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Fernando
No lo vas a creer, Chicho. Ese día, ahora no me acuerdo exactamente por qué razón caminé por ahí. Pero pasé cerca del Ibero Amerikanische Institut de Berlín. Era en el año, déjame pensar, 1999, 2000, creo. O sea cuando De la Rúa era Presidente de la Republica. Y yo lo conozco. Es un amigo de la infancia, para decirlo de alguna manera. ¿Querés más vino?
La verdad, te cuento, a De la Rúa yo lo conozco de Santa Fé (¿Córdoba? Es de ahí). El tipo algo sospechoso, medio que quería engancharme. Bueno, era otra época. Pero me hizo entender que estaba interesado. Nunca pasó nada. Porque el tipo era un plomo. Un lagarto. No sé cómo explicarte. Igual yo andando por ahí, lo veo. Fernando, le grité, ya desde lejos, como si fuéramos jóvenes de vuelta. Y el tipo me reconoce. Pero había mucha gente ahí. La delegación oficial, creo que también el alcalde de Berlín (no lo conozco de cara, pero había un gordito sonreilón) y su tropa y el personal de seguridad que, ya medio asustado por mi grito de corazón, corre para adelante formando de alguna manera una especie de muro humano, un cerco alrededor de De la Rúa y – si es que era – el alcalde de Berlín.
Supongo que temían que yo fuera una loca que quería acercarse al Presi para clavarle alguna estatuita de algún monumento, letal seguro sería un modelo de la torre de televisión del Alexanderplatz. Pero, ¿cómo? Todo bien con él. Así que Fernando disuelve el operativo de seguridad y se me acerca, me abraza, me da un beso en la mejilla, muy cerca de la boca. Es un gentleman. Pero muy aburrido. Me dice que me va a llamar, que ahora no tiene tiempo porque tiene que inaugurar una estatua de San Martín. Se despide. Sigue de lejos.
El otro día me llamó, pero medio se hizo el histérico, propuso fechas para un posible encuentro para llamar de nuevo y correrlas. Nunca nos vimos. Es un gil.
Teruel
Qué locura, la locura! Me hice un amigo nuevo, les cuento, hace poco, en una ciudad bien lejote. El amigo se llama Diego Palmath …al menos eso me dijo. La ciudad se llama, desde hace mucho tiempo si le hacemos caso a Don Quijote, Te-Ru-El. Como el orígen del queso Tronchón, el lugar donde un torico reina sobre la plaza central. Una estatua tan pequena como los testiculos de un verdadero toro. Teruel queda en la loma del orto. Como se dice en la Argentina. Esa ciudad, en los parámetros de la Argentina, más bien un pueblo, está a cuatro horas de viaje en micro de Madrid.
Diego, mi Diego, es un amante de la poesía, sin duda. Nos invitó a nosotros, una banda de cuarenta jovenes – o no tan jovenes como es mi caso – poetas de espana o america – como tampoco es mi caso – a un festival de literatura en aquella remota capital de provincia de Aragón. Es un tipo muy buena onda, medio caótico, medio peruano, medio zarogocense. El festival, sin embargo o justamente por eso, fue un flash: Todos los días jamón de Teruel, aceite de Teruel, tapas de Teruel, a puro vino de La Rioja. Las lecturas, charlas y eventos oficiales de por medio no podían opacar la calidad de los buffets abundantes al medio día y más aún por la noche.Diego, a primera vista, parece un médico forense.
Con sus lentes pequenios, sus manos finas y delgados, su calvice incipiente (disculpame, Diego). Su sonrisa de morboso analizador de detalles que sólo despiertan el interés de un gran poeta. Y de grande tiene mucho, no sólo porque ahí estaban los poetillas emergentes de Espana, entregadas a la slam poetry, a la performance, al revuelo, sino que allí también se diero la mano grandes como el Alfredo Bryce Echevenique y Eduardo Mendoza. Igual yo creo, lo más importante fueron los hechos extraoficiales, como cuando en la primera noche se desplomó en el medio de la pista de baile una poeta (cuyo paradero no quiero recordar) y fue ayudada, llevada a su lecho, por un famosisimo narrador Wunderkind espanol que protegió su sueno enfermizo durante todo el resto de la noche.Y bueno es como en todos los festivales, congreso, sinodos del mundo. La gente se amiga, fraterniza, se queda sin quedarse, se junta sin juntarse en una especie de relacion congresal, de encuentro fugaz. En la medida en que avanzaba el evento literario, literalmente se formaban y desfiguraban parejas. Un méjico se transó una argenta, un jóven crítico espanyol se fifóa un narrador machosísimo de un páis andino que publicamente declaraba detestar a Jaime Baily y entrelíneas se jactaba de ser un ex-amante de Roberto Bolano. Así es la vida, chicos. Nadie sabe por qué uno o na está acá. Ese sinsentido sin perspectiva, ese túnel larguísimo sin fondo visible, relaciones genéricas improvistas.
Diego en todo caso, era un tipo de bajo perfil. Nos llevaba a la noche, bien tarde, a los torres mudejares de Teruel, nos mostraba las luces de La Mancha hacia la izquierda y las luces del Mediterráneo hacia la derecha. Diego era un loco loco. Que sin explayarse nos llevaba directamente al corazón del poeblo, al centro de su ser. Una noche, me toca a mí el hombro un poeta mexicano, Alejandro Tarrab, y me susura al oído: Quieres conocer los amantes de Teruel? Luego lo dice en voz alta. Claro que sí, coreamos sin guardar la discreción. Me tapa la boca. Vengan, nos senyala con el hombro. Le seguimos a un cubo de cristal donde el saca un llavero gigante. Despues de probar varias llaves, encuentra la correcta. La puerta se abre con un grunido. Entramos. Diego saca una linterna y bajamos las escaleras hasta la sala donde se encuentras varios sarcófagos. Según él son de los presuntos amantes de Teruel, una pareja del medioevo que, casi como en una variación regional de Romeo y Julieta, no podía vivir su amor y por eso tan solo se unieron en la muerte.
Diego, atrevido como es a veces, corre la tapa del sarcofago de ella, y se nos abre un panorama atroz. En vez de una momia, de un esqueleto horrible, hay un vacío tremendo, no hay nada en es esa caja que antes parecía estar detentando toda la esencia de Teruel. Diego entonces estalla en una carcajada que retumba en la paredes de la catacumba. Alejandro, miedoso como es – no nos olvidemos de que en Mexico un simple paseo por un cajero autómatico puede implicarle a uno un secuestro de más de 24 horas – me agarra del brazo y me dice, dale, rajemos, vayamonos de aquí! Diego diabolicamente siguen riendose, mientras Alejandro y yo salimos a la plaza respirando profundamente el aire limpio y fresco de la ciuadad de Teruel. La puerta de piedra se cierra enclaustando a Diego. Nosotros nos vamos corriendo a un Pub irlandés en donde una Guiness nos vuelve a la realidad cosmopolita.
Dejá de hinchar y andá a laburar, larva!
Dejá de hinchar
y andá a laburar, larva!
le dije.
Dante, loco, dejalo.
Pero no me hizo caso.
Es así.
Baila bien. Eso sí. Baila como el diablo en extasis.
Todas las minas lo conocen. Es habitué de La Regla. O al menos lo fue. Hace rato. Se retiró de alguna forma. Pero sólo para volver de vez en cuando con más potencia. Para caer de sorpresa. Para alucinar.
Como el otro día. Que fuimos a escuchar un recital de Orishas. Y no había nada. Bolú. El cantante ése, se quedó en la cama. Se enfermó, dijeron. Pero no les creo nada. El chabón se encamó con una lolita y listo. O se quedó en Amsterdam de gira fumando hierbitas.
Y ahora qué? Una pésima banda berlinesa vino a reemplazarlos. Una banda que toca en las plazas más berretas. Y encima tocan mal. Vinieron de suplente y re de prepo se hicieron los héroes de la noche. Un millar de minas extendiendo los brazos saludándolos, les daba la razón… Que tontas las minas, ésas!
A mí no me convencen.
Las vi. Había algunas muy lindas. Pero también estaban las amigas de mi ex. Unas altonas, rubias mal. Inaguantables.
La cosa es que volví. Al estand de La Regla. Donde pinchaba el Diego y el otro loco.
Había unas espaniolas pidiendo Calamaro o reclamando que no pusieran más Calamaro. No me recuerdo bien. Calamaro es un gil. Se garchó la mejor poeta joven de la Argentina y después se vuelve a Madrid. Loco, no puede ser eso!
Laurita. Laura Lobob. Justo en ese momento pasa un mosquito y lo mato entre mis manos. Dejo de escribir y mato el bicho. Era un panzudo. Después de comer. De chupar sangre. Y me quedan dos manchas rojas en mis manos. Laura, te imaginás.
Es así. Loco, hablo de Calamaro y viene otro bicho.
Lo mato, mamagüey!
No sé loco, es así.
Voy a saludar el Diego. Y todo bien. El mino se re pone las pilas. Se porta bien. Sin duda. Nos regla una cumbia. Bien digerida. La cumbia de la colegiala. Y de repente aparece la Niko, La Rery y todas la divas del submundo berlinés. De la nocturnidad eterna. Y arrancamos a bailar. Y el Dante se quedó en el molde, primero. Las venía registrando desde un costado de la pista de baile. Venía formando su estrategia para atacar. Y después salió. Así nomás. Agarró la petisa esa, con la que estaba flirteando desde meses. Y eso que su mina estaba al lado. Pero las minas de él nunca se dan cuenta o se excitan con eso. Es así, loco. Por más atevido, más ganás.
En toda su vida fue así. Viene del norte. Es salteño, tucumano, jujeño. Viene del norte, de la frontera con Bolivia. Las minas en capital lo escrachan. Sos bolita, le dicen. Sos paragua, le gritan. Dejá de tocarme, manoseador mejicano, le dicen. Ay, mamita…
pero nada.
El tío no se rinden. Es canchero. Sabe cómo explotarlas. Hasta da clases. Hay un coreano, un ucrainano, un turco que cursan con él. Hay un montón de gente que aprovecha de sus sabidurías.
Pero yo no.
Ya me cansé de padeia berreta
que crece en su gallinero…
El diego puso música. Las chichis bailaron. Y el gallo, ese, Dante, atacaba…
Yo me retiré – muchachos, compañeros de la vida…
Barra querida de aquellos tiempos…
Pero los dejo con la mejor onda
y la esperanza de que nos volvamos a encontrar
en esa pista de baile
danzando, danzando
sin pararrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr…