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Tiempo al tiempo – Cuatro

Acababas de salir del auto rumbo al consultorio de tu médico. Odiabas el edificio ese. Detestabas llegar ahí y cruzarte con los pacientes que salían. Sufrías buscando estacionamiento.  ¿Qué mierda le costaba recibirte cinco minutos después para evitarte cruzarte con los otros personajes que esquivaban la normalidad refugiados en el confort que les proporcionaba en sus sesiones?

Carlos era un tipo medio difícil de cambiar, nunca lo podías convencer de nada sin machacarle con lo mismo manteniendo una impecable línea de argumentos durante mucho, mucho tiempo. Tocaste el timbre puntualmente y te mandaste por el pasillo casi rezando que la loca de los martes no estuviese. Ella siempre trataba de hablarte. Cuando le comentaste a Carlos tu incomodad con ella y su forma de encararte, él se limitó a reírse con esa risita pequeña e inocente que tenía cuando algo le parecía entre cómico y pícaro. Intuías que él sabía algo y tenía claro que no te iba a decir nada. Él sabía que eras curioso y poco tolerante. Podías prever más risitas pequeñas. Acababas de ver a la loca salir del ascensor y cuando se preparaba a hablarte le ladraste “Estoy apurado y conflictuado, que te vaya bien” para seguir camino al ascensor y obviar lo que te estaba tratando de decir.

No le ibas a comentar nada de eso a Carlos. Él disfrutaba esos momentos. Te parecía casi sádico de su parte. Te preguntaste un vez más qué mierda te hacía volver una y otra vez a verlo a ese barbudo sádico. Sentiste un silencio en tu mente. Octavo piso. Viamonte 1550, 8vo A. El barbudo sádico. Ella. No sabías si la ibas a volver a ver.

* * *

- ¿Cómo andás Gastón? – te preguntó poco después de que te sentaste en ese sillón exótico que parecía permitirle a cualquiera dormirse entre la tela y el mimbre. A cualquiera menos a vos, replicaste a tu vocecita interna.

- Para la mierda, como siempre. ¿Qué va a cambiar entre el martes y el viernes?

Carlos te miró con descontento. No le gustaba cuando otro era cínico, solamente él se podía permitir los cinismos en las sesiones.

- Cinco, Gastón. Sigo llevándote la cuenta. A las diez boludeces que te mandes de ese estilo en una semana, te conseguís otro terapeuta que quiera aguantar que lo agredas. Venías bien el mes pasado. – te largó con tono amenazante de entre esa barba espesa y poco uniforme.

- No seas pizpireta – replicaste casi enojado – si querés hablar conmigo. Entendeme. Si sabés qué me está pasando y no desconocés nada de todas las historias que me generan la agresividad. ¿Si no puedo desahogarme en otro lado, por qué no me puedo desahogar acá? ¿No son para eso las sesiones?

- Bueno, lamento que me prestes tan poca atención. Ya hace varias sesiones que te vengo tratando de explicar que no tenés que guardarte todo hasta que se te hace una bola de mierda adentro que no tenés como sacártela de adentro sin repartir mierda para todos los costados.

Carlos te dejó pensativo. Creías que era la primera vez que lo habías oído decirte eso, sin embargo la inmediata asociación con la imagen de una persona con una carretilla casi rebalzando de mierda y una pala, tirándole a todo ser vivo que le pasase cerca un pedazo de su carga no te era nada nueva. Te reíste. Te reíste con ganas. Cuando terminaste de reírte viste a un Carlos barbudo, sádico y con pocas pulgas un tanto atónito. Lo dejaste callado y sin decir nada. Por primera vez habías dicho algo que lo había dejado con cara de tonto. Pensaste en eso una vez más disfrutando el momento hasta que te diste cuenta que en realidad no le habías dicho nada. Lo que lo dejó mudo fue el sonido de tu risa.

- Me reí también hace unos días.

- ¿Tenés ganas de contarme un poquito? – te contestó casi por reflejo, pero notaste que por primera vez en mucho tiempo de sesiones, ese barbudo boludo estaba realmente interesado y hasta un poco curioso.

- Si dejás de llevarme la cuenta de las boludeces que me mando.

Te pareció inteligente negociarle eso. Lo viste agarrarse la cabeza, tapándose los ojos con un gesto que decía “No, no puede ser, no, no, no…” y eso te hizo reír de nuevo.

- Tenés un mes sin que te lleve la cuenta, pero solamente si te seguís riendo.

Barbudo pelotudo, sádico de mierda, pedazo de infradotado. Todas las puteadas que se te ocurrieron te salieron en ese momento, pero no tuvieron sonido. Disfrutaste pensarlas y no darle el gusto de sermonearte.

- Me parece buen trato – contestaste antes de hundirte un poco más entre la tela y el mimbre para empezar a contarle todo.

* * *

- No va a venir, Celia. No sé ni para qué mierda me arreglo. Otra vez no viene.

- No dijo que no venía ni llamó para avisar – contestó Celia casi apurada por brindar algo de tranquilidad y así evitar una reacción en cadena de tristeza, incertidumbre, dolor, pastillas e impotencia de aquella que taja bien profundo en el alma.

- No tenía que decir nada, se lo vi en los ojos.

Tiempo al tiempo – Tres

- Tengo ganas de tomarme una cerveza – dijo Natalia a la enfermera que le había traído el desayuno mientras se peinaba. Todavía estaba en camisón. Celia se había sentado frente a ella sin soltar palabra. Esperaba que Natalia se tomase sus pastillas antes de proseguir con la charla. Las dos sabían que ese era el mecanismo de los domingos por la mañana.

Natalia siguió peinándose, cepillando su cabello lacio, mirando como de a poco su color había abandonado ese rubio sucio de su juventud para quedar repleto de canas. No le molestaba darse cuenta que el tiempo había pasado.  No le molestaba para nada. En realidad, eso le resultaba un alivio. No era fácil vivir con la carga que ella tenía. No sabía cuánto tiempo más iba a poder llevar la situación.

- Sus pastillas, señora – dijo Celia, con un tono casi demandante.

- Me parece que no hace falta que me trates como a una retrasada mental, Celia – contestó Natalia. El tono irónico era el de siempre, pero aquella mujer gorda, de cachetes redondos y marcados con un poco de maquillaje no parecía inmutarse. Los cabellos casi quemados para deshacer los negros rulos con la plancha, cortados de manera poco pareja le hacían gracia y terminaban de dar un toque especial a aquella figura de botero. Natalia pensó que era posiblemente la persona con más paciencia en el mundo. Había llegado a casa de sus padres cuando ella era apenas una nena, la había cuidado cuando sus padres se ausentaban, los había cuidado a ellos en su vejez y ahora la cuidaba a ella. Era de confianza, pensó, hasta que Celia interrumpió la desconexión entre el mundo externo y su cráneo.

- Y si no toma ahora las pastillas, voy a creer que usted me toma a mí por retrasada mental.

Esas palabras hubiesen sonado brutas, bestiales, casi faltas de piedad alguna en boca de otro, pensó Natalia. No podía hacerla sentirse mal a Celia. Se tomó las pastillas de un trago con su vaso de agua, tal como Celia lo había preparado. La vieja era un amor, la quería realmente. Gastón le había dicho al sacarla de la clínica que había encontrado a la persona perfecta para acompañarla. Eso había sido hacía casi un año. No se habían visto más de tres años, desde el funeral de su madre. Gastón. Siguió peinándose y revisó la hora en el reloj de pared. Tenía que vestirse. Gastón.

- Me tomaría una cerveza – soltó Natalia casi riéndose. Casi. No se había reído hacía mucho tiempo. No quería pensar cuándo había sido la última vez. Era más fácil no pensar.

Tiempo al tiempo – Dos

Te acomodaste en tu abrigo, tratando de mejorar un poco el nudo de la corbata. Pensaste que era ridículo que a esta altura siguieses disfrazándote para parecer meramente amoldado a los códigos de ese inhóspito lugar en que vivías. Te reíste hacia tus adentros, quienes te observaban cruzar Moreno acercándote a donde pasaste esos años de la adolescencia que tanto te marcaron, solo notaron una pequeña sonrisa. Hoy no ibas a pasar por los claustros, no ibas a seguir esa rutina que tenías desde que te diste cuenta que se te acababa el secundario. “Deje de ser tan trágico, dentro de unos años no va a querer volver acá ni se va a acordar cómo se llamaban la mitad de sus compañeros” te había dicho el único profesor con el que pudiste hablar de lo que te pasaba por la cabeza en esa época.

El estruendo de la explosión con que los alumnos que egresaban daban comienzo a la vuelta olímpica te llegó dándote la sensación de liberación exactamente como lo sentiste hace casi treinta años. Tenías ganas de correr por los claustros, ser parte del festejo, ver a los chicos de primer año correr sin entender qué sucede mientras trataban de evitar salir llenos de pintura y esa mezcla insoportable de engrudo con huevos podridos que aparentemente podían matar del olor incluso a los animales disecados del laboratorio de zoología. Extrañabas todo eso. Estabas triste y a la vez contento. No podías olvidarte de todo lo que te pasó en tu vuelta olímpica. No podías olvidarte de lo que estaba pasando mientras los pibes daban su vuelta olímpica.

Los otros profesores ya habían llegado a su refugio, cerca de la puerta de entrada, la cual se mantenía bloqueada por algunas decenas de adolescentes con las caras pintadas y las remeras empapadas que cantaban. Las canciones eran diferentes a las tuyas, pero igual tenían ese componente en común que te produjo una amplia sonrisa y por primera vez en mucho tiempo te reíste y otros pudieron oír tu risa. Dos alumnos se quedaron duros al verte ahí, fuera del área protegida en la que no se atrevían a dejar marca de su rebeldía. Tu risa. Hubieras jurado que se les congeló la sangre por un breve momento.

Estela Aragona, la jefa del departamento de química estaba casi espantada de ver que habías dejado el abrigo y el portafolios en tu asiento dentro de la sala de profesores y tras aflojar el nudo de la corbata, te desprendiste de la misma sacándola aún sin deshacer el nudo pasando la cabeza a través del lazo. Depositaste el trozo de seda sin preocuparte demasiado encima de tus cosas y atravesaste el umbral que te separaba de los intocables para pasearte por los claustros. Seguiste caminando. Un alumno te empapó inintencionalmente y te miró con un poco de miedo, hasta que te oyó reír. Un poco desorientado te devolvió una sonrisa y siguió persiguiendo los alumnos de segundo año que sabían que tenían pocas posibilidades de escapar del agua y la pintura.

Una lágrima te recorrió la mejilla izquierda y no era por las bombas con gas de pimienta que habían mejorado el efecto amedrentador de la vuelta olímpica merced a su disponibilidad a través de e-bay. Te faltaba. Ella no estaba ahí y no sabías si la ibas a volver a ver.

Tiempo al tiempo – Uno

Te despediste sin tomarte el tiempo de pensar demasiado. No sabías si la ibas a volver a ver, pero no podías ponerte a pensar demasiado. Ya sabías como habías terminado la última vez que le dijiste que no sabías si se iban a volver a ver. Qué era lo que te destrozaba así, te decías sabiendo que la respuesta la tenías hace tiempo. Te alejaste mirando tus zapatos.

El sobre con su nombre se había sumergido en lo más profundo del bolsillo, casi tan arrugado como si fuese una servilleta de papel entre tus dedos. No podías mostrarle nada, no ahora. No iba a haber posiblemente otra oportunidad, pero te faltaba algo. Respiraste lentamente, juntando todos los estímulos de tu pequeño micro-cosmos interno para neutralizar lo que te pasaba por los ojos.

Sacaste la mano del bolsillo, pero el sobre quedó protegido por el lienzo lleno de nerviosismo. Casi temblando, la mano se dirigió al bolsillo interno de tu abrigo, emitiendo con un cigarrillo un poco doblado. Los fósforos no fallaron y el olor que te había acompañado tantos años llevo el impulso desde cerca de tus coanas al cerebro, desencadenando una leve miosis típica de todo fumador que sabía que estaba a punto de encender su cigarrilo. Si bien eso mismo se repetía demasiadas veces al día, no pensabas en dejar el hábito.

Ella tosió, casi por reflejo. Ella sí había dejado de fumar. Le había costado, pero no había dudado ni un momento. Solo le bastó una noticia de su médico para tomar una decisión que no se volvió a cuestionar. Poco tiempo después el olor le desagradaba, pero te toleraba que fumases cuando estabas con ella. Un rictus parecido a una sonrisa efímera se marcó en tu rostro mientras aspirabas el sólido humo que llenaba tu cuerpo de a poco.

- Pará, hoy no me siento bien, mejor nos sentamos afuera – te dijo, levantándose con su tasa de café entre sus manos. La copiaste, pero sabías que tenías que tener más cuidado para que no se te volcase codo sobre tu platito o peor aún, sobre el piso. Tus manos estaban cubiertas de una finísima y casi imperceptible lámina de sudor nervioso.

- Perdoná, creí que estabas acostumbrada – dijiste, para sacudir segundos después la cabeza mientras te sentabas y completabas – pero no importa, no te voy a joder con mis problemas.

Le habías mentido. Viniste exactamente con la intensión de hablarle de tus temas. Levantaste la mirada para encontrarte con sus ojos brillantes y tristes que habían detectado la mentira en tu voz, en el modo en que respirabas, en todo.

Todo es un juego – cinco


- Me parece que voy a vomitar – soltó Gastón aferrándose por un momento a la baranda de la escalera que los conducía a la enfermería. Debían bajar hasta el subsuelo. Ahí, junto a la pileta climatizada donde siempre el olor a cloro espantaba a quienes no se viesen obligados a ir a las clases de natación, se hallaba una enfermería cuyas paredes estaban revestidas por interminables azulejos de un blanco poco inspirado. Se suponía que debían dar la sensación de asepsia, opinaba el padre Manuel, quien se hacía cargo de los servicios médicos de aquel colegio elitista. Él era el único criollo que enseñaba en ese rejunte de anglosajones retrógrados. La verdad era que ese rincón en el olvido del director contaba con la gracia de que el cloro de la piscina no le permitía al director permanecer largo tiempo allí sin que los ojos le comenzasen a lagrimear, lo que lo transformaba en perfecto refugio de quienes tolerasen los nefastos vahos un poco más.
- Aguantá hasta que lleguemos a lo de Manuel. Ahí podés vomitar todo lo que quieras. Tomá otro caramelo de menta que te va a hacer bien – dijo Toni estirando el brazo con el paquete en mano, casi refregándomelo en la geta que había tornado a un color cuya mezcla de violeta y verde podría haber hecho reír incluso al director.
- Mejor traelo a Manuel hasta acá y yo me quedo agarrado de la baranda. El mareo me está matando y las náuseas ni te cuento.

Toni no lo pensó dos veces y bajó las escaleras corriendo de tres en tres escalones entre zancada y zancada. En realidad, tener un alboroto en un lugar que retuviese al director un poco más que los cortos minutos que le tomase verificar que el alumno estuviese fuera de peligro. La enfermería no lo retendría, de eso estaba seguro. ¿Cómo no lo había pensado antes? Era imprescindible que dominase la casi inevitable sonrisa que le traía ver cómo todos sus planes habían sido superados largamente por la realidad. Ya podía paladear la victoria con aroma a tabaco de la mejor calidad que se conseguía en Córdoba.
“Respirá, habla claro, que te entienda” se había dicho a sí mismo Toni antes de cruzar la puerta de la enfermería como un torbellino. El padre Manuel no comprendía qué hacía ese adolescente que no lograba articular dos palabras seguidas sin ahogarse por la carrera que lo había traído hasta allí.

- Manuel, rápido – decía Toni que se había puesto todo rojo, como si a esa edad fuese normal fatigarse por correr un poco – Gastón no respira. ¡Vení, movete! ¡Rápido!
- ¿Dónde? ¿Qué pasó? – trató de indagar Manuel en vano. Mientras trataba de llevar consigo el botiquín de primeros auxilios vio a Toni salir corriendo en dirección a las escaleras. Trató de seguirlo, pero ese chico corría demasiado rápido, incluso para él.
Manuel estaba seguro que el Señor no había planeado que él dejase su práctica de la medicina en aquel hospital rural para venir a ocuparse de unos cuantos adolescentes malcriados que habían nacido con todo a disposición. ¿Cómo había llegado allí sin protestar? Palpó el crucifijo que se agitaba entre sus ropas mientras corría con su maletín en mano. Estaba tratando de imaginarse qué demonios le había pasado a ese chico que nunca acudía a recibir ningún tratamiento salvo tras algún accidente en el partido de fútbol, pero en general se trataba solamente de algunos magullones o una esguince.

Dándose cuenta de que no tenía la menor idea de cómo había llegado Gastón a estar realmente en peligro de vida según había dicho a gritos Toni, llegó el padre Manuel a la base de la escalera para encontrarse con Gastón abrazado al barandal de granito y loza de la escalera. Trató de subir los peldaños de dos en dos para llegar más rápido a revisarlo, no podía hacerlo al ritmo que Toni los había subido. Esa escalera era demasiado larga para su gusto. Cuando terminaba de maldecir dentro de su cabeza la arquitectura monumentalista que tanto les agradaba a esos ingleses se encontró con Gastón retorcido que con un brazo aún trababa de mantener el equilibrio haciendo uso de la baranda mientras con el otro se tomaba el estómago. Un vómito con un olor más bien agrio a bilis surgió del joven que tras ello parecía respirar un poco agitado, pero ciertamente mejor que antes. Mientras el padre Manuel se disponía a tratar a su paciente, Toni ya se había disparado en dirección a la parroquia donde todos estarían ya en el siguiente rezo, como de costumbre, tras haber chequeado la presencia de todos y anotado quién se había ausentado sin excusarse previamente. Esas eran cosas que no se le escapaban al director. “Yo le aviso al director” había gritado desde lo más alto de la escalera antes de desaparecer del campo visual de Manuel.

* * *

- Dejame ver qué te pasa – dijo el padre Manuel tratando de obtener con la mirada la mayor cantidad de información posible que develase qué había sucedido.

Otro vómito más y luego una respiración superficial que lo preocupó al adulto, en tanto que el joven comenzaba a sentir que la cabeza le daba vueltas y el mareo se apoderaba de todo. Omitió cualquier intento de explicar qué le pasaba. Estaba hiperventilando. Estaba comenzando a ponerse nervioso. Gastón intentó sentarse lentamente. El padre Manuel lo ayudó suavemente, intentando calmarlo. Lo peor ya había pasado, pensaba Manuel. Lo más importante era evitar que el joven sufriese de un ataque de pánico, a lo que agregó en esa nota mental que probablemente era un poco tarde para ello. De todos modos debía calmarlo. Siguió tratando de hablar con él, diciéndole que ya había pasado todo y que se calmase. “No pasa nada, ya pasó. Tratá de respirar despacio” le decía con una voz suave que no develaba ni un poco la inquietud que tenía el padre por saber qué había originado ese cuadro. Al menos no había necesidad de llevarlo al hospital, pensaba Manuel aliviado hasta que no pudo oír más sus pensamientos que fueron tapados por el atronador zumbido del tumulto que se acercaba. Era peor que un enjambre y ya estaba casi ahí.

- Vení, Gastón – le dijo el padre Manuel alzándolo casi en un instante – te llevo a la enfermería, ahí vas a estar mejor.

* * *

Toni había entrado en la parroquia justo cuando habían terminado de chequear la presencia de quienes no querían tener problemas en ese antro pleno de exigencias, los nombres de aquellos que generalmente ocasionaban problemas y nada más que problemas habían sido minuciosamente anotados para sumarlos a su prontuario.

Con su ingreso turbulento, todas las miradas se elevaron en su dirección. Una en especial se deleitaba. El director no pudo evitar sonreír por un momento efímero que sintió de victoria al darse cuenta que el tutelado dilecto del padre Williams era falible. Su insipiente sonrisa se tornó en una mueca insostenible y completamente incomprensible cuando oyó lo que Toni tenía que decir en medio de ese torbellino que ya había comenzado. “Gastón se está muriendo”, soltó sin pensar realmente lo que estaba diciendo ni como podía ser interpretado por oídos menos acostumbrados a la jerga juvenil. Casi inmediatamente después al ver que los ojos de los demás pedían más información, agregó “lo dejé con el padre Manuel”. No había terminado de pronunciar el nombre del único cura del lugar que había terminado la carrera de medicina cunado el tumulto de alumnos y curas corría por el mismo camino que lo había llevado a él hasta ellos, solo en sentido inverso.

El sol había entrado por uno de los vitrales de la parroquia y entibiaba el rostro lleno de sudor de Toni. El brillo en su rostro casi pálido le había dado un aire angelical por un instante. Toni no podía ver nada, estaba completamente encandilado, pero no se movió por un breve instante. No sabría decir si fue un segundo, un minuto o una corta eternidad. Dando un paso hacia atrás, en dirección a las puertas de la parroquia sin darse vuelta. Su cara dirigida al padre Callaghan que hasta ese momento había comenzado a esbozar una mueca de alegría pidió permiso en silencio para ir con los demás compañeros. Un gesto del clérigo fue lo que bastó para que saliese disparado en dirección a aquellas escaleras faltas de misericordia alguna para quien oliese el vómito de Gastón. Primero debía hacer una corta parada. Después todo era mucho más sencillo, solo debía sumarse al tumulto. La victoria estaba casi asegurada.

Todo es un juego – cuatro


- Si, seguro. Le voy a comentar el tema para ingresarlo a la agenda – dijo una rubia espléndida a la que no se le notaba que había llegado a la mitad de sus treinta. No había logrado terminar su anterior conversación cuando sonó una vez más su celular. Miró el visor titilante y decidió no contestar. Tras tres largos reclamos del pequeño aparato que controlaba gran parte de su vida diaria, el silencio retornó a la oficina. Silvia estaba agotada y no había pasado aún ni media mañana.
La agenda reposaba junto al ordenador portátil, la hoja del día de hoy aparecía garabateada de punta a punta. La letra deformada por los largos años en la universidad era poco legible para quien no tuviese la costumbre de descifrar jeroglíficos. El sol se asomaba entre las persianas americanas de ese piso 30 ubicado en pleno micro-centro de Buenos Aires. Reajustando su traje se aproximó al ventanal espejado que la separaba del ruido. Pulsó el control remoto que comandaba las persianas para dejar entrar el sol. La sudestada había cesado. Por fin entraba un poco de sol, después de casi una semana de esa lluvia desalentadora que solamente le gustaba a su esposo. “Su ex-esposo”, se corrigió casi en voz alta. Los papeles del divorcio no estaban terminados, pero hacía largo tiempo que ella no lo consideraba más una persona cercana a su corazón. El café humeaba en su taza. Eso era lo único que le quedaba de casi diez años de matrimonio. El resto prefería olvidarlo. Eso y algo más que por el momento le producía excitación y problemas al mismo tiempo. Prefirió no pensar y tomar otro trago de su café.

Poco tardó hasta que el intercomunicador interrumpió los pensamientos de la ex-esposa del senador Aguirre. “Silvia, tenés alguien de parte de tu ex-esposo con una carta documento. ¿La recibo?” – preguntó su asistente con poca gana de oír el desagradable tono que tenía ella cada vez que los abogados de su antiguo compañero de vida trataban de complicarle la vida un poco más. “Que pase”, dijo ella pulsando el botón colorado de ese aparato que la comunicaba con el resto de sus empleados sin tener que cruzar las puertas de vidrio esmerilado que limitaban su despacho.
El timbre que habilitaba la apertura de su puerta sonó brevemente e inmediatamente tras ello se oyó el clic que indicaba que el cerrojo iba a ceder a quien intentase abrir la puerta. Silvia se apartó del ventanal, tomó aire y se decidió a no amargarse por lo que le esperaba. Estaba dispuesta a lo que viniese. Ya se había acostumbrado a lidiar con mares de abogados. La oficina estaba impecable, su traje también, el teléfono celular había sido desconectado como medida de precaución. Ella sabía que a veces el propio celular podría servir de transmisor si alguien con suficiente ayuda logística y tecnológica lo deseaba. Ignacio tenía su gente, no le faltaban recursos humanos, tecnológicos o monetarios para hacer lo que quisiese. Ella ya se había resignado a que probablemente todo lo que ella dijese en cualquier sitio podría ser escuchado o retransmitido a sus oídos. De todas maneras, trataba de no darle ese gusto en ciertas ocasiones. Prefería pensar que su desconfianza de todo el mundo podría jugar un rol importante en el pleito. Simplemente le agradaba pensar que él tuviese que fiarse de lo que sus mensajeros e informantes le dijesen y la incertidumbre lo carcomiese un poco. Por eso había tomado como medida la prohibición del ingreso de cualquier elemento ajeno a lo imprescindible para sus visitantes. Junto al cuarto de espera había hecho instalar un locker donde los visitantes debían guardar sus pertenencias. A todo esto se sumaba el detector de metales que había sido recomendado por uno de sus expertos de seguridad. El guardia de seguridad no podía creer que tuviese que chequear a cada huésped con semejante aparato. Ni siquiera los aeropuertos habían implementado semejante tecnología. La cantidad de personas que llegaban a su despacho no justificaban semejante inversión, pero en la medida de que el dinero no fuese un factor limitante, todo era posible.
Al moverse la puerta, sus ojos detectaron primero los lustrosos zapatos que cruzaban el umbral. Esos no eran zapatos que podían pertenecer a uno de los abogados del senador. El traje tampoco. Demasiada clase, demasiado estilo. Más lujo de lo común. La mirada persiguió el cuerpo esbelto del hombre que había ingresado a su fortaleza. El rostro le era conocido e inesperado. No se trataba de un mensajero, ni de alguien que pudiese estar al servicio de don Aguirre. Ella sonrió brevemente, la mímica del visitante respondió la sonrisa. Ella pulsó el botón del intercomunicador una vez más para comunicarle a su asistente que debía cancelar todas sus citas hasta mañana.
- Los del diario no van a ponerse demasiado contentos, Silvia – respondió la voz de la única persona que la llamaba ahí por su nombre propio y que la conocía un poco más que cualquiera de los otros habitantes de ese piso enorme con vista al río.
- Ya esperaron más de un mes. Que sigan esperando. Igual van a cotizar bien su entrevista. El resto de las citas son de menor importancia, ¿no? – replicó Silvia, sin dejar lugar a dudas o respuesta alguna que no fuese la obviamente esperada.
- Listo, en cinco minutos está todo arreglado – contestó Matías demostrando eficiencia en su voz llena de firmeza que develaba una especial adicción a la adrenalina.
- Buenísimo, gracias.
Silvia había agradecido siempre a sus empleados por cosas menores. Era parte de su manera de hacerlos trabajar un poco más motivados. Eso creía ella. No tardó ni dos segundos en volver a pulsar el fatigado botón para pedir dos cortados y unos bocadillos para no recibir respuesta. Matías ya estaba cruzando la puerta con la bandeja con todo preparado como él sabía prever. Conocía los hábitos de Silvia mejor que nadie. Depositó el pedido que nunca había sido recibido en la mesita ratona junto a los sofás de la logia en que su empleadora y su huésped ya se acomodaban con mucha menos tensión de lo que él hubiese imaginado. Ambos habían comenzado a fumar como si de ello dependiese su vida. Matías no pudo evitar notar el detalle de la marquilla que este personaje que no había visto nunca antes había depositado junto a su cenicero. “Fiesta”, dijo para sus adentros. Uruguayo. La curiosidad lo agobiaba. Iba a tener que esperar. Salió por la puerta y dejó a la anfitriona en paz con ese hombre de enormes ojos azules.

Todo es un juego – tres


- Toni, esperá. Repasemos el plan una vez más. No quiero olvidarme de nada
- No rompas las pelotas. Ya te expliqué todo y es más fácil que ganarle al fútbol a los boludos de San Ignacio. ¿Tenés miedo?
Toni sabía como hacerme picar la carnada. Ni siquiera mi hermano sabía tan bien en qué consistía para mí la aventura de hacer alguna travesura. Por lo visto, Toni tenía más experiencia que mi hermano. Manuel era un tipo serio, estudiaba abogacía en Buenos Aires, a pesar de que papá hubiese preferido que estudiase en Córdoba como él.
- ¡La concha de tu hermana! ¿De qué miedo me estás hablando? No seas idiota.
- Volvé a referirte a mi hermana así y te juro que vas a tener que buscar los dientes en el inodoro después de cagar.
La amenaza surtió efecto. Me callé. Estaba a punto de disculparme. Me había puesto todo rojo. Era la primera vez que alguien me había hecho sonrojar después de largar una puteada, cuando su carcajada interrumpió la disculpa que trataba de balbucear sin mucho éxito.
- No tengo hermana, tarado. Soy hijo único. La piba que viene a visitarme de vez en cuando es mi hermanastra, la hija de la nueva esposa de mi viejo. Es la única que me da bola. El resto hace todo lo posible por ignorarme. Prefieren no meterse conmigo.
- Sos una mierda – me reí. Esa risa fue realmente un alivio. A partir de ese momento se había aliviado la tensión. Me rasqué la cabeza como tratando de pensar. Mi mamá me había dicho mil veces que no me favorecía en nada ese movimiento. “Parecés un chimpancé tratando de resolver un test de coeficiente intelectual cuando te rascás la cabeza así.”
- Bueno, algo tenemos en común, ¿no?
Toni se rió. Nunca se había reído. Nunca donde alguien lo pudiese ver. Estirándose para alcanzar el blazer que colgaba de una rama adjunta a la que utilizaba de respaldo introdujo la mano en el bolsillo interior del mismo y haciendo mueca de esfuerzo produjo ante mis ojos un paquete de cigarrillos un poco aplastado.
- ¿Fumás? – me preguntó tendiendo el paquete frente a mí. Los Lucky Strike olían peor que todos los otros cigarrillos que desfilaban por el living de mi casa, cuando papá tenía invitados. Los odiaba, pero no quería parecer un boludo. “Seguro”, contesté sin demostrar mis dudas. Por lo menos eso es lo que creía.
Cuando uno es joven hace idioteces con cierta alegría. La alegría consiste en sí en que uno se permite hacer las idioteces que de adulto uno se reprime. Cuando mis dedos envolvían por primera vez en mi vida el filtro de un cigarrillo, Toni se quedó callado, pero había algo en sus ojos que delataban que mi secreto no estaba a salvo. Ese fulgor con un toque de inocencia denotaban la impaciencia que tenía por verme fumar. ¿Será que uno es tan conciente de que hay cosas que son invisibles solamente a nuestros propios ojos pero para los demás son un cartel luminoso lo que nos lleva a comportarnos de manera tan tediosa cuando nos volvemos adultos? La idea no me vino sino varios años después, cuando trataba de mantener cara de alegre durante una reunión con gente insufrible que se decían mis amigos simplemente por cuestión de prestigio.
- Dame fuego, boludo. No tengo super-poderes – me quejé tratando de ocultar mi desagrado por el aroma de su cigarrillo que ya estaba encendido y echando humo con ese olor que para mí significaba solamente gente estirada que hablaba de cosas incomprensibles o superficiales mientras alardeaban lo que la servidumbre arrojaba en sus copas cuando mi viejo se los indicaba con un gesto que él consideraba muy elegante.
- Tomá – me dijo con un tono seco. Toni hubiese sido el mejor jugador de poker de la historia. Toni hubiese sido lo que hubiese querido ser si su padre le hubiese dejado elegir.
El encendedor produjo una llama corta al primer intento. Arrimé el encendedor al cigarrillo que aún estaba entre mis dedos y no había llegado a mi boca. Tratando de imitar los gestos que había aprendido de los incontables fumadores que pasaban por el estudio de mi viejo en casa, encendí el cigarrillo y traté de contener la primera bocanada de humo sin toser. Obviamente, no lo había logrado. La tos irrumpió el silencio y por unos segundos fue todo lo que se oyó en aquel patio frente a la ventana del director. Luego vino la risotada que al día de hoy reverbera en mi memoria, aquella risa tan genuina que lo distinguía a mi nuevo amigo. Ese sonido me acompañaría durante el resto de mis años en el internado. Traté de explicar que no estaba acostumbrado a los cigarrillos sin filtro, pero mis ojos que lagrimeaban por la tos y el humo y aparentemente estaban a punto de salirse de sus órbitas y abandonar mi cuerpo al igual que mis pulmones que ya dolían de tanto toser, encontraron un pañuelo blanco balanceándose frente a los mismos. Toni me ofrecía ese prolijo trozo de tela, bien doblado para que me secara las lágrimas.
- Te fue mejor de lo que me esperaba con tu primer cigarrillo, Gastón. Yo me desmayé – dijo con una sonrisa que parecía contener mil dientes.
- ¿Cómo sabías que no había fumado antes? – pregunté casi avergonzado.
Toni se tomó su tiempo, disfrutó su pequeña victoria y volvió a poner la cara seria que había tenido durante el primer año en que lo conocí. Entonces respondió de manera casi cortante “No sabés agarrar el cigarrillo ni encenderlo como alguien que ya fumó. Yo te voy a enseñar cuando dejes de toser”. Me dio un caramelo de menta para que disimulase el olor antes de llevarme a la enfermería. Eso era un castigo detrás de otro castigo. Si había algo que odiase más que el olor de los cigarrillos era el sabor de la menta.
Toni bajó de su rama en dos saltos y miró hacia arriba. Yo ya había abandonado la mueca del cigarrillo para poner más cara de asco por el caramelo de menta, para oír una última risotada antes de ir a la enfermería. Me estaba bamboleando del mareo al tratar de bajar del árbol. Si no me partía la cabeza contra el piso era pura suerte.

Todo es un juego – dos


La parroquia olía a una mezcla intolerable de incienso y pecados desgastados. Las baldosas habían perdido su color original, el blanco estaba amarillento y el negro había perdido ese brillo lustroso con el que las recordaba. Veinticinco años atrás parecía todo mucho más grande. Los santos habían perdido su esplendor, la virgen que había oído mis secretos estaba descolorida y una grieta incipiente amenazaba con dejarla manca. En el velo de la oscuridad que los pobres vitrales proporcionaban, las sombras cobraban vida. Los ecos de mi infancia aullaban con cada rechinar de la puerta del confesionario, la cual oscilaba según le placiese a las ráfagas de viento que entraban por el arco que comunicaba con el patio interior. Avancé lentamente, pero aún de memoria a mi lugar. Desde allí había planeado el resto de las actividades del día. El rezo de madrugada nunca había sido uno de mis fuertes. Supongo que San Andrés no había sido un lugar en el que pudiese vincularme demasiado a mi fe. De todos modos, nadie podía enterarse de ello entonces y menos aún ahora. El asiento de Nicolás, el uruguayo que tanta gracia nos hacía con su frescura y su forma extraña de referirse a ciertas cosas, fue llenado por el voluminoso cuerpo de un párroco que tenía un aire conocido.
- El tiempo es eterno en la memoria – dijo con un tono paternal, Mientras intentaba acomodar su inmenso trasero en el poco espacio que esa vieja madera de roble brindaba.
Repasé con los dedos las letras de una inscripción que había perdurado un poco más que mis recuerdos. Había pasado mucho tiempo desde que mi navaja había forzado las letras en la lustrosa superficie. “No para todos, lamentablemente el tiempo puede ser efímero para algunos”.
El párroco levantó la mirada, dirigiéndola hacia el altar, que estaba mejor iluminado que el resto de la parroquia. Las pocas velas que habían ardido desde poco antes del crepúsculo echaban un humo insípido y una luz helada. Masticando con un ruido más bien molesto su dentadura, reacomodó sus mandíbulas, casi como queriendo omitir un sonido imperceptible. Su inmensa papada vibró lentamente hasta que su peluda mano frotó la garganta. Las palabras que siguieron fueron acompañadas por la fragancia del whiskey que acompañaba recuerdos reprimidos en mi memoria.
- ¿Qué te trae por acá, Gastón? Pasaron muchos años.
El tono seguía siendo paternal. El padre Williams no lograba ocultar su viejo acento irlandés. Había llegado de un pueblo en las afueras de Dublín tras una larga estadía en Milano y el Vaticano, donde había estudiado teología y había tenido el honor de trabajar de bibliotecario de Su Santidad. Su acento irlandés había sido motivo de risas y sonrisas al principio, pero luego su manera afable lo hacía pasar por desapercibido.
- Ya nadie me llama Gastón. La gente cambia, la gente se olvida incluso del nombre de pila de las personas con las que trató durante años sin utilizar el nombre completo. Solo algún diario local, intentando relatar los pasos de algunos personajes públicos deja pasar alguna referencia al nombre de pila de los mismos.
Una pequeña risa surgió de lo más profundo de los pulmones del párroco. Nadie reía a mi alrededor. No podía decir si era por costumbre, por protocolo o porque simplemente temían que su comportamiento no fuese aceptable.
- Yo te conocí como Gastón. No me importa cuál sea tu título hoy en día ni cuántas personas tiemblen a tu alrededor – dijo con su mismo tono paternal, sin dejar de sonreír mientras hablaba -, para mí vas a seguir siendo Gastón incluso si te santifican.
- A veces sueño con volver a ser chico. La vida era más sencilla. Uno podía hacer más para ayudar a quienes lo necesitaban. Todo era más fácil.
Mi derrotismo brotaba a borbotones. El párroco respiro hondo y largó un suspiro que a mí me pareció más bien un rebuzno. Mi mirada no se había apartado casi de la inscripción que llevaba tanta historia consigo. El trance se había roto con la aparición del Padre Williams, pero todo había retornado a su estado inicial. El veterano irlandés propulsó lentamente su cuerpo hacia delante, tratando de levantarse torpemente. La vejez acompañada por la artritis y sus ciento veinte kilos podían permitir solamente un movimiento tortuoso.
- Los jóvenes están por llegar. Es hora de su rezo matutino. El joven que se sienta en este lugar no sabrá qué hacer si encuentra una figura tan prominente aquí.
- Ya me iba. No tengo demasiado tiempo – contesté mientras me reincorporaba.
Revisé mi atuendo, estreché la mano del párroco que la había tendido tras terminar de despedirme sin permitirse echarme y salí por el patio trasero en dirección al estacionamiento. Sabía que iba a volver. El tiempo no para, me dije, pero hay cosas que no cambian.

Todo es un juego


Desde que uno está en pañales uno juega. Los bebés juegan a morder a la madre cuando los amamanta para años después morder a la mujer que lo acompaña sea por una vida o por una noche. De niño, creo que todo se encara como un juego: el colegio es una aventura eterna, en la que uno procura evadir las obligaciones de la manera más audaz hasta llegar al recreo para jugar a la pelota o a las figuritas, formar un álbum interesante, incrementar las incontables colecciones de cosas sin sentido, inventar un chiste o alguna picardía. En esas indescriptibles circunstancias conocí a Toni, quien pasó a ser uno de mis mejores amigos de la infancia.

Toni estaba todos los días impecable en el colegio, un uniforme que parecía recién salido del negocio en que fue comprado, una corbata bien anudada, el pelo de un color rubio sucio prolijamente arreglado con raya al costado. Yo me contentaba con no llevar demasiados remiendos en el mío, ya que mis padres habían decidido que no valía la pena gastar el dineral que era necesario para que ese pedazo de tela se viese bien teniendo en cuenta que entre el fútbol y mis demás actividades, que obviamente lindaban con lo barbárico, era prácticamente imposible hacerme parecer una persona decente. Los árboles me veían más de cerca que los maestros, la pelota de fútbol de turno recibía más atención que cualquier otra cosa. Toni llegó un martes por primera vez al colegio, pocas semanas después del comienzo oficial de las clases. Nadie sabía demasiado y no parecía que él fuese a contar mucho. Se notaba a la legua que era diferente. El no jugaba a ser salvaje, simplemente lo era, pero en silencio, hacia adentro.

Para mí pasaban los recreos, más figuritas iban y venían, más goles de los que se iba a hablar durante varios días, más peleas y más padres enojados después de recibir una citación para hablar con el director, mientras tanto Toni seguía sentado en los ratos libres leyendo un libro que no se lo prestaba a nadie, ni para ver de que trataba.
A mí me daba curiosidad. El forro prolijamente cuidado escondía el título. Toni no hablaba con nadie. De vez en cuando en las clases de gimnasia se notaba algún moretón nuevo en uno de sus brazos, a veces en la cara, a veces un labio aparecía hinchado, pero Toni seguía inmutado.

Fue un jueves del peor invierno, casi un año después de que Toni llegó al colegio que decidió hablar con alguien por primera vez. Me llamó con un chiflido desde el ombú en el que estaba trepado. Yo estaba a dos árboles de distancia. El jacarandá viejo en el que prefería yo pasar los ratos de ocio después del partido de fútbol del mediodía. Salté de rama en rama, tratando de llegar hasta la copa del ombú que le servía de refugio perder el equilibrio cuando estaba a dos pasos de él y quedar colgado de milagro de un pie que se atoró con una horquilla formada la última vez que podaron el arbusto para que no molestase al director. Ahí estaba yo, sin entender cómo me había salvado de uno de los peores golpes de mi vida cuando me dijo “no sos más boludo porque no tenés tiempo. Callate o vas a llamar la atención y nos vamos a meter en problemas.”

Parecía un adulto como hablaba. Yo seguía soltando todas las puteadas que había aprendido de mi hermano los fines de semana que yo volvía a casa del internado y él venía de visita de Buenos Aires. Después de oír nuevamente la orden que Toni había dicho con mucha calma la primera vez me di cuenta de que mi pie no estaba más ligado a las ramas, sino que Toni me sostenía con una mano del tobillo mientras tendía la otra en dirección de mi otra mano. Parecía que no se esforzaba. No sudaba. No cambiaba la expresión de su rostro. “Dale, boludo, que no estás lleno de plumas. Agarrá mi mano así te subo a la rama”. Su voz llegaba nítida a pesar de que mis oídos cada vez temblaban más fuertemente con cada pulsación de mi corazón. La sangre que pasaba cercana a mis tímpanos ensordecía todo. Estaba tratando de comprender cómo lo había entendido y aún así no reaccionaba cuando la amenaza me hizo moverme velozmente “si no dejás de putear como si estuvieses en la cancha de fútbol y me das una mano para que te suba a la rama, te suelto y te hacés mierda contra el piso.”

Mi mano me mantuvo colgando de su mano por un instante y cuando el resto de mi cuerpo dejó de estar cabeza abajo, me aferré con la mano que me quedaba libre de otra rama, trepé y quede frente a ese perfecto desconocido que había estado sentado a tres pupitres de distancia durante un año sin hablar conmigo ni con nadie.
- ¿Qué es ese libro de mierda que tenés ahí escondido de todo el mundo? – pregunté sin agradecerle que me había salvado de un yeso por unos cuantos meses si tenía suerte.
- No importa. No te llamé para eso.
Me quedé mudo, cosa poco común en mí. Creo que no me había pasado demasiadas veces antes.
- En la vitrina del director hay un whiskey que se lo podemos cambiar a don Ernesto por unos cigarros. Necesito que me ayudes.
- ¿Estás loco? – contesté sin entender ni la mitad de lo que me había dicho. No atiné a preguntarle cómo se había enterado del whiskey, ni de que Ernesto le iba a cambiar la botella por cigarros. Otra seguidilla de puteadas se interrumpió cuando su mano impidió que pasase el aire por mi cuello.
- Te digo que sé lo que sé y no me preguntes más. No confío en los demás. Son todos unos alcahuetes. Vos sos demasiado boludo para pensar en esos planes solo, pero sos de fiar.”
- Seguro que no voy a decir nada. Nunca digo nada. Mi viejo me enseñó a callarme, cuando le bociné que mi hermano había afanado guita de la caja de seguridad. Le pegó un grito y nos metió en el mismo cuarto. Le dijo a mi hermano que yo le había contado de la guita y que me podía pegar. Estaba seguro que me quería matar. Mi hermano no me pegó. Me dijo que era un idiota, que había arruinado el regalo de cumpleaños que le había comprado a mi viejo dos semanas atrás. Mamá le había dicho que iba a dejar la caja abierta y que iba a entretener a papá. El no tenía ni idea de cuánta guita había ahí, pero sabía siempre dónde estaba mi vieja, por eso no podía ella ir a comprar el regalo y lo mandó a mi hermano a hacer todo en secreto. El compró el incunable que papá venía deseando hacía unos meses.
- ¿Te callás o te callo? No me interesan tus historias de pendejo. Solo sé que no me vas a delatar. Es instinto. Tenés que estar acá a las 8 en punto. Después de la cena el director viene a tomar una copa con uno de los curas y vuelve a la iglesia a las 8 en punto.
Tenía que preguntarle demasiadas cosas, pero lo único que me venía a la cabeza era la idea de que si nos agarraban, se iba a armar un despelote más grande que cualquier desastre anterior en el que me hubiese involucrado. Era la fórmula perfecta para interesarme.

Demasiadas luces

Hace unos días, hojeando viejos papeles encontré un diario que llevaba alguien muy cercano a mi familia. Al abrirlo vi un relato que me dejó intrigado y querría compartirlo con mis lectores. Está escrito con una letra bastante pulcra, aunque un poco falta de personalidad, dice así:

“Por estas épocas comenzaba Don Quejote a preparar las argucias que le brindarían luego, aproximadamente desde un mes antes de su cumpleaños hasta un mes después del mismo, compasión y atención de todos los que lo rodeaban. Conociendo dischos artilugios, el Duque Dalorti comenzaba a planear cómo estar lo menos posible en todos los sitios en los cuales Don Quejote podría ubicarlo. Sancho Nasoypanza no había desarrollado dicha habilidad aún y sometía su liturgia a los erráticos deseos e incongruentes elugubraciones de Don Quejote.

Lo más raro de todo lo que me tocó presenciar fue una situación en que habiendo entrado el Don al palacio del duque acompaádo por su inefable Sancho que no gozaba de gran ánimo, a fin de reclutar fondos para otra de sus “cruzadas”, que en realidad eran simples travesuras por donde hubiese suficientes ejemplares dignos de coleccionar en el arcón de sus recuerdos y alardear muy al pesar de Sancho, fue un episodio que procederé a narrar con las limitaciones que implacablemente crecen con mi vejez. Sancho, como buen paisano que era, lidiaba mal con las culpas. Una vez le pregunté sobre los motivos que lo llevaban a hacerle caso a Don Quejote dijo con tono de resignación “es que cada vez que me da ganas de alejarme y mandar todo un poco a la mierda, Quejote está deprimido o lo tortura otro mal de amores y me sentiría muy culpable de dejarlo en esta situación”.

Mis cejas alzándose, no permitieron ocultar el asombro. Era lo mismo que me había confesado el Duque en una charla que merced a los vapores del alcohol, el tema había surgido. Era posible que todo fuese un plan macabro? Se trataba de una farza? Los pensamientos aceleraban a un ritmo vertiginoso en mis por entonces jóvenes neuronas. La adrenalina había asumido pleno dominio sobre mi cuerpo, el corazón bombeaba sangre hirviente que se alborotaba en mi cabeza y me permitía oir los latidos en la apófisis tuberosa de mi cráneo. Sin saber reaccionar a dicha información, me dediqué a ir a donde mis pies me llevaran de manera plenamente inconciente.

Las calles de esa imponente ciudad rebozaban de actividad a pesar de haber incursionado ya en las altas horas de la madrugada. Frente a la entrada a una taberna cuya apariencia era más lugubre que otras en las inmediaciones de donde me había llevado el instinto, logré divisar algo un tanto incongruente. Era posible que hubiese caminado tanto? Acababan de entrar, sin percibir mi presencia, ellos tomaron asiento en una mesa de manera tal que a diestra y siniestra podían abarcar sus ojos a las doncellas ahi sentadas. Yo busqué un rincón donde pudiese seguir pasando por desapercibido. Los personajes comenzaron a charlar, a duras penas se podía seguir el hilo de la conversación. Don Quejote tenía cara de afligido. Sancho Nosoypanza sacudía su cabeza casi asintiendo cada vez que la mirada de Don Quejote lo reclamaba.

Entre tanto, el profesor de la Universidad de Yarará, Cuasimodo de Aipodia, se dedicaba a preparar su huída tras revisar los precios de los brebajes. Don Quejote indagó a su vecino, al parecer también paisano y por tanto susceptible al mecanismo de la culpa, por los motivos de su apuro. Esta vez, Cuasimodo intentó combatir, analizo una vez más los precios y dijo “me voyyyyyyyhhhh, tengo que trabajarrrrr mañanahhhhhhhh y no puedo esssstar canssssado vistesssssssssssss” y levantándose abruptamente salió por la puerta sin dar tiempo a los otros personajes a replicar o interceder para que aquello no suceda. Afortunadamente logré sumergirme justo a tiempo más aún en una de las sombras que me porporcionaba la mala iluminación del sitio. Probablemente por la gracia que me había causado la tensión en las miradas de aquellos jóvenes, no había alcanzado a discernir que junto a Sancho se hallaba la sobrina más joven del Barón Rotschild, la bella Nomellames, también prestamista, que dialogaba a esta altura con su hermana, Clara de Trainsilvania, quien había enviudado pocos días antes.


Fue Nomellames quien comenzó el diálogo entre los dos grupos. Hasta ese momento el Duque Dalorti no había hecho más que fumar y evitar desprenderse de su brebaje. Cuando se disponía a entablar conversación con Nomellames, sintió la voz taladrantemente aguda de Sancho balbucear cosas incomprensibles. De pronto los ojos de Don Quejote brillaron con fulgor, casi imitando los polvos de asufre…”

Bueno, después hay breves pasajes cuya calidad se ha visto deteriorada por el paso del tiempo, por tanto me veré obligado a concluir momentáneamente el relato, hasta ser capaz de descifrar los textos.

Visitas todo el tiempo

Está por llegar la hermana menor de quien supo ser mi mejor amigo de la infancia de visita y a quedarse en casa. Es buena onda y la recibo con gusto, pero me pregunto si tengo algo en común con ella. El afecto que tenía por la familia se ve teñido hoy por la falta de vínculo generada con ese viejo amigo que dejó de hacer recíproco el vínculo o por lo menos, así lo sentí yo.

Luego vienen más visitas y mi casa se convierte lentamente en paradero de gente que estaba activa solamente en mi memoria hacia poco tiempo atrás. ¿Será que debo ver como retomar partes de mi vida que quedaron aisladas en un rincón de la memoria? A mí me desorienta un poco todo esto. Es mucho cambio en poco tiempo. Creo que necesito unos días de introspección para ver qué quiero de mi vida y cómo quiero afrontar estos cambios en mi realidad.

No me estresa, me descoloca. Es mucho por digerir e incorporar en poco tiempo. Mi vida está cambiando a un ritmo vertiginoso y a veces me da la sensación de que si no sigo el ritmo de los acontecimientos, voy a quedar más perdido que pingüino en el Sahara. Felizmente, logro hacer unas cuantas cosas que me alegran bastante. Creo que lo mejor es fluir sin dejar que me agobien los cambios. Creo que estas visitas marcan una nueva etapa en mi vida interior.

Gripe y modorra

¿Quién dijo que la gripe es mala? Yo estoy un poco engripado y me acabo de sacar la duda de que la gripe hace muy bien al alma. Venía hace varios días pensando en que tengo demasiadas cosas pendientes, especialmente conmigo mismo y por una de esas cosas de la vida, al no haber nada que me retuviese en casa, no me dedicaba a escribir casi nada. El jueves a la noche ya estaba fatal, pero no rehusé la noche de poker con los amigos del fútbol.

Como todos estamos literalmente en una situación económica que el cajero automático nos hace comentarios irónicos cuando tratamos de sacar dinero, no había mucho que perder ni ganar, solamente era para divertirse. El dueño de casa, estudiante de ocupación, no había pagado las cuentas del gas casi 4 meses porque no le había alcanzado a él ni a los compañeros de piso el dinero, así que estaban ahorrando y tenían la calefacción apagada. Para calentar las manos de vez en cuando me dirigía a la heladera para sacar una cerveza más, una más, una más. Dicen que el alcohol debilita, que baja las defensas, pero yo lo veo como algo poco relevante. Estando bien en pedo no importa si estás enfermo, porque todo te da igual.

Catastrófica fue la vuelta a casa, muerto de frío, empleando los primeros trenes y enterándome que el Ringbahn que me dejabría en casa más rápido que cualquier otro medio de transporte estaba con problemas vaya uno a saber por qué. Llegue congelado, más enfermo y con hambre. Me fuí a dormir para despertarme con dolor de cabeza poco después. No había dormido ni dos horas. Quedé tendido en cama, meditabundo, inspeccionando rincones del archivo de ideas inconclusas que se ha ganado un status especial en mi memoria. “¿Y si descanso y me curo? ¿Y si me tomo un poco el descanso para leer y escribir? ¿Y si no me hago drama por no hacer nada y disfrutar que no hago nada?”.

El aburrimiento y el malestar se habían convertido repentinamente en una buena noticia. Muchos pagarían para tener el privilegio de aburrirse o descansar. Afortunadamente tengo Grippostad para sufrir un poco menos los síntomas de lo que antes consideraba una enfermedad completamente fastidiosa.

Dolores de cabeza

Estaba ayer pensando, para variar, en lo increible que es como los dolores de cabeza influyen en nuestras vidas. El dolor de cabeza que me había atacado era evidentemente causado por la tensión nerviosa. Me disponía a buscar unas aspirinas para poder discipar el dolor y conciliar el sueño cuando sonó el teléfono. Era Chichornik, que vaya a saber uno por qué, había pensado que yo era más que un conocido y quería hablarme de una fiesta. Me sentía agobiado, con un dolor intenso y Chichornik ya había incrementado la velocidad del relato. No sabía yo a esta altura si la fiesta había transcurrido ya o no, puesto que Chichornik comentaba todo a un ritmo vertiginoso muy difícil de seguir. Sin saber si la conversación había realmente terminado, prosegui a saludar y corté la comunicación. El sueño me atacó por sorpresa y apenas creo haber reaccionado a quitarme los anteojos.

Persecuciones, autos veloces y brillantes, disparos, musica. Todo se abalanzaba sobre mi en ese lugar al que había entrado. La vida nocturna era así cuando pertenecía uno al submundo en el cual cumplía por lo visto un papel que no pasaba por desapercibido. Tras escapar una vez más de un tiroteo, llegué a un portón antiguo, muy pesado. Las llaves que poseía no encajaban. Tomé un tenedor y un escarbadientes para lograr liberar el cerrojo. Tras esquivar más tiros, repentinamente sentí el clak que me informaba que el cerrojo había cedido finalmente a mi voluntad. Me arrojé dentro del cuarto.

Silencio, oscuridad y viento me rodeaban. De pronto pasó un U-Bahn a gran velocidad y sin oensarlo dos veces subí, pensando que era la línea correcta, pero pronto me enteré que estaba camino a Pankow. Iba a tener una larga jornada. Estaba claro. Me senté solo, en un rincón. Cerca mío había unos jóvenes que hablaban en ruso, pero a mí me sonaba como castellano. Entonces me dí cuenta que estaban fumados y por eso me recordaban tanto a mis amigos. Antes de llegar a Pankow, decidí ir a retirar unos discos de la nueva disquería de P-Berg, Espuma Records. Lamentablemente estaba cerrada. El letrero anunciaba que el horario de apertura era de 15:00 a 18:00 de martes a miércoles. Era un nuevo concepto comercial, me dije. Las pequeñas quinceañeras se arrojaban por montones en esos contados momentos de apertura y se arrebataban los discos para poder charlar con el dueño que atendía el local. Procedí a robarme un auto, esta vez utilizando de ganzúa solamente una de las patillas de mis anteojos. En menos de un minuto estaba atravesando la ciudad a toda velocidad camino a X-Berg. Afortunadamente no necesitaba un GPS porque todos los caminos conducían a mi casa.

La entrada estaba irreconocible, pero mis llaves hicieron su trabajo perfectamente. Las escaleras parecían interminables. Estaba agotado y un poco desvanecido al llegar a mi puerta. Toque el timbre porque en el largo trayecto me habia dado cuenta que las llaves habían quedado en la puerta de entrada. Esperando que mi novia abriese, quedé boquiabierto al registrar la escena. Mi sala de estar se había convertido en una nueva sucursal del Curry 36. Yo estaba entrando por la parte de atrás del local. Ahí estaba Chchornik, vendiendo a chicas con vestidos de gala a un ritmo infernal. Todas querían que él las atendiese. “Llegas tarde, casi para el final”.

- ¿Pero vos no ibas a otra fiesta? – le pregunté sin ver que debajo del delantal llevaba un traje al mejor estilo James Bond.

- En tu balcón toca Codornizo y los Kabum. Está repleto. Quedate trabajando hasta el cierre así no tengo problemas con mis jefes.

- Pero… – respondí sin entender nada de nada. De pronto sonó un estruendo que parecía ser la voz de Codornizo gritando consignas populares, lo que tapó mi voz por completo, transformando la escena con Chichornik en una película muda.

El sudor recorría mi frente, el dolor de cabeza no se había discipado. El despertar había sido horroroso, pero era mejor que esos sueños llenos de vértigo y frustración. Una mano zurcó el cabello de mis sienes dulcemente. “Volvé a dormir, ya se te va a pasar”. Volviendo a enterrar mi cabeza en las profundidades de mi almohada, rogué pasar el resto de la noche sin soñar nada. Lo único que tenía en claro era que Chchornik era el culpable de todo menos del dolor de cabeza… o de eso tambien.

Un cafecito a veces no soluciona la mañana

Dolor de cabeza. Una vez más te despertas puteando por haber dormido mal. Mirás el reloj fijamente, como tratando de obtener más información de la que te proporciona abriendo un ojo para espiar a qué hora acaba de sonar el teléfono. Tirás un manotazo para alzar el tubo sin salir de la cama. Por algún motivo lográs disimular que te enoja haberte despertado con ese horrible estruendo. Contestás amablemente, pero tenés ganas de mandar todo a la mierda. Si te hubiesen dado a elegir, omitirías de tu vida los próximos días. Todo te parece pesado. Todo te parece lento. Incluso tus pensamientos están cansados. Tras terminar la primera de una de las tantas conversaciones telefónicas que se sucederían ese día, te decidís a abandonar las sábanas para enfrentarte una vez más a esa ciudad áspera y de luces mortecinas. Berlín te ahoga a veces. Hoy es uno de esos días.

“Loco, tenés que hacer algo y dejarte de joder. Berlín te tira abajo” te había dicho un conocido poco después de llegar, pero no le hiciste caso. Como tantas otras veces, estabas convencido de que la última verdad que determina tu percepción de la realidad reside en la determinación propia, todo es cuestión de libre albedrío y por tanto, Berlín solo deprime a los deprimibles. Ahora dudás de tus ideas, o te planteás si no entraste en esa categoría. Un cigarrillo acompaña el café de la mañana. Querés ponerte a escribir esa novelita que llevás a cuestas desde que llegaste a esta ciudad inerte. ¿Es la ciudad o es la gente? No sabés a esta altura. Solo querés sobrevivir la mañana, el resto del día va a transcurrir por inercia. El humor de perros va a desaparecer en algún momento, pero la extraña combinación que se dio antes de que suene tu despertador te deja en claro que un café, por más bueno que sea, no va a lograr demasiado.

Andá a dar una vuelta que hay solcito, si querés nos encontramos en el parque y charlamos – te dijo otra voz que te aturdió en el celular. Decidiste evadirte de la realidad ocupándote de la realidad, estrategia poco usada por los depresivos. No sos depresivo, pero en Berlín parece que ese componente de la personalidad puede aflorar incluso en las personas menos esperadas. Mirás el reporte de tu cuenta bancaria y coqueteás nuevamente con la idea de irte a la mierda, dejar todo atrás, encontrar un proyecto que puedas terminar. Puede que la idea de irte a vivir a Villa Gesell no sea tan mala. No te acordás qué tal era el café allá, pero probablemente te baste para ponerte a escribir sin que te falte nada.

¿Qué es SINRUMBO?
Este sitio ofrece su espacio a todos aquellos/as que escriben en castellano en Berlín y habitan sobre la rugosa superficie que existe entre esta ciudad, España y América Latina.
Organización de los textos
La columna "Acontecer Cotidiano" es de índole general: Reúne pensamientos e ideas sueltas, experiencias aisladas e instáneas relacionadas al día a día de los diversos autores. En las demás columnas se agrupan relatos ficticios que se articulan en torno a diferentes temáticas propuestas por los autores.
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