Archivo por autor
La banda
La banda por fín salió al escenario. Se habían hecho esperar quizás un instante más de lo tolerable. Todo parecía milimetricamente pensado. Ellos habían sido más que famosos, profesionales y cualitativamente de lo mejor del mundo. Aún lo eran. Habían vuelto. El estallido del público posterior a la tensión por impaciencia contenida provocó un sonido de grito uniforme, casi homogéneo.
Los vientos aparecieron primero, luego fueron los integrantes mas superfluos los que le siguieron. Apareció por fin el bajista haciendo morisquetas de payasín desenfrenadas y luego se presentó el cantor con un gesto que no se decidía si debía ser de rockero o de intérprete de corte romanticón. Fui feliz hasta ese instante. Ya con los primeros tonos noté de que algo no andaba bien. ¿Qué era? ¿La calidad del sonido? ¿La mezcla? ¿Los ánimos de los músicos? ¿O era yo víctima de mi propia percepción?
La miré a ella en busca de comprensión pero recién luego del show conseguimos hablar al respecto. Era evidente de que algo había cambiado y de que estaba asistiendo sin saberlo a un punto de inflexión en mi vida. El segundo viaje a Londres con ella definitivamente lo era.
* * *
Algún día se me ocurrió pensar de que toda época tiene un principio y un fin. Las etapas se queman. Pasó el tiempo y esta convicción se fue diluyendo, perdió peso. Volví hacia atrás sin hacerlo. Allí me dí cuenta de que no conseguía dejar de proyectar. Todo lo que me rodeaba era aquello que me iba pasando a mí. Mis conclusiones eran para el afuera y los demás, en ellas evaluaba lo que yo iba procesando. Me gustás porque ahora estoy en esto, como vos. Estás viejos para eso, hay que aceptar de que se le pasó su cuarto de hora. Toma demasiado, fuma de más. No es creativo, no tiene onda. Es demasiado negativo en sus reflexiones. Esta chica peca de optimismo. Todo lo que estaba por fuera de mí, sobraba.
* * *
La excusa perfecta para hacer el viaje, determinar el destino y la fecha, había sido el concierto. Hace tiempo de que no conseguíamos despegarnos de Berlín. Cada intento por salir de la ciudad, fallaba. No nos daban los números. No nos daban los tiempos por entregas. La corrección. Una entrega de proyecto. Un cliente. Un evento. Una pelea desmotivante. Por algún motivo, el presente nos frenaba constantemente.
Cuando el avión despegó, sentí alivio, paz y tranquilidad. Aquellos días en Londres fueron una extensión del estado de levitación que nos fue invadiendo, sin pecar por ello de estupiditis vacacional: El ojo crítico no se cerraba tan solo porque uno podía desconectarse. Más bien, ella y yo pudimos gozar, relajarnos y criticar mucho más libremente que en nuestro encierro berlinés. La distancia ejercía su efecto liberador.
* * *
Lo ví a Finlondio mucho más que pasado de copas un día despues de lo acordado. Nos invitó al club que dirije para su cumpleaños pero faltó a la cita. Antes el no era así, cuidaba más estos detalles. La noche siguiente, cuando volvíamos al hotel, de casualidad nos bajamos en Notting Hill Gate, y lo ví en la puerta del sitio. Charlamos brevemente. El grado etílico de su sangre casi no le permitió reconocerme. ¿O habrá sido mi barba que lo confundió? Sus ojos eran un carrusel. El final de su relación parecía haberlo dejado desequilibrado. El, mientras tanto, disfrutaba del vaivén. En la angustia del blanco de su mirada divisé también placer.
* * *
Ya no consigo tomar como antes y divertirme. Me aburro de mí y de los demás cuando beben. Las borracheras me producen cierto rechazo. Un amigo me dijo de que eso siempre depende de con quién se comparten las borracheras. Comparto su opinión, pero de todas maneras hay un parámetro común en todo acto social de alcoholización. Y ese quizás sea yo: Me aburre la libertad que percibo como fingida. Más aun si noto de que nada ha cambiado ni cambiará. Creo de que me aburre el perpetuum mobile.
* * *
Ella ya dejó de ser un incógnita en mi vida. Ahora es bien real. Como el viaje, como Londres, sus sitios, sus esquinas, todo aquello que antes me interesaba pero no llegaba a comprender y casi me superaba. Disimulaba poniendome en pose cool con frases ambiguas. Ahora lo he compartido con ella, disfrutado, entendido – y un poco sí, es verdad, he perdido la fascinación. Así y todo noto de que el vertigo que antes me proveía placeres, ya no lo hace, porque cambié, porque somos otros, porque la búsqueda pasa por otro lado, aún muchas veces sin definirse, sin saber hacia donde arrancar, pero la pregunta está ahí. Se abre una nueva era.
La banda desde el escenario se despide. Con cariño alzo mis brazos, ella tambien. Adiós, hasta siempre, pienso. Y siento que la presión cede porque lo peor ya ha pasado.
Cámara de gas
dedicado a mi más fiel copia que tomó su propio camino a pesar de que ha quedado en manos de Marlboro y Cía.
Cuando retiré al perro de los de mi hermano, pasándolo a buscar por la puerta de entrada al edificio, noté de que le costaba respirar. Si bien este ejemplar cuadrúpedo siempre se distinguió desde que lo conozco por llevar un paso decididamente licencioso, su andar ahora era más lento que de costumbre. Quise motivar al ser que habitaba dentro de aquel animal impartiéndole una palmadita sobre su lomo. Lo único que conseguí fue provocar una intensa polvareda de cenizas que formaron una nube luego del impacto provocado por mi mano sobre el peludo cuerpo. El perro me miró girando la cabeza y luego volvió a apuntar su hocico hacia abajo, jadeando levemente.
Me asusté y retorné sobre mis pasos hasta la puerta de lo de mi hermano. Toque el timbre y su voz sonó aspera por el intercomunicador. El tono de sus breves palabras habíanse asemejado al de aquellas voces que salen filtradas por gas heólico. Entendí de alguna forma de que me abría la puerta y subimos. Mi perro en un principio se resistió. Pero al ver a un vecino que se cruzó con un cigarillo encendido, mi mascota comenzó a caminar por sí sola, impulsada por cierto automatismo que yo desconocía de ella.
Al llegar arriba, la puerta del departamento estaba abierta de par en par. El olor a humo frío y seco que salía del habitáculo casi me voltéa. Sentí angustia. Sentí ansiedad, sentí muchas cosas a la vez. Por fin me decidí a ingresar. La luz del pasillo no funcionaba. Tropecé con un aparato de fax que recién divisé en la penumbra cuando sentí partirse el plastico bajo mis zapatos y comenzó a sonar el rollo de papel que estaba aparentemente atascado. Saludé alzando la voz. Pero nadie vino a mi encuentro. Tampoco nadie contestó a mi saludo.
Empujé la puerta del dormitorio a mi izquierda pensando en que quizás mi hermano había estado recostado haciendo una siesta. Él suele dormir mucho y en horarios extravagantes. Todos mis amigos, que son ahora también sus amigos, me han dicho de que siempre que lo llaman él aduce haber estado durmiendo. Me sentí culpable por haberlo despertado. Un caja con cables, conexiones y tarjetas de PC me cerraron el paso. La ropa arrojada sobre el piso complementaba el bloqueo. Eso sin mencionar que en una segunda línea de defensa se agrupaban libros varios en diversos idiomas, manuales, apuntes, cajas vacias de galletas, un sostén de micrófono, una guitarra sin cuerdas, una trinchera de polvo, un sillón que algún día fue blanco y un monopatín. Algo me decía de que luego de esa línea de contención se sucedían aún mas vallas de protección astutamente calculadas por un gran estratega militar. Antes de que mi vida siguiese corriendo peligro, decidí cambiar de rumbo y avanzar hacia el interior de la vivienda.
Mi perro emitió una suerte de aullido contenido. Quizás quería advertirme de algo. Tal vez solo fuese que sus bronquios estaban suficientemente taponados como para dejar que el sonido saliese de forma más natural y marcada. Fui caminando con cautela hacia la sala, deteniéndome frente al baño. Abrí la puerta pero no había nadie. No quise observar en mayor detenimiento tal habitación porque las primeras impresiones dispararon mi instinto nato de depresión y seguí avanzando unos pasos hasta el mayor de los cuartos: la sala de estar. Nosotros en Argentina lo llamamos el living. Y efectivamente, casi como adaptándose aún más a la palabra de origen inglés, dicho espacio daba absoluta fé de ser un sitio invadido e inundado de vida plenamente transcurrida y perfectamente acumulada: Innumerales contornos superpoblaban el espacio como si se tratase de una cordillera andina.
El cuarto se mantenía a oscuras. Necesité aspirar profundamente tres veces para no caer desmallado. Fue ahí de que intuí de que a mi hermano podría haberle sucedido lo peor. Por un instante me desesperé pero recobre valor. Si el estaba atrapado allí, yo debía salvarlo, no cabía duda. Tomé corraje y me aferré a la correa del perro. Su agudo olfato de seguro que me ayudaría a encontrar a la posible víctima. “¡Búsca, Lamehuesos, búsca!”, le supliqué al can. Mi perro, Lamehuesos, apenas se movió de su sitio. Amagó a desplazarse pero cayó rendido sobre su propio peso. Luego emitió una especie de suspiro atorado y se giró sobre su cuerpo pidiéndome de que le acariciase la panza.
Sin ayuda, yo iría solo al rescate, debía enfrentar la realidad de los hechos. Al dar el primer paso, una voz ronca me frenó en seco. “Qué pasa”, dijo. Me asusté. Por fin, quizás gracias a que mis pupilas ya se habían acostumbrado a la oscuridad, pude divisar un punto luminoso rojizo quemándose que se movía levemente. “Hermano, eres tú”, pregunté yo en una versión del castellano neutro que se utiliza para el doblaje de series norteamericanas en Latinoamérica. Era evidente de que el temor arrancaba de mi las reacciones más inesperadas. “Sí, boludo, quién va a ser sinó… estoy fumandome un pucho y descansando un poco”.
Caí desmayado por la tensión contenida. Cuando retorné del desvanecimiento, mi perro comía trozos de chuletas de cerdo a la leche de coco con lichi y almendras en un plato hondo. Mi hermano fumaba recostado en el sofá y pelaba unos maníes a la vez. Tenía la mirada fija en la pantalla de su computadora portatil. “Vendí un jugador, estoy segundo en la liga online de Beersheva”. Creí verlo sonreir cuando con un cigarrillo encendió el siguiente.
Quise levantarme pero no pude. Así pasé un largo rato, hasta que la oscuridad empezó a transmitirme una sensación de relajación muscular. El aire maloliente ahora me parecía familiar y transmitía seguridad. Mi perro eructó al terminar de comer y se echo sobre el piso. Estirando el brazo tomé el encendedor entre mis dedos y al primer chispaso la explosión fue tan seca que provocó de que el sonido nos dejase sordos antes de morir. El forense efectivamente constató el tipo de fallecimiento como muerte instantánea por hernia aguda de tímpanos. Por lo menos no fue el cigarrillo el que se llevó a mi hermano. Y por suerte nos fuimos juntos para que luego ninguno de los dos tuviese que soportar a nuestro padre de viejo con todas su manías aún más agudizadas. Del perro nunca aparecieron restos.
Así somos en esta familia, habíamos perecido en una cámara de gas como muchos de nuestros antepasados judíos en Alemania, atrapados por no saber o no poder salir a tiempo.
Demasiadas series
Cuando ví salir de la casa de Ludmila del Río a Fantastina, supe de que estaban tramando algo gordo. Quizás todo fuese mi imaginación. O tal vez no. La cuenta regresiva estaba activada, yo estaba seguro de ello. No toda bomba es de tiempo, pero sí puede activarse sin que lo imaginemos en cualquier momento. Vivir a las sombra no garantiza invisibilidad sino que más bien nos protege de la misma forma en que un niño se tapa los ojos para no ser visto. Quise decirles algo, pero no supe ni cómo ni cuándo.
* * *
Por fin sonó el telefono. “Estoy lista”, dijo la voz. “Avancemos entonces”, contestaron.
Cada fin de semana era una mera repetición del pasado. Era evidente de que debían cambiar de ambiente. Más bien, quizás, de ciudad, de gente, ver otros rostros, confrontar otras mentalidades. El taxi al aeropuerto iba a estar esperando en menos de cinco minutos en la puerta. Acarició su rostro, apenas, con la punta de sus dedos. No hubo despedida.
* * *
- Mira aquellos bagels
- Mhhhh, se ven de maravilla
Compraron media docena y se sentaron al sol a saborearlos. Pocas veces salían juntas a la intemperie. La trama podría ser descubierta.
* * *
Qué desperdicio. La libertad debería ser uno de los bienes más preciados. Solo un buen motivo podía justificar prescindir de ella. En eso estaba pensando yo, cuando, por la ventana ingresó casi desapercibido una disparo de francotirador. El silenciador del arma me permitió desplomarme en paz y silencio. Me quedé quieto porque no entendía qué sucedía. También porque mi inteligencia cultivada en series de agentes secretos me indicó de que lo correcto era hacerse pasar por muerto. De tal forma, quizás no disparasen nuevamente.
Al despertar del desmayo, sin saber bien qué hora era, no fui hasta el teléfono a llamar a la ambulancia. Más bien me arrastré hasta la computadora y comencé a escribir.
Pregunta cercada por mi occidentalidad
Si no podemos
echarle
las culpas
a los demás…
¿qué nos queda
por contar?
Agujero groncho
El pesado de la ultima salida fuiste vos. Te cuesta darte cuenta, te avergonzás. En casa, al acabar las quinta botella de vino con tus amigos, ya estabas suficientemente empinado como para seguir bebiendo. Salieron y fueron a parar a uno de esos sitios de Berlin-Mitte que ya habían sido sepultados en tu memoria. ¿Pero porqué fuiste, porque accediste a desenterrar muertos para abrirles la barriga y buscar alimento en su interior?
El agujero negro, groncho espacio, y una infinidad de planetas que se conjugaron en tu contra, eran nadie más que vos contra vos. Porteros cuidando la entrada y no dejándonos entrar. Esperar en el frío en una cola de borrachos, que, ademas, como iban a esa fiesta, eran de las personas mas tontas que habías frecuentado en los ultimos anos. Hay días, o noches, en los que uno enfila por la vía masoquista.
Aún más oscuro era el ambiente interno, a pesar de las luces y el efecto del dragon echando fuego encima de la barra. Acababa de terminar el concierto de La Garcha Inmaculada, estaban presentando su primer album. Lo primero que se me vino a la mente fue pensar en a quién se le ocurre aún editar un CD. Más aún luego de 8 anos de existencia. Luego me di cuenta de que quien nunca pudo, llega tarde es felicidad quizás también.
La copia de la copia, pero esta salió mala, arribista. El latinaje lumpen, no creativo, no nada, pero ni siquiera tan bajobarrio que tiene algo interesante para decir. La musica era un rejunte de viejos temas apenas pasados de moda, lo éxitos, los que ya escuchamos tanto y además nunca fueron buenos. La gente bailaba feliz, mis amigos también. El alcohol lo puede todo.
Se me cruzaron los cables. A mi no me es facil dejarme convencer por el entorno. Más bien me pone rabioso cuando desean convencerme de algo que no lo siento propio. Y más aún si yo lo asocio con mediocridad, me da rechazo. Reventar, explotar, es humano, es, también vergonzoso. Debí haberme retirado antes, pero ella no accedía y quizás yo no supe darle a entender la gravedad de mi situación.
Ser y dejar ser, dejar partir, entender, comprender al otro, la vida de pareja es intensa, la social también. Así y todo me rehuso a aceptar lo que no me sale y choca frontalmente con mis convicciones tan solo en pos de conservar la paz y armonía grupal, llamese familia, amigos, país, mundo. ¿Será inevitable de vez en cuando que la oscuridad nos absorba así?
Estrella fugaz
“Nada mejor que uno mismo para pifiarle”
Juán Remigio Pattiori (futbolista argentino)
A veces hay momentos de situaciones cotidianas que son como el paso de una estrella fugaz: Iluminan con tenaz claridad por un instante, y, para una gran mayoría de los espectadores, pasan desapercibidos, o, sino tambien, son olvidados muy rápidamente.
La noche de mi fiesta de cumpleanos, cuando Beltrán, total y absolutamente fuera de sí me amenazó con la obligación de seguir bebiendo de esos tragos cortos y venenosos, no me percaté de nada, tan solo obedecí. Han pasado unas semanas desde aquel entonces y ahora me doy cuenta de que su acusación hacia mi persona, en cuanto a que yo era un tipo demasiado “controlado”, iba dirigida pura y exclusivamente a sí mismo. Más de una persona fue testigo de la brutal transformación que sufrió este personaje aquella noche, en la que pasó el límite en todo sentido habido y por haber.
Hoy deseo decirle a mi amigo de que si fuese mas medido y equilibrado, si sus vínculos amoroso-emocionales con las mujeres fuesen algo más racionales, y, sus actividades laborales algo más pasionales, le iría mejor. La bestia que ataca directo asusta, el “pecho frío” de los proyectos genera irritación en los demás seres comprometidos.
* * *
Así como sucedió con Beltrán, viví una situación hace ya un par de anos con mi amigo Codornicio que lo dijo todo. Habíamos hecho escala en una estación de metro de Berlín. Esperábamos pacientemente al próximo tren cuando vimos una mujer de rarísimo aspecto deambulando por el andén. Su pinta se confirmó en actitudes y, nos dimos cuenta, observándola desde cierta distancia, de que era uno más de esos personajes totalmente desequilibrados que circulan por los transportes públicos de la ciudad.
Sin percatarnos siquiera, la mujer estuvo de repente a nuestro lado y se dirigió hacia nosotros de forma desafiante; en fin, así como los dementes algunas veces hablan, en voz más que alta, confusa, con tono agresivo. Yo la ignoré y ella entonces pasó de largo hacia mi amigo. Y créanme de que nunca lo había visto con semejante cara de aterrorizado. Saltó hacia un costado, bajó la mirada y se encongió, achicándose aún más de lo menudo que es naturalmente.
Lo conozco desde hace ya casi dos décadas. Y siempre me llamó la atención su actitud competitiva y bélica frente a los hombres, sacando pecho y parándose en puntas de pié para aumentar su estatura. Todo un tipo valiente. Por otro lado, esa imagen, solía contrastar con la manera en que su actitud cambiaba cuando se relaciona a una mujer, casi contraponiéndose a su postura de macho en vela. El tono meloso, la voz suave, casi temerosa, la actitudes de entrega exageradas hacia ellas lo convertían en lo que en castellano rioplatense llamamos un auténtico “pollerudo” (algo así como calificarlo de “perrito faldero”).
Hoy por hoy lo veo igual, nada ha cambiado, es un tipo constante y coherente con su pasado. Hace anos que bromeo dicendole de que le iría mejor si tratase a los hombres un poquito más como a las mujeres y viceversa. Algo más de firmeza con la hembra y algo más de suavidad con el machote le ayudarían a estabelecer vínculos más equilibrados. Pero ya no le digo nada: Quién no quiera escuchar, es porque realmente no le interesa. Y deseo respetarlo.
* * *
Esta manana me encontré conmigo mismo y no fue en el espejo. Más bien digamos de que fue casi vislumbrándose el mediodía porque suelo trabajar hasta altas horas de la noche. No, les aclaro, aún no ejerzo la prostitución, lo mío son los alfajores de maicena y las empanadas; las tarifas de luz y gas son más convenientes de noche y por eso la actividad productiva se realiza a hacia horas avanzadas del día. Por eso, aún medio abombado por el tardío despertar, quizás aún dominado por las sensaciones del último sueno, me topé con Superguacho en la cocina de casa.
Si se hubiese tratado de un cuento, hubiera pensado de que se trataba de un recurso literario fantástico. Pero no lo era, él – es decir: yo – era bien real. Quizás por esto no me sentí ni sorprendido ni incómodo con la situación. Pensé por un instante de que podría tratarse de una broma de ella, mi novia. Pero como había salido temprano a pasear a sus mascotas (perro, gato, pollito, arana pollito y al avestruz), no tuve otra alternativa que hacerme cargo de la situación.
Hablamos de cualquier cosa. Y fue ahí, por un instante, de que me dí cuenta que no estaba acostumbrado a escucharme, y, menos aún, a pensarme a mí mismo como un ser más de la constelación que me rodea, ni tampoco – lo que es aún peor – a ser permeable a los consejos que tanto me gusta pensar para los demás.
De vuelta en casa, mi novia y sus mascotas, ayudaron a reafirmar mi sensación. Ninguno de sus animalitos es conciente del tipo de ente que es y todos desean comer de la misma manera que lo hacemos nosotros, como humanos, porque ellos, a sí mismos, jamás se piensan como diferentes. Abrí la boca y me introduje un bocado de tortilla de papas mientras las fieras a mi alrededor no dejaban de observarme con envidia.
Placer inconcluso
Ventanal
Roberto se despierta primero que ella. Mira a su alrededor y se tranquiliza. Todo ha sido una pesadilla. Se despereza en su cama y se observa en el reflejo del ventanal. Desde que se han puesto de moda las viviendas dentro de los Shopping Centers, él ha alquilado una y disfruta de nuevas sensaciones haciendo pública su vida privada.
Silvia yace a su lado, aún no ha abierto los ojos. Algunos pasantes van paseando y alternan entre ver vidrieras con ropa de moda y gente en su esfera íntima. Roberto lo sabe, lo disfruta, y despeinado, se levanta en calzoncillos para dirigirse al cuarto de bano a mear.
Silvia, sola en la cama, ahora ha abierto un ojo. Mira y observa a su alrededor, agazapada, sin moverse. Casi parecería como que si ella mantiene los ojos cerrados, eso sirviese para pasar desapercibida. No termina de acostumbrarse a la nueva vivienda. Sabe cómo lidiar con su actual realidad hogarena, pero sus capacidades no pasan de una actitud defensiva.
Sin contacto
Víctor, al igual que Safiro, ha elegido una mujer que no lo satisface realmente porque ella vive de espaldas al placer. Safiro se pregunta si la mujer de Victor quizás a sido violada de pequena. Al mismo tiempo Safiro no reconoce de que Alicia, su propia mujer, es casi igual a la esposa de Victor, su madre.
Safiro cree que tiene visión de pez, panorámica, que posée un lente carísimo, pero no se da cuenta de que apenas le funciona en modo zoom. Solo cuando se emborracha se abren las compuertas de la autopercepción sincera. La irritación que produce este momento, las hace cerrarse pronto. Gozar es poder hacer un balance general, piensa, y sabe, perfectamente, de que se está enganando, pero de que aquella es su elección.
Viaje
El auto se frena en mitad de la carretera y se abre una puerta. Romina sale disparada. Bolito aprieta el acelerador a fondo. Romina permanece contemplativa en cuclillas sobre la banquina. Abre su mochila y extrae un bocadillo de jamón de bellota y queso parmesano. De paso por Espana e Italia ha ido recolectando manjares portátiles para alimentarse. Nada le importa ni preocupa cuando come.
Bolito pega la vuelta a los 500 metros. Cuando llega al lugar en que había depositado a Romina, la vé comiendo. Se le ha pasado la bronca. Estaciona a un lado de la carretera cerca de Romina y se queda adherido a su asiento. No abre la puerta ni para salir ni para invitar a Romina a subirse de nuevo. Se siente indeciso, pero no solo ahora, siempre. Tansita los días de explosión en explosión, disculpa en promesas, y sin saber porqué.
Segundas primaveras
Estás sentado mirando por la ventana desde tu escritorio. Un instante es lo que dura aquella inmersión dentro de un pensamiento pasajero. Luego de unos segundos ya ni te acordás qué era lo que pasó por tu cabeza. No estás ni deprimido por el invierno, ni sufrís por la falta de luz que azota estas latitudes nórdicas, ni te afecta el frío helado, ni te cuesta despertarte por la manana, ni te sentís identificado con algún personaje que se esconde detrás de varias capas de ropa y una gorra de lana.
Mientras muchos de tus amigos dan signos de invernar como los osos, vos te sentís en primavera, en tu microclima. ¿Porqué me estará pasando esto a mí? – pensás, contemplativo, nuevamente. Tanto tiempo quise alcanzar un estado de paz interior y, justo cuando no me lo propongo y estoy listo para meterme de cabeza en la introspección de la estación, esto llega, acá está, y no se de dónde ni cómo vino.
Es hora de contagiar. A todos, a mis amigos, a mi familia, al que llame por equivocación o de una compania de telemarketing, al que me mire en el transporte público.
* * *
Ramiro decidió de que regresaría a su país. Hizo las maletas, se deshizo del 98% de sus cosas, sacó dos pasajes e invitó a su mujer a salir para tomar algo. De camino al aeropuerto, ella empezó a extranarse porque su marido le pidió de que no se bajara del metro y se dejase sorprender: Iban a un lugar que ella ni se imaginaba. Ella pensó en el cine, hacía casi 3 anos de que no iban. Luego se le ocurrio que podría ser una obra de teatro. Solo una vez en 14 anos él la había invitado a asisitir a la premiere de una compania que venía del país de él. Eso había sido ni bien él había llegado a Berlín. Luego ya nunca más nada lo motivó a hacerlo.
Hicieron transbordo y subieron a un bus. Ella ahora intuyó más férreamente de que no irían ni al cine ni al teatro. Subidos en el avión de Iberia rumbo a Madrid, él le empezó a explicar de que esperarían tres horas en la capital castellana para luego subirse a otro avión que los llevaría lejos, a su país.
* * *
Cuando te despedís de Ramiro esa noche en el bar, tempranito y sin estar ebrios, sabés de que pasará mucho tiempo hasta que lo vuelvas a ver. Quizás eso nunca suceda. Pero podés percibir su felicidad y aquello supera la tristeza de perder un amigo. Sin darte cuenta, encendiste la mecha en él. Te lo hizo fácil. Los amigos de verdad somos cómplices.
* * *
El niño en brazos de él tiene una sonrisa impagable. Lo agarra con sus manos gruesas y sus brazos firmes. Domina la situación. Ella, a su lado, se nota que se deja llevar y lo disfruta. Su rostro delata relajamiento. Es la primera vez, desde que la conociste, que la descubrís así, con esa expresión invadiendo su cara por completo. El sol lo ilumina todo, el cielo es bien azul, profundo y, por algún lugar, se cuela una nube blanca. El Río de la Plata brilla e incandila con su reflejo.
La foto que te acaba de llegar por email, es la más linda de los últimos tiempos.
La sequía
- El mes de la sequía es en el que comienzan las lluvias.
No era un simple recurso literio lo que Parpadicio le decía a Rotitalba. Ambos habitaban Berlín. Ano tras ano, en noviembre, como hamsters en ruedita, debían comprobar de que la misma sensación los absorvía. Gris, lluvia, frío. La humedad que se metía por todas partes. La gente que desaparecía y, con ella, el motivo de crítica, único y absoluto. Viento.
Ambos eran desocupados con una gran variedad de hobbies. Los acumulaban con alma de coleccionista. La actividad central, más allá de todas las demás que les servían para distraerse, era la de sentarse en cafés a observar a la gente y desmenuzarlos con opiniones que se reservaban para ellos dos.
La ambivalencia del invierno los ponía a prueba. Si bien las personas dejaban de transitar sitios que implicaban relacionarse con el aire libre, minimizando los recorridos urbanos y limitándolos a lo imprescindible, el espíritu depresivo de esta época era de lo más suculento. Nada como el comienzo del sufrimiento en la gente para sentirlo jóven y fresco, indomable. Nubes y falta de sol.
Los días se acortaban, oscurecía a eso de las cuatro de la tarde, convirtiendo la merienda en cena y la noche en un estado ad eternum. Fue uno de esos días en que apereció y se les plantó en la mesa.
- Ustedes dos son unos hijos de puta, lo supe desde que los ví.
- ¿Nos conocemos? – atisbó a decir con naturalidad Parpadicio.
- No, pero sí, pero en realidad no.
- Ah, muy bueno lo tuyo… – aprovechó para deslizar el pelado Rotitalba.
- Yo antes era un pobre pelotudo como ustedes, un tarado, un idiota resentido que se creía más importante que los demás – continuó el sorpresivo personaje.
- ¿Y ahora qué sos? ¿Budista? ¿O trabajás en una ONG y ayudas a los sintecho?
- Esos son los peores – contraatacó el visitante – pero no tanto como ustedes.
- ¿Y quién carajo te invitó a venir a hablar con nosotros? – soltó Rotitalba.
- Vos y tu amigo, pero ya me aburrieron, chau.
Llovía nuevamente de a gotas gordas y bien heladas. Los cafés empezaban a llenarse y daban refugio a los pocos pasantes que venían de sus trabajos o escapando de sus agobiantes hogares. El aburrimiento como deporte urbano hacía estragos. Quizás por eso, o por sentirse demasiado observados, los dos amigos pagaron y se fueron a otro tipo de lugar. Era hora de conocer chicas. ¿Pero y eso cómo se hacía? Cuando la idea de empezar de nuevo algo aburre, y seguir haciendo siempre lo mismo también, es porque los extranos tienen derecho a acercarse, a opinar.
- ¿Che, ese tipo que vino hoy hasta la mesa, es amigo tuyo?
- ¡Estas chiflado… no, cómo se te ocurre!
- Qué se yo, digo, no sé, como vos te juntás a veces con cada uno…
Por fin empezaron a hablar, por primera vez, de ellos mismos entre sí.
Quemaditos
Estabamos tan acabados de que no podía irnos peor. Al margen de que siempre todo puede empeorar, eramos optimistas y estabamos convencidos de que nuestra suerte era justamente ser concientes de que ya no podíamos perder. Sin miedo, el mundo nos pertenecía y las desgracias eran nuestra contención.
Sentados en un banco de la placita, por la noche, ya que la oscuridad nos jugaba a favor, nos sentíamos cercanos. Nos unía la pérdida presente o la que pronto vendría. Era real o hipotética. Muy real en mi caso porque mi novia me había dejado. Tambien bastante real en el caso de Tarijaria porque estaba en medio del largo proceso de divorcio emocional, mental y, porque se avecinaba una reaccion en cadena estilo dominó en su vida. Cacho Delprado nos acompañaba y decía de que se sentía igual a nosotros. Manifestaba de que en su caso, el final, o bien, ya había llegado, o bien, vendría en cualquier momento por él. Nunca supimos a qué se refería, pero aún sin comprenderlo, le hicimos un lugar en el banco sobre el que solíamos pasar horas desahogándonos noche tras noche.
Eramos tres amigos que nos sentíamos más que cercanos en la soledad. Ella y él iban y venían por cerveza de lata al quiosco regularmente. Yo había abandonado el alcohol por completo y tomaba té helado, agua gasificada con sabores exóticos y cualquier otra bebida sin azucares ni graduación etílica. Cuando nos daba hambre, nos acercábamos al barsucho de Felipe y allá nos metíamos algún bocadillo callejero barato. Mi favorita era la albóndiga berlinesa frita con ketchup. Ella le daba duro y parejo al famoso sandwich turco Dönner. El venía siempre comido de su casa.
Las noches eran largas. Creo de que desde entonces ya nunca practiqué la reflexión de manera tan intensa como en aquel entonces. Desde la nada, todo era un regalo, y, sin saber porqué ni para qué, ni cómo, ni si iba a ser posible algo alguna vez, sin horizontes, nos atrevimos a abrirnos y mostrarnos tal cual eramos, con una autocrítica tan feroz que nos daba coraje existir. Fueron quizás semanas o meses, hasta que algún día, él dejó de acudir. Y luego las charlas entre ella y yo ya no fueron lo mismo. Los encuentros se disolvieron.
* * *
Pasaron años y seguimos en la misma ciudad. También nos hemos visto innumerables veces desde aquel entonces. Pero jamás volvimos a rememorar aquella época. De eso no se habló mas. Al verlos, hoy en día, puedo divisar al fantasma rondar sobre sus cabezas. Presiento de que me salvé. Pero si así fuese, ¿porqué les temo tanto y los evito?
* * *
El grito sobre el escenario no era el famoso alarido de Tarzán, era Cacho Delprado abriendo uno más de sus shows en familia y en el bar del barrio, el Chancho Bar. Todos acudimos a la cita, él a cantar, ella a pasar desapercibida. Y yo no sé muy bien a qué fui. Pero allá estábamos, ellos y todos los demás, el ghetto berlinés nocturno hispanoparlante completo.
Al terminar el show, coincidimos él, ella y yo en la barra de atrás. Nos miramos, fue un instante. Y casi pude palpar aquella mirada de complicidad tripartite que conocí. ¿Alguna vez miraron fijo a dos personas a la vez? Yo sí, fue ayer, es decir, en un rato, cuando parta para el concierto. Yo los quiero a ambos, fueron mis mejores amigos, de las pocas personas con las que me sentí comprendido o, en su defecto, tan acompañado. Era feliz junto a ellos a pesar de mi derrota capitulada, auto-asumida.
Quisiera decirles tantas cosas, no deseo hablar del antes sino del ahora y de a dónde hemos ido a parar los tres. Yo siento de que me salvé y ellos dos no. Soy conciente de que mi juicio es extramandamente subjetivo y parcial. Quizás igual cada uno hizo y arribó, aunque sea de manera parcial, allí a donde deseaba estar. Tal vez me equivoque en mi percepción. Eso no me importa realmente. Quiero hablar con ellos sin tener la necesidad de huirles. Uno hace lo que quiere, lo que puede, lo que le sucede. Dejemos eso de lado por un instante nomás.
Nunca digas nunca jamás (versión a lo guacha)
“Nunca te mudes con un amigo y menos aún si es petiso”
Juan José Nonpalidece
La otra noche iba paseando a última hora con mi bella y vaga perra por las calles veraniegas del barrio cuando de pronto me encuentro con una vieja amiga. Lo que más me sorprendió es verla a ella también con un perro a su lado. Nos miramos sin decirnos nada por un instante y antes de saludarnos. Luego nos reímos. Finalmente, nos saludamos. Lo hicimos lo más rapido posible, ya que ambos teníamos unas ganas impacientes por abordar un tema obvio: el can ajeno, es decir, la novedosa realidad de habernos descubierto portadoresde un perro.
El pequeno perrito de ella me recibió ladrando como un loco desquiciado hasta que ella lo hizo callar. El primero en desenfundar cuestionario fui naturalmente yo.
- Es nuevo? – le pregunté.
- No, no… – me contesto.
- Pero nunca te lo había visto antes – respondí.
- No, no – dijo ella – no es mío, me lo prestaron, es de amigos y lo cuido de vez en cuando, me lo llevo una semanita a casa.
- Ahhhhh – le dije.
El minúsculo canino de ella empezó a ladrar de forma desaforada nuevamente. Ella lo hizo callar, con cierto esfuerzo, pero por fin lo logró. Intentó justificarse.
- Es que los perros chiquititos son así – me dijo – tienen que hacer mucho ruido para defenderse, para que no los pasen por encima.
Mi perra, sentada al lado, contemplaba en pleno silencio y calma la situacion. Nada parecía alterarla. Giré mi cabeza para observarla y ella también lo hizo, enfocando sus ojos negrotes hacia mi. Nos miramos y casi diría de que pude ver una sonrisa burlona y de complicidad dibujada en su hocico. El perrito comenzó nuevamente a ladrar pero esta vez mi amiga no pudo acallarlo, lo que forzó a dar por terminada la charla. Entre ladridos enfurecidos nos despedimos y la ví alejarse a medida de que el sonido perruno iba bajando de volumen conforme la distancia crecía.
* * *
Codornicio entró al departamento pegando un portazo, luego de haber tocado el timbre de forma desesperada reiteradas veces. Como nadie respondió al llamado, tuvo que utilizar sus llaves para abrirse camino. Por fin adentro, arrastró sus pesadas y enormes valijas y, haciendo un estruendoso concierto improvisado, cruzó por casi todas las habitaciones del departamento, abriendo las puertas a patadas, hasta llegar a su habitación. Uso la ruta interna más larga. No le dió demasiada importancia al hecho de que había gente durmiendo en las diferentes piezas. Ella me despertó para avisarme de que mi amigo ya había llegado. Me quité los tapones para el ruido, puse mi mejor sonrisa sincera y fui a su encuentro.
Parece que todo empezó mal porque casi se negó a saludarme. Si bien ella había acordado con él de que ese día habría visitas en casa, a él aparentemente todo esto se le había olvidado. Su enojo se vió volcado hacia mí. No tuve más remedio que invitarlo a tomar un café fuera de casa para que se tranquilizase y, para que, además, tuviesen tiempo los amigos para recuperasen del traumático sobresalto.
Al ofrecerme a pagar el café, el rostro de Codornicio esbozó una primera mejoría. Cuando se incorporó para irnos pude observar una vez más su escasa estatura y tuve, por un instante milimétrico, un flashback hacia la noche en que me había topado con mi amiga y su perrito.
* * *
Los días pasaron pero algo se mantuvo constante: La actitud de Codornicio. Lo recuerdo contando sus monedas para pagar de a centavitos su shawarma.”Poneme la diferencia” me dijo, casi ordenándome. Él siempre rendodeaba para abajo y además te hacía pagar las propinas a vos. Yo le había contado de que era fin de mes y estaba corto de guita. Por lo menos dijo gracias cuando lo invite nuevamente a un café. “Paga vos que yo voy la próxima”. No hubo próxima porque despues de un par de días me limité a evitarlo. Su egoísmo me tenía saturado. Ya no podía conversar con él sobre nada de nada.
Cuando ella, mi acompanante de vida, vino un día casi al borde de un ataque de nervios en el mejor estilo Alomodovar para hablarme de Codornicio, tan solo la abracé y le dije que era así. Los dos nos miramos y pensamos en que más que bronca nos daba lástima. Ella había ido tambien acumulando sinsabores desconocidos. Codornicio daba por descontado de que se le lavase la ropa, ordenase, limpiase, se le cocinase y jamás se le había ocurrido traer ni un litro de leche a la casa.
Cerrando la semana llamó Beltrán y me desahogué con él. “Tratá de separar la convivencia de la amistad”, me recomendó. “No puedo”, le dije, “es imposible hacerlo cuando convivis con un amigo, y más aún si tal persona es tan particularmente avara, egoista y codiciosa”. Me cuesta horrores cuando alguien no sabe brindarse ni un centímetro hacia el prójimo porque siente de que está perdiendo algo. Y lo peor de todo es que uno mismo entra su juego de la contaduría si desea poner el tema sobre la mesa.
Cuando Codornicio se despidió, lo saludé ya estando yo a gran distancia de él. No pienso de que las amistades no sean recuperables. Pero de a momento, por prudencia, evitaré toparme con él en todas sus visitas. Quizás pase un ano o dos sin vernos. Luego se sabrá si es posible volver a ser amigos cuando se ha chocado frontalmente contra una pared que son los límites de un vínculo. Aunque por lo general suelo desestimar los consejos de mi padre, hoy debo darle plenamente la razón. Porque las inumerables charlas que tuvimos durante sus últimas estadías con Codornicio no sirvieron para nada, más que para confirmar el fracaso del diálogo cuando la sordera de una de las partes es voluntaria. La derota estaba preanunciada desde el vamos y no supe escuchar a mi progenitor.
Sal de mí
Apenas nos estabamos conociendo con Matilda. Nos citamos en el Bar “Matilda” de Kreuzberg, Berlín. La idea fue mía en uno de esos ataques de espontaneidad y libre asociación pauperrima que me caracterizan. Como suelo ser más que puntual, llegue a la cita media hora antes. Debo confesar de que estaba levemente nervioso. Suelo sentirme así cada vez que veo a una mujer.
Como no tenía nada que hacer, me dediqué a escuchar conversaciones ajenas de las mesas contiguas. Mi atención fue ganada por una voz hispano-ibérica masculina que, como la mayoría de sus compatriotas, hablaba en un tono fuerte y por telefono celular. Lo noté irritado aunque resté importancia a mi percepción simple, ya que la experiencia me decía de que los espanoles siempre hablan con un tono que a mí se asemeja al enojo o la alteración. Carácter, me dicen, tenemos caracter, tío. En fin, agucé el oído. Y me percaté de que algo no andaba bien.
Mi vecino de mesa cortó abruptamente la llamada. Dejó casi de un golpe un billete de 5 euros sobre la mesa, se levantó rapidamente y así de iracundamente como se incorporó, abandonó el bar. En su apuro, pude observar, olvidó un papel sobre una de las sillas. Lo recogí para dárselo pero él ya no era divisable cuando salí a buscarlo a la puerta. Todos saben de que soy muy curioso, y es así como, ni corto ni perezoso, me dispuse a leer aquello que parecía una nota improvisada que nunca llegaría a destino.
“El problema es mío pero tú me haces mal. Yo se de que no es tu culpa aunque de todas formas no consigo vivir con el temor y la angustia que no me permiten dormirme mientras tu descansas plácidamente a mi lado bajo el efecto de las drogas y el alcohol. La carencia es mía, pero el gatillo que detentas tu entre tus dedos me tiene en vilo constantemente. El miedo no es lo que a uno le está pasando en el momento sino que es pensar en lo que a uno le puede suceder a futuro y no desea que pase.
Eres tan influenciable que por eso te deseo. Y por esa misma razón no te deseo, porque te pierdo tan facil como el viento se lleva a una hoja (anotación al margen del escrito: qué cursilería, tío!). No puedo vivir aferrándote, me agota, me amarga, no me gusta quién soy así.
Ha pasado mucho tiempo, quizás un ano y medio, quizás dos, desde que nos conocimos allí en Galicia y sentí por primera vez esto que te describo estando ambos en tu lecho. Ahora eso me agobia en mi propia cama y no puedo siquiera irme porque es también la tuya. Por eso te pido por favor de que te vayas tú. El problema es mío pero tu nunca me permitirás superarlo”.
Algo me distrajo de golpe. Era Matilda tocándome el hombro. Le propuse irnos a tomar algo a mi casa o a la suya directamente, sin vueltas. Casi no hablamos, nos emborrachamos sentados al borde de su cama, hicimos el amor dos veces como animales y me fui. No valía la pena involucrarse. Se lo dije. Y le dejé como regalo y justificativo la carta de mi desconocido amigo ibérico.
Billar desde el iphone
“Si no puedes vencerlos, uneteles” reza el dicho. Por eso aca estoy. El sitio es lugubre, decadente, rockero, tatuajes, humo y un billar. Mitad de la semana, cuatro de la madrugada. Tu terapeuta te aconseja que aprender a controlar la paz es importante. El tablero de dardos del bar te seduce ahora mas que ella.
Digamos que el desencanto llega un dia. Darse cuenta es doloroso. La ves y ha perdido toda la magia para vos. Es mejor vivir enceguecido o desencantado? Ser rico en la Matrix o ser un heroe de pelicula? No lo se, pero tengo certeza de lo que no me hace sentir bien. Lo siento mas que saberlo.
Ella me pregunta que hago. Escribo, le digo, una historia de amor. Se acerca con cara desafiante. Amor por quien. Escribo, tan solo escribo. Entonces pierde interes. No la culpo, todos reaccionamos solo recien cuando presentimos perder terreno.
Los amigos vienen y se van. Las experiencias empero se van acumulando como capas de pintura vieja. Mira la pantallita, vuelve sobre mi. La laca pesa. Incomoda. Vos encima mio tambien. Pesas. El control es denso, el amor liviano, y el peso siempre el mismo.
Mi noche la has salvado vos, gran descubrimiento, lo siempre evidente, un iphone entre mis dedos, que me permite retratarlo todo como una grabadora de bolsillo. Por tu lente veo al billar sobre el display y a ella desvariar con su cerveza en la mano. No me gustas asi, no se si quizas no me gustas mas.
Limitaciones
- I -
Paco y Pico
charlan en un café,
Paco le cuenta,
pero Pico habla y habla y habla
solo de él.
Por fin Paco puede hablar
para recibir respuesta,
entonces Pico le dice que se joda por ser pobre,
y no ser millonario como él.
- II -
Paco y Peca toman tecito
y comen alfajorcitos,
quedan para la noche
para la cena de pacatos,
pero Peca no viene, no viene y no viene,
una, dos, tres, mil veces, nunca viene,
aunque siempre anuncia presencia.
Entonces Paco sabe que ella es así
y todo está bien,
si viene, viene, y si no viene también,
pero por la dudas, nunca quedes con ella sola,
porque solo te quedarás,
y ahí sí que te enojarás.
- III -
Paco y Pucho se toman una ginebra,
Paco a la primera ya está bien curda
y Pucho agarra la siguiente con la zurda,
dice una metáfora absurda, y pide catorce ginebras más,
toma y toma y toma y toma,
hasta que Paco se las toma, se va, huye, fugueti, chau.
Paco quería decirle a Pucho
que bebía mucho,
pero Pucho en su mejor estilo no te escucho
se voló el seso con un par de cartuchos,
y Paco se convenció una vez más,
de que solo vale la pena hablar,
como diche el dicho popular: si te quieren escuchar.
- IV –
Paco y Peto se aburren a lo neto,
Paco le comenta
que al mojito le falta menta,
pero Peto relativiza,
eso y todo lo demás,
porque siempre le escapa a todo,
y esa es su fortaleza, su debilidad – mas bien: su condena
así dejó a su nena,
y a todas las que vendrán.
Paco comprende de que repetirse es aburrido,
pero cambiar todo el tiempo es una repetición tambien,
entonces para qué hablar hoy sobre esto,
si manana no tiene valor, pasado menos y luego qué se yo.
Si Peto escapa,
es porque se escapa de él mismo,
y aunque te bajés del tranvía,
tu destino te perseguiría.
- V -
Paco y Paco charlan sobre la cama,
alter ego y personaje
se dicen cosas
antes de que sea de manana,
repasan sus encuentros
y acuerdan aceptar
de que las expectativas propias y el accionar
de los otros,
son siempre un camino hacia un abismo,
salvo que uno mismo,
se quiera salvar.
Allá están ellas siempre por las dudas
Era la hora del almuerzo y fuiste a la cantina con Rapiro, tu viejo amigo del cole. Corría el futuro en tu sueño porque de pronto se habían transladado al 2009. Tu existencia no tenía un sentido muy definido, eras el de antes – es decir: el de ahora. Te gustaba escuchar el hard rock de fines de los ’80 que nuevamente se había puesto de moda. Por esas cosas del destino, también las cabelleras largas se usaban una vez más y vos llevabas una. Las botas cortas con terminación en punta y unos jeans rotos completaban la vestimenta. Eras todo un neo-hardrocker de principio de Siglo XXI. Tus amigos también y todos en el cole eran tan cools y modernos que estaban siempre a la moda. Ambos tomaron una bandeja del comedor y fueron a por algo de comer. La cantina del colegio era una pasarela de telenovela juvenil. Y más que comer, todos y todas iban a participar de un gran reality-show en circuito cerrado y escondido detrás de una institución escolar.
Te sentías muy cómodo porque eras un pibe jovencito de secundaria pero con la experiencia de una persona treintaañera. Eso te daba seguridad y paz interior. Pensaste que no había nada mejor que existir en sueños porque esas cosas solo eran posibles de manera omnírica. Y es así que estabas charlando con Rapiro en la cola de la comida sobre tonteras cuando vinieron a saludarlo su hermanita y una amiga de ella, hermana menor a su vez de una ex compañera de ustedes que había cambiado de colegio. Te pareció muy linda, hermosa. Cómo puede ser de que nunca te habías percatado de ella en todos estos años? Bueno, pensaste, los sueños son así, una gran revelación inesperada en la cual se nos hacen evidentes los deseos últimos y la percepción se nos amplía considerablemente. Soñar era como estar en sensorialmente en celo. Así sí valía la pena ir al colegio y a almorzar.
Fueron muy poco las palabras que llegaste a cruzar con ellas, y menos aún las que intercambiaste con la pequeña hermosa. Pero fueron suficientes para que por la tarde te las cruzases en el café del cole y te invitasen por la noche a darte una vuelta por el disco-club de la institución que funcionaba en horario matiné desde las 19:00 ya que eso era un colegio para menores de edad. A esa hora clavada estabas en la puerta esperándolas. Llegaron casi una hora tarde como todas las chicas argentinas. Ya de jovencitas van esculpiendo su caracter, pensaste. Y te alegró saber de que el encanto especial que tenían las chicas de tu país era parte del paquete.
- Entremos – dijo la hermana de Rapiro.
Ellas caminaron por delante, vos las ibas siguiendo. Por algún motivo, ellas parecieron menos interesadas en vos que al mediodía y por la tarde. Subieron bien alto por una escalera caracol y se apostaron en una amplia plataforma que se sostenía tan solo de una estructura de metal. La banda de hard-rock empezó a tocar y el piso se agitó como si fuese a caerse. Te dió vertigo y pensaste en descender inmediatamente. Pero el vértigo de bajar con ese estruendo no te lo permitió. Así que te quedaste con las chicas, que para ese entonces seguían las canciones de la banda de memoria.
Las notabas ausentes. Más bien precisémoslo mejor: Ausentes de vos. Estaban pendientes del qué dirán, de su propia vestimenta, de quiénes habían venido y quiénes aún no, de cómo se mostraban o se sentaban, paraban, cantaban, qué caritas ponían. Pero vos no te dejaste hundir por una actitud tan juvenil como esas, porque con la conciencia de un treintaañero que te daba el sueño vos sabía que la manera de comportarse de las chicas tenía que ver con la inmadurez. Vos más bien gozabas de otro costado intersantísimo: La frescura de las jovencitas. Te regocijabas sientiendo a las mujeres descubrir el poder que tiene el atractivo femenino. Era un orgullo verlas dominarlo ya tan bien.
Quizás te sorprendió el primer beso que cayó de improvisto por parte de la amiga de la hermana de tu amigo cuando ya estabas casi listo para descender de esa inestable y vertiginosa plataforma. Más aún te sorprendió que le sonrieras, devolvieses el beso y te despidieses. Ambos se miraron de nuevo y supieron que podrían volver a verse cuando quisiesen. Me cago en los sueños, pensaste, no te dejan elegir el destino ni tus acciones! Así y todo te despertaste de buen humor y te sentiste vivo. Supiste de los flechazos son fundamentales y posibles toda la vida, son la mejor inyección de droga que existe. Siendo un jovencito de 17 años ya sabía lo que vendría y a qué podrías aferrarte durante toda tu existencia futura.