninfa miró a su alrededor y creyó ver de nuevo la misma piedra de sombras tenebrosas que había visto en el lugar en el que la dejó el camionero amargado. Ya casi no se distinguían los contornos, y la noche se cerraba sobre su cabeza, la oscuridad emanaba lentamente como una neblina negra desde el bosque, y ni las estrellas alegraban la oscuridad con sus ginhos cómplices. En ese lugar, todo era enemigo.

Entonces, sin previo aviso, un camión desvencijado se estacionó a su lado, justo cuando ella se daba por vencida al miedo y al frío. No era un camión último modelo, como aquellos que hoy en día viajaban por la panamericana. Ninfa sentía que las latas de su carrocería se sostenían solo por gracia de un milagro. Con cada temblor del motor ensordecerdor el camión crujía y daba la impresión de deshacerse con cualquier ventisca inesperada.

Ninfa tardó un poco en darse cuenta que allí había alguien que la quería llevar. Era demasido bueno para ser verdad. Seguramente, pensó, después de todo, era estúpido que una brillante estudiante de filosofía como ella creyera en cosas como ésas. Tuvo que sonreír un poco al pensarlo, pues al parecer la superstición campesina que su madre y sus tías seguían fomentando en sus tardes de mate junto a la estufa, le había sido heredado y permanecía latente, a pesar del supuesto triunfo de la razón citadina, de las buenas notas, las universidades.

El hombre al volante parecía cansado, pero Ninfa pensó que seguramente no había querido parar a descansar en esa montanha de miedo. Ninfa agradeció miles de veces al hombre por haberse apiadado de ella.
“Este no es buen lugar para quedarse” contestó él, sombrío. Ninfa suspiró.

Cuando el hombre reinició su viaje, Ninfa sintió ganas enormes de quedarse dormida, con los pies sobre el piso que entibiaba el motor. Pero antes de abandonarse al suenho, Ninfa quizo hablar un poco con el hombre que la había salvado de sus propios fantasmas. Al fin y al cabo, el hombre seguramente había parado para quitarse el suenho conversando con alguien. Así es que Ninfa inició una conversación.

- “¿De dónde viene?”
- “De acá cerca”, le contestó el camionero.
- “¿Qué lleva en el camión?”
- “Está vacío.”

El hombre cayó en un silencio largo antes de continuar.
- “Me robaron el contenido.”
- “No me diga.”

El camionero no parecía muy preocupado de su mala suerte.
- “¿Y cómo fue eso?”
- “Hay gente mala en este lugar.”
- “¿Y ahora qué va a hacer?”

El camionero miró a Ninfa unos instantes a los ojos. En ellos Ninfa adivinó una terrible soledad e indiferencia. “Ahora nada”, contestó suavizando por unos instantes la mirada. Frente a ellos, la calle abría al monte con forzada voluntad. Los focos del camión iluminaban sólo unos pocos metros. Los árboles parecían moverse con las sombras que las luces proyectaban. Ninfa creyó ver algunas veces árboles que levantaban sus ramas para dejar pasar a los viajeros. Y una que otra vez, aquí y allá, un pájaro negro sobre las rocas del camino…

- “¿Por qué dice que es malo este lugar?” preguntó Ninfa y al momento de terminar la frase se arrepintió de haberla pronunciado. Llenarse la cabeza de más historias horribles era vulgarmente masoquista, pensó.

El camionero se tardó de nuevo en contestar.

- “Aquí no existe la verdad.”
- “¿Y cuál es la verdad?”

Cuando Ninfa despertó, el cielo ya se estaba iluminando de a poco. Casi no recordaba la conversación de la noche anterior. El camionero la observaba, estacionado a un lado del camino, y le ofrecía un mate de yerba demasiado lavada. Ninfa lo tomó agradecida.

- “Hasta aquí llego” le dijo el camionero, que a la luz de la aurora parecía más pálido todavía.

Ninfa miró a su alrededor. Allí no había más que selva. La misma selva montanhosa con su neblina espesa de la manhana. Ninfa lo miró sonriente.

- “Pero ¿cómo? Aquí no hay nada…”
- “Se tiene que bajar. Si camina unas cuatro horas, llega a la próxima gasolinera. Yo no la puedo llevar.” E inclinándose hacia su lado, le abrió la puerta y con la mano la invitó a salir.

Ninfa bajó titubeando agradecimientos y un buen viaje, sin entender todavía por qué ese hombre la dejaba allí, tan lejos de la civilización.

Cuando cerró la puerta, el camión arrancó, y girándo 90 grados se internó derechito en el bosque, por entre los árboles que se apartaban para dejarlo pasar. En cuestión de unos segundos, el camión, con todo y ruido de motor, despareció tragado por el bosque. Detrás de él no quedó más que un caminito de tierra que acababa a cinco metros, como un callejón sin salida rodeado de bosque. Ninfa tembló un rato más sobre el césped forrado de rocío, sin entender, pero ya sin miedo. A su lado, una enorme roca reflejaba sombras extranhas, que parecían moverse, como risas de ancianos desdentados con narices aguilenhas. Un pájaro negro se posó sobre la roca, observándo a Ninfa desde sus ojitos sin pupilas, para darse al fin la vuelta y volar bosque adentro, dejando una estela de graznidos a su paso.

-o-

Dos días después, Ninfa volvía de su ciudad natal. Esta vez sentada en un jeep, acompanhada de un gringo que venía a sembrar remolachas orgánicas en el sur. Cerca del cruce de los invisibles, vieron a un grupo de personas reunidas a un lado del camino. Entre ellos, un policía le daba órdenes a su radio transistor. Una media hora después, se cruzaron en la carretera con un bulldozer que iba en dirección contraria.

Unos momentos después, en una estación gasolinera, Míster Wesley y Ninfa comían y hablaban sobre las ventajas del insecticida orgánico, cuando el duenho del local subió el volumen de la televisión y mandó a callar a los tipos de la barra de un manotazo. En la pantalla, una mujer peinadita y agitada hablaba sobre excavaciones en el bosque austral. Atrás de ella, un bulldozer alzaba una vieja carrocería destenhida. Ninfa y el gringo fijaron sus ojos sobre la pantalla, la boca semiabierta en suspenso.

“Al parecer, en este lugar remoto, un grupo de arqueólogos excavadores descubrieron un cementerio clandestino, en el cual estarían enterradas más de 200 personas. Los expertos forenses piensan que los cadáveres no llevan más de 20 anhos aquí enterrados, lo cual hace suponer que se pueda tratar de prisioneros políticos desaparecidos. Entre ellos, también varios camiones fueron quemados con sus duenhos adentro. Observadores internacionales creen que se puede tratar en este caso de los camioneros desaparecidos, que hace varios anhos se negaron a participar en la huelga de apoyo al golpe militar. El comandante en jefe de las fuerzas armadas todavía no se ha pronunciado al respecto. Desde la carretera austral, para Telecanal, Eugenia Durán.”

Cuando Míster Wesley miró a Ninfa, ésta lloraba silenciosamente.

Despertar

“Y si al final logro olvidarte
me encuentro muy vacío”.
G5

(Para vivir inmediatamente no hace más falta que respirar. Comer, tomar, dormir, mear, coger: todas esas cosas aseguran que vivamos a largo plazo. Pero para poder vivir ya, no hace más falta que respirar.)

Amaneció con una sensación de ahogo. Las cortinas retenían apenas la luz transparente que llenaba el patio trasero de color naranja. En la habitación, en cambio, flotaban en círculos amplios partículas de polvo y plumas que todo opacaban. El gran bullicio de la ciudad, que suele ensordecer a los habitantes, la alcanzaba sólo como mugido de alcantarilla lejana. Había dormido con las mandíbulas tensas y los calzones mojados. Èl ya no estaba.

En el barcito las cosas habían parecido sencillas.

- En tu casa hay desayuno, en la mía en cambio agua caliente. Escoge.
- Ya estas pensando en comer y ducharte?
- Sólo siendo práctico.
- Y si escogemos la cama más suave? O la de más aguante?
- Te voy a ser sincero: Es que tengo hambre.

Reír entonces había sido como flotar por unos instantes. La caminata a casa como un trance ritual. Cosas que pasan cuando amena el alcohol, pensaba ella, pesada, lanzada al mundo profano con resaca y sin previo aviso, amanecida en medio del torbellino opaco de polvo y plumas y luz retenida.

La vida había empezado a bullir cuando fijaron la fecha para el encuentro. Tal día, a tal hora, en tal lugar. Fue una semana de felíz expectación. El jefe le gritó, pero no importa: ahora tenía que pensar qué iba a ponerse. El bus la dejó, pero no importa: tiempo para imaginar la suavidad de su mano. Hay que hacer la declaración de impuestos, pero no importa: ¿qué es el dinero cuando la dicha del alma se acerca irremediable?

Ella se estira para comenzar el día. Nota que no tiene ganas. Vuelve la cabeza suavemente hacia el lado frío de la cama con la vaga esperanza de encontrar una nota que la ayude a respirar una semana más.

Pero no hay nada. En la cocina, la nevera está vacía.

Duermen hoy los dioses del olimpo. Otra perspectiva más.

Fuí fabricado en el Japón. Nací de una serie de procesos de disenho, fuí moldeado por máquinas ingeniosas y terminado por hábiles manos trabajadoras. Formo parte de una serie de animalitos plásticos desprovistos de instintos salvajes, de aspecto tierno y felpudo, ojos grandes que lo ven todo a la vez y boquita cerrada y redonda como una nuez. Carezco además de genitales y por lo tanto escapo también a los estigmas de tipo genérico y a los deseos de tipo carnal que suelen atormentar a los demás individuos de mi especie, a los conejitos non-in-vitro.

Pero entre nosotros, los animalitos en serie de fabricación japonesa, existen aún así diferencias que marcan nuestro destino, y el nuestro es un destino más fatal aún que el de los hombres, pues una vez seleccionados para tal o cual utilidad, nos es imposible cambiar el rumbo de nuestra fortuna. Yo, por ejemplo, fuí cosido a una banda elástica para el cabello y por lo tanto disfruto por lo menos del privilegio de mirar por encima de la cabeza de los hombres y tener vista libre al horizonte. Algunos de mis hermanos, en cambio, han tenido mucho menos suerte y han sido colgados de aros metálicos para unir llaves. Eso los condena a llevar una vida de oscuridad y privaciones y hastío en el fondo de carteras y bolsillos de pantalón, siempre magullados por las sierras duras y frías de las llaves que de ellos cuelgan.
Pero los más desafortunados acaban siendo juguetes infantiles. Son pegados a útiles escolares o a diversos accesorios que rara vez son realmente usados para lo que fueron creados, y por lo general terminan apalastados por triciclos, mutilados bajo montanhas de juguetes olvidados o succionados por el remolino persistente del excusado cuando sus duenhos juegan a las vacaciones de verano en el banho.

Yo en cambio tuve suerte. Quizás no sea de porcelana o de felpa, como otros animalitos de mi duenha, pero en cambio soy resistente y reciclable, no me rayo y soy ligero. Además, mi duenha dista de ser una cría descriteriada. Es más bien una senhorita que me cuida y me utiliza para embellecer su cabeza. Desde acá arriba me entero de todo. Y como tengo tendencia a filosofar, me gusta ir encaramado sobre su monho para poder ver las cosas con distancia y entender la intrincada sincronía de la vida y su significado secreto.

Pero es acá cuando comienza el conflicto, de éste, su humilde conejito. Entiendo demasiado de la vida por naturaleza (mi IQ es comparable al de Carlos Marx), pero también porque desde acá arriba las cosas parecen estar claras, se vuelven transparentes las intenciones y, con algo de sensatez, se muestran los hombres de una simpleza conmovedora. Puedo asegurar que entiendo más de la vida de mi duenha que ella misma. No poder interceder en su vida es un tormento para mi genio intelectual, y las ataduras de mi destino ineludible aprietan hoy más que nunca.

Hoy, por ejemplo, salvó a una elefanta de morir partida en dos por las puertas de un elevador aunque nadie, además de su ex-amante cubano, la habría echado de menos. Ahora mi amiga está sentada en su escritorio vacío tragando lágrimas de impotencia, arrepentida de no haberle dado un golpe de gracia con la barra de incendios. Esto no puede quedarse así. Tengo que finalizar con la pasividad a la que estoy atado. Empiezo a morder los hilos que me unen a la banda elástica para de una vez por todas hacer lo que un conejito debe hacer…

El amor a la madre patria

No, no eras hijo mío. No me habías nacido del árbol
intrincado y blanco de las venas, ni de los ríos liliputenses
y rojos que las habitan, ni del tronco pálido y
febril de la médula, ni del polvo color de luna que,
comprimido, duerme en los huesos. Naciste de seres
cuyos rostros y nombres ignoro.  Sin embargo te
anudaba en mis brazos para protegerte de todo ruido,
y mecíate con un compás de péndulo, largo, grave,
solemne…  Rehuía, entonces, tu boca y buscando
tu frente dejaba correr a lo largo de tu cuerpo
abandonado el caudal temblante y profundo de mi vida.

Alfonsina Storni

Estaba sentado a mi lado en la barra y no me atraía ni un poquito. Apoyaba la cara en su mano de unhas carcomidas cuando no sabía qué decir, para fingir que estaba pensando. Hablaba pausadamente para parecer profundo, pero lo único que conseguía era ahondarme cada vez más en el tedio cervecero de la tarde. Me llevó la contra en todas las conversaciones, así sólo para joder y hacerme creer que era librepensante. Con un suspiro de alivio maldisimulado nos despedimos más tarde en la calle, cada uno con una bicicleta ronhosa en mano, prometiéndo citas futuras y otras cosas que no teníamos intención de recordar.

En una ciudad de éstas (tan promiscua) se huelen involuntariamente a los compatriotas a leguas, y aunque nos dan asco, su presencia nos pone en un estado de deseo. Parecido a cuando extranhamos esos jarabes de sabor repugnante que nuestras madres solían darnos sosteniéndo con una mano nuestra cabeza y abriéndonos la boca de un cucharazo, porque era la única hora del día en que recibíamos toda su atención.

En Berlín mi habilidad para detectar compatriotas se agudizó. Y aunque nos angustie el recuerdo del país que nos asfixiaba con sus senhoras mártires y sus senhores autoritarios, sus hippies dementes y sus hombres para siempre ninhos, sus jovencitas mentirosas y sus presidentes malignos, sus calles inundadas de ruidos y pobres, sus nuevos y antiguos ricos hijos de puta, volvemos una y otra vez a sentarnos al lado del compatriota en la barra, a pedir fuego para disimular el deseo de oírlo hablar (con el mismo acento de mi madre) y a preguntar así de paso y con aire de despreocupación woherkommstduichauchmiraquecasualidá! Ya después de algunos anhos, cuando se ha repetido el mismo procedimiento varias veces, se memorizan y monotonizan las conversaciones sobre gastronomía criolla, las familias unidas pero rompepelotas, los alemanes aburridos e ingenuotes, el condenado frío y las oportunidades que pasan desapercibidas en este próspero país. Hasta al mareo se manosean los mismos temas una y otra vez. Y así nos conocimos aquel día en la barra, recitándo el padrenuestro de los sudacas, acusándo a los conocidos en común de ser todos iguales y monotemáticos, que qué feo ser viejo acá, pero que qué buena está la rotegrützemitvanillesoße.

Hubieron luego algunos encuentros furtivos, todos en lugares latinoberlineses, de ésos llenos de hombres seudo-jóvenes alternando discursos marxistas y chistes sexistas, chicas estudiantes de latinoamericanística, antiguaamericanística, filololatinociencia, sudameriteratura, arqueoromanística y toda clase de espanholísticas, probando pasitos volkshochschule y unisport, saludándo a pedrojuanidiego, todo el espacio nebuloso lleno de sonrisas aleteando y ojitos de hambre, manitas agarronas y sudor de ajo. Nos sonreíamos a veces por entre estas multitudes bailonas, pero en el mejor de los casos nos ignorábamos, y si por casualidad nos encontrábamos frente al banho o en el bar, intercambiábamos una que otra frase, de ésas que no quieren decir nada pero ayudan a disimular los bostezos y el desgano de escuchar.

Hasta la noche en que cogimos.

Ese día andaba yo sin un centavo. Me colé por la entrada de la fiesta mientras el moreno de la puerta se distraía con una rubia mucho más alta que él, que hablaba espanhol torciendo la jeta. Adentro, cuando ya empezaba a aburrirme la falta de alcohol, él se sentó a mi lado y me invitó a una cerveza, luego a otra y otra, y yo, sólo de agradecida, bailé con él unas cuántas piezas. Luego pasé a bailar con él sólo de borracha y porque seguía comprando cerveza. Luego porque la estaba pasando bien, y finalmente, cuando nos sentamos en el taxi, no me atreví a darle la dirección de mi casa porque el que pagaba era él. Así terminé en la suya, primero sobre un sofá malremendado tomando whisky, luego sobre él en cuclillas, luego de espaldas en su colchón apolillado y por último de rodillas en la tina. Al otro día salí antes de que él despertara, un poco desanimada por las lagunas que se derramaban en mi cabeza y por las que de cuando en cuando se derramaban inesperadas por la boca hacia el exterior de mi cabeza.

Entre mis piernas sentía la piel separada y en los muslos tenía varios moretones. De vuelta en casa los noté al ducharme y los recuerdos comenzaron a recobrar algo de nitidez. No podía negarlo, la noche con el compatriota me había gustado. Como contestaba a mis cochinadas en espanhol con renovadas fuerzas de cadera, por ejemplo. Nada de gibsmirkleine como me solían cortar la leche los alemanes. Pero a la vez el recuerdo de su carota lánguida asomando por entre sus dedos masticados, largando boludeces sobre la barra, me daba asco. En resúmen, estaba confundida, como suelen decir las mujeres cuando el deseo y la repulsión se unen en una sola consistencia.

Y entonces la confusión tomó posesión de mí en la ducha y se armó la lucha. Saqué como siempre mis armas sofisticadas y radares marca ratio, pero sin la más puta idea de quién era el enemigo. Sólo sabía que el dicho enemigo se escondía en áreas irrecordables y recónditas. Con él se había llevado las palabras, eso era lo peor de todo. No todas, sólo las más importantes, las que servían para decir la verdad. Y como siempre, la guerra dolió y duró más de lo humanamente aguantable. Sólo gracias a los mecanismos de represión entrenados largos anhos en el colegio de monjas espanholas, pero sobre todo gracias a la cerveza que me llevé a la ducha, conseguí una reconciliación temporal.

El tanque de agua caliente ya se había ido por las canherías hace rato, y muerta de frío resolví que me gustaba culiar con el compatriota.
Siempre y cuando estuviese ebria y en una habitación a oscuras.

CON Rumbo al barsucho

He pasado la tarde sonhandote. Levanto los ojos y miro
las paredes que me rodean, como adormilada. ■ Los
fijo en cualquier punto y vuelven a transcurrir las horas
sin que me mueva. ■ Por fuera anda gente, suenan
voces… Pero todo eso me parece distante, apartado de mí,
como si ocurriera fuera del mundo que habito.

Alfonsina Storni

Sin duda alguna estaba yo chula. A pesar de que la falta de descanso y la sobra de alcohol me roían los sesos como un puto gusanito mordiscón. De ésos que acaban con las manzanas y los sesos masticándo desconsideradamente sus pulpas frescas, dejando un caminito de caquitas y rancia oxidación a su paso. Algo ruidoso y gris me aplastaba en mi camino hacia el barsucho de los existencialistas. Supuse que era la ciudad, pero la espalda que cedía cansada bajo el peso barato de mi abrigo de segunda mano, todo esponja y piel sintética, no me dejaron prestarle atención. Puse toda mi concentración en las dos piernas acalambradas que malmaniobraban simultáneamente el arrastre de pies y el vaivén de mi caja toráxica y el esfuerzo punzante del hígado por desintetizar la mezcla de rones y papas fritas de la noche.

Para disimularlo, me comí un Freemint.

La fiesta había sido lo de siempre: la primera hora aburrida, manteniéndome a raya para no embriagarme tan rápido a falta de diversión, fingiéndo ser buena oyente y a la vez largando discursos de tono intelectual izquierdoso aprendidos de memoria en la taz, que, como pude comprobar, le sientan a una gran variedad de temas y conflictos. Luego el primer borracho (¿o había sido yo?) esparció espasmos tiesos por la habitación, con toda la intención de bailar, desordenando las constelaciones de grupitos parlanchines, peleándose con la música que en cambio evocaba un desentendimiento algo triste, como de pecera.

Creo recordar que llegué a casa de madrugada, pero no podría asegurarlo. En mi memoria hay un registro largo de llegadas a casa de cualquier fiesta y ya dejé de distinguir entre un recuerdo reciente y versiones pasadas. Seguramente sucedió lo cotidiano: tomé un taxi, le conversé pelotudeces al conductor iraní que a estas alturas me considera una puta de lo último y subí el treppenhaus cantando algún bolero para – en una súbita comprensión autocompadeciente de mi soledad – bajarme más aún la autoestima.

Pero lo importante es que nada de eso se notaba ahora bajo la capa de make-up. Y sin duda alguna estaba chula. Puedo asegurarlo porque la vanidad me obligaba a echar miraditas mal disimuladas a cualquier ventana o espejo que reflejara mi silueta, sin fijarme en el fondo de edificios pasteles con aires de art nouveau, y las dönerbuden a sus pies burlándose con letreros neón de su pulcritud mediocre. Además, un cuarentón maloliente a sudor de construcción, schultheiss en mano, no pudo contener un comentario impúdico que delata sus fijaciones anales.

Pues sí, había encontrado la perfecta armonía entre un estilo super sexy (el borde de mi escote estaba bordado de perlitas destellosas: la intensión era guiar la mirada de cualquier cosa con alma y testosterona hacia mi pecho (para que no se le pasaran por alto mis tetas, se entiende)) y un aire de despreocupación, como si la sexyness no fuese pretensión y emanara infrenable de mis poros y de entre mis axilas y mis piernas, como si llevara poses imaginarias de culito de pato sobre la punta de la nariz.

Dos turcos espinilludos levantaron la barbilla cuando pasaba y para mis adentros, aunque casi se me sale para mis afueras, sonreí. Sí, estaba rechula, lo decía el hombre de la schultheiss, los turcos pubertosos y hasta las vitrinas. El plan era entrar por la puerta del barsucho de los existencialistas y provocar que él – mi cita dominguera – se sintiera caer de la silla, de que manoteara el aire en busca de una botella a la cual agarrarse lanzando exclamaciones que lo pusieran en ridículo, hasta no sentirse digno de mis encantos, para más tarde, en mi cama o la suya, darle la pasada una a una a mis zonas erógenas y que él de pura gratitud abriera la boca hacia el techo, con los ojos perdidos entre párpado y párpado titilante, con el pecho desinflándose rítmicamente, las manos engarfiadas de éxtasis y el pene estiradísimo apuntándome.

Sí, iba a entrar con las perlitas de mi escote abriéndome paso por entre francófilos de negro y cigarrillos armados, envuelta en un remolino de inteligencia y cadencia, mostrándole mis dientes y enrollándome distraídamente un rizo studio-line en una unha maybelline. Lo iba a hacer pararse de la silla y tartamudear, lo iba a saludar desdenhosa y lo iba a hacer sufrir un rato con un airecillo casi imperceptible de indiferencia, para luego dejarlo ciego con la reflexión de las lámparas en mis ojos. Ése era el plan, y me revolcaba deleitosa en todos los morbosos detalles de mi habilidad seductriz, ajena al latido de la calle y su hálito de cocina china, a las personas apuradas, las aburridas y las preocupadas, el vendedor de dönerkebap afilando el cuchillo, la pareja de estudiantes compartiéndo un plato de patitas de pollo, la senhora obesa y sus tres hijos llorones, la rajita de cielo que se asomaba por entre los techos de los edificios, la nube compacta que la cruzaba con paciencia de anciana, y la caca de paloma que llovía desde los árboles.

Llegué al barsucho. Èl leía el periódico y tomaba Yogi-Tee. Esperé un momento en la entrada esperándo que me viera, pero tuve que echar a andar cuando un grupo de estudiantes me empujó para entrar. Me acerqué lentamente, pero él aún no me veía y llegué a su mesa desapercibida. Alzó la cabeza y asombrado me dijo: “Qué carita! Estuvo buena la fiesta anoche, eh?”

La nueva

Queridos sinrumberos,

ya llevo un tiempo leyendo sus textos, y he decidido publicar algunos de los míos también, junto a los suyos, se entiende.
Creo que no necesito de más presentación: mi nombre es Alfonsina y vivo en Berlín hace mucho.

Contenta de ser una más, y más encima una nueva…
Alfonsina

¿Qué es SINRUMBO?
Este sitio ofrece su espacio a todos aquellos/as que escriben en castellano en Berlín y habitan sobre la rugosa superficie que existe entre esta ciudad, España y América Latina.
Organización de los textos
La columna "Acontecer Cotidiano" es de índole general: Reúne pensamientos e ideas sueltas, experiencias aisladas e instáneas relacionadas al día a día de los diversos autores. En las demás columnas se agrupan relatos ficticios que se articulan en torno a diferentes temáticas propuestas por los autores.
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