La banda

La banda por fín salió al escenario. Se habían hecho esperar quizás un instante más de lo tolerable. Todo parecía milimetricamente pensado. Ellos habían sido más que famosos, profesionales y cualitativamente de lo mejor del mundo. Aún lo eran. Habían vuelto. El estallido del público posterior a la tensión por impaciencia contenida provocó un sonido de grito uniforme, casi homogéneo.

Los vientos aparecieron primero, luego fueron los integrantes mas superfluos los que le siguieron. Apareció por fin el bajista haciendo morisquetas de payasín desenfrenadas y luego se presentó el cantor con un gesto que no se decidía si debía ser de rockero o de intérprete de corte romanticón. Fui feliz hasta ese instante. Ya con los primeros tonos noté de que algo no andaba bien. ¿Qué era? ¿La calidad del sonido? ¿La mezcla? ¿Los ánimos de los músicos? ¿O era yo víctima de mi propia percepción?

La miré a ella en busca de comprensión pero recién luego del show conseguimos hablar al respecto. Era evidente de que algo había cambiado y de que estaba asistiendo sin saberlo a un punto de inflexión en mi vida. El segundo viaje a Londres con ella definitivamente lo era.

* * *

Algún día se me ocurrió pensar de que toda época tiene un principio y un fin. Las etapas se queman. Pasó el tiempo y esta convicción se fue diluyendo, perdió peso. Volví hacia atrás sin hacerlo. Allí me dí cuenta de que no conseguía dejar de proyectar. Todo lo que me rodeaba era aquello que me iba pasando a mí. Mis conclusiones eran para el afuera y los demás, en ellas evaluaba lo que yo iba procesando. Me gustás porque ahora estoy en esto, como vos. Estás viejos para eso, hay que aceptar de que se le pasó su cuarto de hora. Toma demasiado, fuma de más. No es creativo, no tiene onda. Es demasiado negativo en sus reflexiones. Esta chica peca de optimismo. Todo lo que estaba por fuera de mí, sobraba.

* * *

La excusa perfecta para hacer el viaje, determinar el destino y la fecha, había sido el concierto. Hace tiempo de que no conseguíamos despegarnos de Berlín. Cada intento por salir de la ciudad, fallaba. No nos daban los números. No nos daban los tiempos por entregas. La corrección. Una entrega de proyecto. Un cliente. Un evento. Una pelea desmotivante. Por algún motivo, el presente nos frenaba constantemente.

Cuando el avión despegó, sentí alivio, paz y tranquilidad. Aquellos días en Londres fueron una extensión del estado de levitación que nos fue invadiendo, sin pecar por ello de estupiditis vacacional: El ojo crítico no se cerraba tan solo porque uno podía desconectarse. Más bien, ella y yo pudimos gozar, relajarnos y criticar mucho más libremente que en nuestro encierro berlinés. La distancia ejercía su efecto liberador.

* * *

Lo ví a Finlondio mucho más que pasado de copas un día despues de lo acordado. Nos invitó al club que dirije para su cumpleaños pero faltó a la cita. Antes el no era así, cuidaba más estos detalles. La noche siguiente, cuando volvíamos al hotel, de casualidad nos bajamos en Notting Hill Gate, y lo ví en la puerta del sitio. Charlamos brevemente. El grado etílico de su sangre casi no le permitió reconocerme. ¿O habrá sido mi barba que lo confundió? Sus ojos eran un carrusel. El final de su relación parecía haberlo dejado desequilibrado. El, mientras tanto, disfrutaba del vaivén. En la angustia del blanco de su mirada divisé también placer.

* * *

Ya no consigo tomar como antes y divertirme. Me aburro de mí y de los demás cuando beben. Las borracheras me producen cierto rechazo. Un amigo me dijo de que eso siempre depende de con quién se comparten las borracheras. Comparto su opinión, pero de todas maneras hay un parámetro común en todo acto social de alcoholización. Y ese quizás sea yo: Me aburre la libertad que percibo como fingida. Más aun si noto de que nada ha cambiado ni cambiará. Creo de que me aburre el perpetuum mobile.

* * *

Ella ya dejó de ser un incógnita en mi vida. Ahora es bien real. Como el viaje, como Londres, sus sitios, sus esquinas, todo aquello que antes me interesaba pero no llegaba a comprender y casi me superaba. Disimulaba poniendome en pose cool con frases ambiguas.  Ahora lo he compartido con ella, disfrutado, entendido – y un poco sí, es verdad, he perdido la fascinación. Así y todo noto de que el vertigo que antes me proveía placeres, ya no lo hace, porque cambié, porque somos otros, porque la búsqueda pasa por otro lado, aún muchas veces sin definirse, sin saber hacia donde arrancar, pero la pregunta está ahí. Se abre una nueva era.

La banda desde el escenario se despide. Con cariño alzo mis brazos, ella tambien. Adiós, hasta siempre, pienso. Y siento que la presión cede porque lo peor ya ha pasado.

Fernando

No lo vas a creer, Chicho. Ese día, ahora no me acuerdo exactamente por qué razón caminé por ahí. Pero pasé cerca del Ibero Amerikanische Institut de Berlín. Era en el año, déjame pensar, 1999, 2000, creo. O sea cuando De la Rúa era Presidente de la Republica. Y yo lo conozco. Es un amigo de la infancia, para decirlo de alguna manera. ¿Querés más vino?

La verdad, te cuento, a De la Rúa yo lo conozco de Santa Fé (¿Córdoba? Es de ahí). El tipo algo sospechoso, medio que quería engancharme. Bueno, era otra época. Pero me hizo entender que estaba interesado. Nunca pasó nada. Porque el tipo era un plomo. Un lagarto. No sé cómo explicarte. Igual yo andando por ahí, lo veo. Fernando, le grité, ya desde lejos, como si fuéramos jóvenes de vuelta. Y el tipo me reconoce. Pero había mucha gente ahí. La delegación oficial, creo que también el alcalde de Berlín (no lo conozco de cara, pero había un gordito sonreilón) y su tropa y el personal de seguridad que, ya medio asustado por mi grito de corazón, corre para adelante formando de alguna manera una especie de muro humano, un cerco alrededor de De la Rúa y – si es que era – el alcalde de Berlín.

Supongo que temían que yo fuera una loca que quería acercarse al Presi para clavarle alguna estatuita de algún monumento, letal seguro sería un modelo de la torre de televisión del Alexanderplatz. Pero, ¿cómo? Todo bien con él. Así que Fernando disuelve el operativo de seguridad y se me acerca, me abraza, me da un beso en la mejilla, muy cerca de la boca. Es un gentleman. Pero muy aburrido. Me dice que me va a llamar, que ahora no tiene tiempo porque tiene que inaugurar una estatua de San Martín. Se despide. Sigue de lejos.

El otro día me llamó, pero medio se hizo el histérico, propuso fechas para un posible encuentro para llamar de nuevo y correrlas. Nunca nos vimos. Es un gil.

Cámara de gas



dedicado a mi más fiel copia que tomó su propio camino
a pesar de que ha quedado en manos de Marlboro y Cía.


Cuando retiré al perro de los de mi hermano, pasándolo a buscar por la puerta de entrada al edificio, noté de que le costaba respirar. Si bien este ejemplar cuadrúpedo siempre se distinguió desde que lo conozco por llevar un paso decididamente licencioso, su andar ahora era más lento que de costumbre. Quise motivar al ser que habitaba dentro de aquel animal impartiéndole una palmadita sobre su lomo. Lo único que conseguí fue provocar una intensa polvareda de cenizas que formaron una nube luego del impacto provocado por mi mano sobre el peludo cuerpo. El perro me miró girando la cabeza y luego volvió a apuntar su hocico hacia abajo, jadeando levemente.

Me asusté y retorné sobre mis pasos hasta la puerta de lo de mi hermano. Toque el timbre y su voz sonó aspera por el intercomunicador. El tono de sus breves palabras habíanse asemejado al de aquellas voces que salen filtradas por gas heólico. Entendí de alguna forma de que me abría la puerta y subimos. Mi perro en un principio se resistió. Pero al ver a un vecino que se cruzó con un cigarillo encendido, mi mascota comenzó a caminar por sí sola, impulsada por cierto automatismo que yo desconocía de ella.

Al llegar arriba, la puerta del departamento estaba abierta de par en par. El olor a humo frío y seco que salía del habitáculo casi me voltéa. Sentí angustia. Sentí ansiedad, sentí muchas cosas a la vez. Por fin me decidí a ingresar. La luz del pasillo no funcionaba. Tropecé con un aparato de fax que recién divisé en la penumbra cuando sentí partirse el plastico bajo mis zapatos y comenzó a sonar el rollo de papel que estaba aparentemente atascado. Saludé alzando la voz. Pero nadie vino a mi encuentro. Tampoco nadie contestó a mi saludo.

Empujé la puerta del dormitorio a mi izquierda pensando en que quizás mi hermano había estado recostado haciendo una siesta. Él suele dormir mucho y en horarios extravagantes. Todos mis amigos, que son ahora también sus amigos, me han dicho de que siempre que lo llaman él aduce haber estado durmiendo. Me sentí culpable por haberlo despertado. Un caja con cables, conexiones y tarjetas de PC me cerraron el paso. La ropa arrojada sobre el piso complementaba el bloqueo. Eso sin mencionar que en una segunda línea de defensa se agrupaban libros varios en diversos idiomas, manuales, apuntes, cajas vacias de galletas, un sostén de micrófono, una guitarra sin cuerdas, una trinchera de polvo, un sillón que algún día fue blanco y un monopatín. Algo me decía de que luego de esa línea de contención se sucedían aún mas vallas de protección astutamente calculadas por un gran estratega militar. Antes de que mi vida siguiese corriendo peligro, decidí cambiar de rumbo y avanzar hacia el interior de la vivienda.

Mi perro emitió una suerte de aullido contenido. Quizás quería advertirme de algo. Tal vez solo fuese que sus bronquios estaban suficientemente taponados como para dejar que el sonido saliese de forma más natural y marcada. Fui caminando con cautela hacia la sala, deteniéndome frente al baño. Abrí la puerta pero no había nadie. No quise observar en mayor detenimiento tal habitación porque las primeras impresiones dispararon mi instinto nato de depresión y seguí avanzando unos pasos hasta el mayor de los cuartos: la sala de estar. Nosotros en Argentina lo llamamos el living. Y efectivamente, casi como adaptándose aún más a la palabra de origen inglés, dicho espacio daba absoluta fé de ser un sitio invadido e inundado de vida plenamente transcurrida y perfectamente acumulada: Innumerales contornos superpoblaban el espacio como si se tratase de una cordillera andina.

El cuarto se mantenía a oscuras. Necesité aspirar profundamente tres veces para no caer desmallado. Fue ahí de que intuí de que a mi hermano podría haberle sucedido lo peor. Por un instante me desesperé pero recobre valor. Si el estaba atrapado allí, yo debía salvarlo, no cabía duda. Tomé corraje y me aferré a la correa del perro. Su agudo olfato de seguro que me ayudaría a encontrar a la posible víctima. “¡Búsca, Lamehuesos, búsca!”, le supliqué al can. Mi perro, Lamehuesos, apenas se movió de su sitio. Amagó a desplazarse pero cayó rendido sobre su propio peso. Luego emitió una especie de suspiro atorado y se giró sobre su cuerpo pidiéndome de que le acariciase la panza.

Sin ayuda, yo iría solo al rescate, debía enfrentar la realidad de los hechos. Al dar el primer paso, una voz ronca me frenó en seco. “Qué pasa”, dijo. Me asusté. Por fin, quizás gracias a que mis pupilas ya se habían acostumbrado a la oscuridad, pude divisar un punto luminoso rojizo quemándose que se movía levemente. “Hermano, eres tú”, pregunté yo en una versión del castellano neutro que se utiliza para el doblaje de series norteamericanas en Latinoamérica. Era evidente de que el temor arrancaba de mi las reacciones más inesperadas. “Sí, boludo, quién va a ser sinó… estoy fumandome un pucho y descansando un poco”.

Caí desmayado por la tensión contenida. Cuando retorné del desvanecimiento, mi perro comía trozos de chuletas de cerdo a la leche de coco con lichi y almendras en un plato hondo. Mi hermano fumaba recostado en el sofá y pelaba unos maníes a la vez. Tenía la mirada fija en la pantalla de su computadora portatil. “Vendí un jugador, estoy segundo en la liga online de Beersheva”. Creí verlo sonreir cuando con un cigarrillo encendió el siguiente.

Quise levantarme pero no pude. Así pasé un largo rato, hasta que la oscuridad empezó a transmitirme una sensación de relajación muscular. El aire maloliente ahora me parecía familiar y transmitía seguridad. Mi perro eructó al terminar de comer y se echo sobre el piso. Estirando el brazo tomé el encendedor entre mis dedos y al primer chispaso la explosión fue tan seca que provocó de que el sonido nos dejase sordos antes de morir. El forense efectivamente constató el tipo de fallecimiento como muerte instantánea por hernia aguda de tímpanos. Por lo menos no fue el cigarrillo el que se llevó a mi hermano. Y por suerte nos fuimos juntos para que luego ninguno de los dos tuviese que soportar a nuestro padre de viejo con todas su manías aún más agudizadas. Del perro nunca aparecieron restos.

Así somos en esta familia, habíamos perecido en una cámara de gas como muchos de nuestros antepasados judíos en Alemania, atrapados por no saber o no poder salir a tiempo.

Demasiadas series

Cuando ví salir de la casa de Ludmila del Río a Fantastina, supe de que estaban tramando algo gordo. Quizás todo fuese mi imaginación. O tal vez no. La cuenta regresiva estaba activada, yo estaba seguro de ello. No toda bomba es de tiempo, pero sí puede activarse sin que lo imaginemos en cualquier momento. Vivir a las sombra no garantiza invisibilidad sino que más bien nos protege de la misma forma en que un niño se tapa los ojos para no ser visto. Quise decirles algo, pero no supe ni cómo ni cuándo.

* * *

Por fin sonó el telefono. “Estoy lista”, dijo la voz. “Avancemos entonces”, contestaron.

Cada fin de semana era una mera repetición del pasado. Era evidente de que debían cambiar de ambiente. Más bien, quizás, de ciudad, de gente, ver otros rostros, confrontar otras mentalidades. El taxi al aeropuerto iba a estar esperando en menos de cinco minutos en la puerta. Acarició su rostro, apenas, con la punta de sus dedos. No hubo despedida.

* * *

- Mira aquellos bagels
- Mhhhh, se ven de maravilla

Compraron media docena y se sentaron al sol a saborearlos. Pocas veces salían juntas a la intemperie. La trama podría ser descubierta.

* * *

Qué desperdicio. La libertad debería ser uno de los bienes más preciados. Solo un buen motivo podía justificar prescindir de ella. En eso estaba pensando yo, cuando, por la ventana ingresó casi desapercibido una disparo de francotirador. El silenciador del arma me permitió desplomarme en paz y silencio. Me quedé quieto porque no entendía qué sucedía. También porque mi inteligencia cultivada en series de agentes secretos me indicó de que lo correcto era hacerse pasar por muerto. De tal forma, quizás no disparasen nuevamente.

Al despertar del desmayo, sin saber bien qué hora era, no fui hasta el teléfono a llamar a la ambulancia. Más bien me arrastré hasta la computadora y comencé a escribir.

¿Sin rostro? ¿Sin imágenes?

Hola Gente:

He quitado por “motivos de fuerza mayor” todas las imágenes que acompañaban a los artículos del blog. Luego de la última migración del viejo servidor al nuevo, Wordpress – el software de este blog – no me permitió importar las imágenes.

A su vez, investigando por otro lado, me dí cuenta de que muchas fotos que faltaban habían estado alojadas por fuera del blog en otros servidores. Eran irrecuperables porque habían sido removidas de su sitio.

Es por ello de que, cortando por lo sano, y en vistas a que este es un blog de escritura, decidí que podíamos prescindir de las imágenes. Los artículos deberían tener fuerza suficiente para sobrevivir por sí solos. Sin espejo para observarse, es posible también salir a la calle.

¡Saludines!

El ADMIN

Conferencia argentino-alemana de escritores

Queridos Blogger@s de SINRUMBO,

les paso el dato de un evento que deseo recomendarles: BOTENSTOFFE. ¿De qué se trata? Paso a citar de la declaración de prensa que recibí…

El 25 y 26 de marzo se celebrará en la casa de Literatura Lettrétage la primera conferencia de autores argentinos y alemanes bajo el título Botenstoffe. La inauguración oficial se realizará el 23 de marzo en el Instituto Cervantes. Cinco autores de Argentina se encontrarán con cinco autores alemanes y discutirán acerca de las similitudes, los rasgos en común y las interferencias en la literatura en Argentina y Alemania. Además de lecturas, se organizarán mesas redondas en las que se tratará de aclarar cuáles son las tendencias actuales y las motivaciones para escribir.

Autores y autoras participantes:

Laura Alcoba
Lola Arias
Félix Bruzzone
Sergio Raimondi
Pablo Ramos
Nora Bossong
Daniel Falb
Juliane Liebert
Tilman Rammstedt
Julia Zange

Más información al respecto encontrarán en:

http://botenstoffe.wordpress.com

¿Nos vemos en las lecturas?

¡Saludos!

El ADMIN

Pregunta cercada por mi occidentalidad

Si no podemos
echarle
las culpas
a los demás…

¿qué nos queda
por contar?

Agujero groncho

El pesado de la ultima salida fuiste vos. Te cuesta darte cuenta, te avergonzás. En casa, al acabar las quinta botella de vino con tus amigos, ya estabas suficientemente empinado como para seguir bebiendo. Salieron y fueron a parar a uno de esos sitios de Berlin-Mitte que ya habían sido sepultados en tu memoria. ¿Pero porqué fuiste, porque accediste a desenterrar muertos para abrirles la barriga y buscar alimento en su interior?

El agujero negro, groncho espacio, y una infinidad de planetas que se conjugaron en tu contra, eran nadie más que vos contra vos. Porteros cuidando la entrada y no dejándonos entrar. Esperar en el frío en una cola de borrachos, que, ademas, como iban a esa fiesta, eran de las personas mas tontas que habías frecuentado en los ultimos anos. Hay días, o noches, en los que uno enfila por la vía masoquista.

Aún más oscuro era el ambiente interno, a pesar de las luces y el efecto del dragon echando fuego encima de la barra. Acababa de terminar el concierto de La Garcha Inmaculada, estaban presentando su primer album. Lo primero que se me vino a la mente fue pensar en a quién se le ocurre aún editar un CD. Más aún luego de 8 anos de existencia. Luego me di cuenta de que quien nunca pudo, llega tarde es felicidad quizás también.

La copia de la copia, pero esta salió mala, arribista. El latinaje lumpen, no creativo, no nada, pero ni siquiera tan bajobarrio que tiene algo interesante para decir. La musica era un rejunte de viejos temas apenas pasados de moda, lo éxitos, los que ya escuchamos tanto y además nunca fueron buenos. La gente bailaba feliz, mis amigos también. El alcohol lo puede todo.

Se me cruzaron los cables. A mi no me es facil dejarme convencer por el entorno. Más bien me pone rabioso cuando desean convencerme de algo que no lo siento propio. Y más aún si yo lo asocio con mediocridad, me da rechazo. Reventar, explotar, es humano, es, también vergonzoso. Debí haberme retirado antes, pero ella no accedía y quizás yo no supe darle a entender la gravedad de mi situación.

Ser y dejar ser, dejar partir, entender, comprender al otro, la vida de pareja es intensa, la social también. Así y todo me rehuso a aceptar lo que no me sale y choca frontalmente con mis convicciones tan solo en pos de conservar la paz y armonía grupal, llamese familia, amigos, país, mundo. ¿Será inevitable de vez en cuando que la oscuridad nos absorba así?

Estrella fugaz

“Nada mejor que uno mismo para pifiarle”
Juán Remigio Pattiori (futbolista argentino)

A veces hay momentos de situaciones cotidianas que son como el paso de una estrella fugaz: Iluminan con tenaz claridad por un instante, y, para una gran mayoría de los espectadores, pasan desapercibidos, o, sino tambien, son olvidados muy rápidamente.

La noche de mi fiesta de cumpleanos, cuando Beltrán, total y absolutamente fuera de sí me amenazó con la obligación de seguir bebiendo de esos tragos cortos y venenosos, no me percaté de nada, tan solo obedecí. Han pasado unas semanas desde aquel entonces y ahora me doy cuenta de que su acusación hacia mi persona, en cuanto a que yo era un tipo demasiado “controlado”, iba dirigida pura y exclusivamente a sí mismo. Más de una persona fue testigo de la brutal transformación que sufrió este personaje aquella noche, en la que pasó el límite en todo sentido habido y por haber.

Hoy deseo decirle a mi amigo de que si fuese mas medido y equilibrado, si sus vínculos amoroso-emocionales con las mujeres fuesen algo más racionales, y, sus actividades laborales algo más pasionales, le iría mejor. La bestia que ataca directo asusta, el “pecho frío” de los proyectos genera irritación en los demás seres comprometidos.

* * *

Así como sucedió con Beltrán, viví una situación hace ya un par de anos con mi amigo Codornicio que lo dijo todo. Habíamos hecho escala en una estación de metro de Berlín. Esperábamos pacientemente al próximo tren cuando vimos una mujer de rarísimo aspecto deambulando por el andén. Su pinta se confirmó en actitudes y, nos dimos cuenta, observándola desde cierta distancia, de que era uno más de esos personajes totalmente desequilibrados que circulan por los transportes públicos de la ciudad.

Sin percatarnos siquiera, la mujer estuvo de repente a nuestro lado y se dirigió hacia nosotros de forma desafiante; en fin, así como los dementes algunas veces hablan, en voz más que alta, confusa, con tono agresivo. Yo la ignoré y ella entonces pasó de largo hacia mi amigo. Y créanme de que nunca lo había visto con semejante cara de aterrorizado. Saltó hacia un costado, bajó la mirada y se encongió, achicándose aún más de lo menudo que es naturalmente.

Lo conozco desde hace ya casi dos décadas. Y siempre me llamó la atención su actitud competitiva y bélica frente a los hombres, sacando pecho y parándose en puntas de pié para aumentar su estatura. Todo un tipo valiente. Por otro lado, esa imagen, solía contrastar con la manera en que su actitud cambiaba cuando se relaciona a una mujer, casi contraponiéndose a su postura de macho en vela. El tono meloso, la voz suave, casi temerosa, la actitudes de entrega exageradas hacia ellas lo convertían en lo que en castellano rioplatense llamamos un auténtico “pollerudo” (algo así como calificarlo de “perrito faldero”).

Hoy por hoy lo veo igual, nada ha cambiado, es un tipo constante y coherente con su pasado. Hace anos que bromeo dicendole de que le iría mejor si tratase a los hombres un poquito más como a las mujeres y viceversa. Algo más de firmeza con la hembra y algo más de suavidad con el machote le ayudarían a estabelecer vínculos más equilibrados. Pero ya no le digo nada: Quién no quiera escuchar, es porque realmente no le interesa. Y deseo respetarlo.

* * *

Esta manana me encontré conmigo mismo y no fue en el espejo. Más bien digamos de que fue casi vislumbrándose el mediodía porque suelo trabajar hasta altas horas de la noche. No, les aclaro, aún no ejerzo la prostitución, lo mío son los alfajores de maicena y las empanadas; las tarifas de luz y gas son más convenientes de noche y por eso la actividad productiva se realiza a hacia horas avanzadas del día. Por eso, aún medio abombado por el tardío despertar, quizás aún dominado por las sensaciones del último sueno, me topé con Superguacho en la cocina de casa.

Si se hubiese tratado de un cuento, hubiera pensado de que se trataba de un recurso literario fantástico. Pero no lo era, él – es decir: yo – era bien real. Quizás por esto no me sentí ni sorprendido ni incómodo con la situación. Pensé por un instante de que podría tratarse de una broma de ella, mi novia. Pero como había salido temprano a pasear a sus mascotas (perro, gato, pollito, arana pollito y al avestruz), no tuve otra alternativa que hacerme cargo de la situación.

Hablamos de cualquier cosa. Y fue ahí, por un instante, de que me dí cuenta que no estaba acostumbrado a escucharme, y, menos aún, a pensarme a mí mismo como un ser más de la constelación que me rodea, ni tampoco – lo que es aún peor – a ser permeable a los consejos que tanto me gusta pensar para los demás.

De vuelta en casa, mi novia y sus mascotas, ayudaron a reafirmar mi sensación. Ninguno de sus animalitos es conciente del tipo de ente que es y todos desean comer de la misma manera que lo hacemos nosotros, como humanos, porque ellos, a sí mismos, jamás se piensan como diferentes. Abrí la boca y me introduje un bocado de tortilla de papas mientras las fieras a mi alrededor no dejaban de observarme con envidia.

Porque los dedos tienen memoria es que…

Nota a un video de Dikesso tocando el piano.

Si salieron de los dedos, salieron de los cabos de los cuerpos/Ellos son por donde todo entra y todo sale/Son lo que el corazón no necesita para seguir latiendo, pero sí para no seguir entristeciendo/¿Nunca vieron como los brujos mueven los dedos para invocar a los espíritus joviales?/¿Nunca vieron como se mueven los dedos de Diea mientras toca Paranoid Android?/Se me hace que estas notas buscan otra memoria para los dedos/Por eso les he dado la bienvenida a casa/Pensé todo el día en la urgencia de ese cambio/Ahora aprieto Play y escucho un ensayo para esa nueva memoria/Hoy ya no me importa más la calle/Mañana será otro día en el que buscar más ensayos / El hecho que el de hoy vuelva a estar en casa mañana, retrasa la urgencia/ Espero volver a tener suerte , y sino será pasado o pasado…

Eckkneipe

Cien metros después del portal de mi casa escuche música muy alta que venia de un Eckkneipe. Esto es lo que en nuestro idioma llamamos bar de esquina. Mi barrio esta plagado de ellos. Sin exagerar, en una manzana puede llegar ha haber hasta cuatro. A causa de este tipo de distribución urbana, estos bares son como centinelas de barrios cerrados, algo asi como guardianes del orden y de la paz espiritual de la zona. La música era alemana, de provincia, lo que en este país se llama Schlager y que normalmente se relaciona directamente con el gusto y la vida proletaria.  El estilo Schlager es sensiblero y popular. Salvando pequeñas diferencias, se trata de lo que para nosotros podría ser un Sandro o un Palito Ortega.

Al lado de la puerta del bar; un hombre alto, con pelo blanco y gafas de pasta, tarareaba la misma canción dedicada a Alemania y a sus bellezas que estaba sonando adentro. En el momento en el que pasaba por al lado de él, el tipo se me planto adelante y puso todo su cuerpo señalando hacia la puerta.  Nunca supe exactamente lo que quería de mí porque nunca llegamos a hablar de eso cara a cara. Sin embargo, algún que  otro encuentro parecido me indicaba que probablemente sólo quería  tomar una birra  y contarme lo mucho que había amado a quién en algún momento lo había abandonado. Entré al bar. Lo hice porque además de que era el único camino que me quedaba para no chocarme contra él, su entusiasmo porque lo acompañase me había convencido. Allí dentro había diez personas desperdigadas en un espacio de casi doscientos metros cuadrados,  decorado con un billar, un televisor, jarras de cerveza y unos cinco o seis osos de peluche apelmazados por el humo. En la puerta, el cartel de un esqueleto sonriente con un cigarro encendido en la boca lo dejaba todo claro, “Bar de fumadores” .

La música estaba muy alta.  La gente bebía, fumaba y entrecruzaba miradas cómplices y amistosas. Tampoco perdían ocasión en levantar los vasos para hacer algún que otro brindis corto después de algún comentario que los uniese. Ese aspecto tan jocoso se corto cuando notaron mi presencia. Fue ahí, como si de un coro al llegar al momento del estribillo se tratara, cuando todos se dieron vuelta al unisono y me miraron tímidos y agotados. Sus miradas ya no tenían la chispa de la complicidad. Ni siquiera el tipo que estaba atrás de la barra parecía muy entusiasmado por que le deje algo de mi dinero en la caja. Las preguntas de sus ojos no necesitaban ser expresadas para ser evidentes, ¿A qué venís?, ¿Qué buscas?. Dado que siempre que entro a un bar abierto al público todas estas preguntas ya tienen respuestas; supe inmediatamente que para estar allí, no bastaba con la voluntad de tomar una cerveza y tener el dinero para pagarla. Allí había que tener ya un compromiso con el lugar y con la gente que ni mi condición, ni mi aspecto parecían permitírlo. Por el contrario, yo parecía traerles la imagen social de uno de esos tipos que no tiene ni idea de lo que a ellos les preocupa y conmueve. Uno de esos tipos que se haría el amigo por un rato para poder hacer algunas preguntas tan ajenas como periodísticas.

Tomaría una o dos cervezas. Y tras establecer un juicio que quizás a la semana siguiente aparecería publicado en algún periódico con el nombre de “el zoo de los Eckkneipen”, volvería a irme hasta un próximo encargo de la editorial, como si nada hubiese pasado. En ese clima hostil sólo atine a volver a mirar al hospitalario borracho que me había invitado a pasar. Él me miro con una mirada desilusionada. Hizo el mismo movimiento que había hecho con su cuerpo para invitarme a entrar, pero esta vez para salir. A pesar de su simpatía sus ojos ya no tenían el entusiasmo con el que me había invitado a pasar. Con toda su inocencia él no se había siquiera imaginado que no bastaba con tener la burocracia del dinero para poder estar allí.  En el Zum Tiger (asi era como se llamaba el bar) había que estar dispuesto a compartir muchas más cosas que un papel euro para poder acceder a sus servicios.  Salí del bar, y  me paré en la esquina a esperar que el semáforo se pusiese verde. Todo había pasado muy rápido y en mi cabeza sólo había una falsa nube de tormenta cargada de disgusto e indignación.

* * *

Según los políticos del parlamento alemán (Reichstag) la nomenclatura que define a esta gente es “Arbeitslos” o desocupado. Para ellos sólo alguien así puede llegar a encontrar atractivos semejantes tugurios y costumbres. Al ser Arbeit -trabajo y los -sin o –fuera, podemos decir que ellos son gente sin (o fuera de) trabajo.  A mi entender; y teniendo en cuenta que no todo trabajo que realiza el hombre tiene el dinero como consecuencia, esa nomenclatura estatal es totalmente ridícula .

Más bien creo que el rechazo que esos políticos experimentan contra los lugares y los disfrutes de los desocupados, da por supuesto que la única actividad dignificante del hombre en sociedad, es aquella que produce dinero. Un juicio así, sólo puede sostenerse en la creencia de que el liberalismo no sólo es el único sistema conceptual de organización de las relaciones ciudadanas; sino que también, es la organización que ha venido a nuestra vida política, como un Iceberg viene  al océano, para quedarse allí  y no volver a irse jamas, a pesar de que no lo veamos.

El Semáforo se puso verde y volví a retomar mi camino. Mientras cruzaba la calle miré la hora en un reloj de ciudad que estaba plantado justo en el Boulevard de la avenida. Era la una de la mañana. Pensé que más o menos a esa hora los jóvenes más emprendedores y activos de la ciudad empezaban a entrar a la disco Tecno mejor conocida como “centro panorámico”. Allí, el ambiente para respirar también es tan denso y nuboso como en el bar de esquina.

La diferencia es que en la disco el sudor se mezcla con perfumes caros y el gasto medio por persona y por noche no baja de los 80 euros (Y les aseguro que esto es muy barato si dentro de ese precio incluyo los gastos de speed y extasis, entre otros estimulantes necesarios para intensificar el disfrute de esa música). Mientras los políticos más jóvenes del Reichstag probablemente también entraban a ese templo, los politicos más viejos se sentaban junto al fuego de las chimeneas de sus chalets y justificaban sus remordimientos pensando que, mal que bien, el centro panorámico no es más que el lugar en el que la gente puede hacer efectivo su derecho a divertirse y distraerse de su trabajo.

Berlín y el Tango (Final)

“Cuando hemos comprendido la alteridad del otro
no terminamos jamás de comprenderlo”

E. L.

¿Qué otra cosa más que deshacer puede hacerse si no queremos limitarnos a consumir o a comprar los sentidos de la vida? Para evitar que esta carta se convierta en un producto compacto, maleable e instructivo que sólo se limite a predicar, mandar y ordenar; he intentado que pueda dispersarse, abrirse y romperse infinitas veces, de modo que nunca llegue a alcanzarse algo así cómo un fondo que le diga lo que ella tiene que hacer con su vida. Mi ambición es escribirle una carta que quede depositada en las estanterías de su biblioteca como si fuera un vaso de agua. Una carta que cuando empiece a leerla no la convenza de hacer algo sino que simplemente desparrame su contenido y  humedezca sus manos de mí.

Pero vayamos más lentos ¿Cómo se dispersa una carta?, ¿Es la dispersión una característica necesaria de la carta, existen cartas que sean productos limitados, escuetos, compactos, productos de entretenimiento, productos hechos según las reglas de entretenimiento del buen mercado? A mí me parece que la carta contiene algo que dice y algo que no dice, y también creo que hay cartas que se preocupan por eso que no dicen y otras cartas que simplemente no lo hacen, a las que les importa un pito y prefieren no librarnos a ese campo abierto, no liberarnos a la existencia en su máxima responsabilidad. Dicho de otro modo hay cartas que quieren protegernos del peligro inevitable de no saber nada del otro, mientras otras abren la puerta a esa inminencia de lo desconocido a la que inevitablemente será hora de responder sin ordenar. La existencia de este último tipo de cartas ayudan a que la lectura siempre se convierta en escritura.

Es decir, a que el lector sea instigado a escribir lo que no se dice, o con lo que ha quedado responsabilizado. Por eso digo que hay cartas que hacen que la lectura sea un vaso de agua que se rompe, y otras, que simplemente se quedan conservando el frasco. Es importante empezar a perderle respeto a la carta, empezar a hacer uso de la carta, a romperla o comérsela si hace falta (Recuerdo que en una novela de Bernhard había un personaje que se iba comiendo de a poco “El mundo como voluntad y representación” de Schopenhauer y que encima no engordaba ni un poco) para que después nos veamos instigados a responder, a crear, a proponer. El comer a cagar, el humedecer a artesanasear…

Hace poco fue Navidad y otra vez vi a los niños abriendo salvajemente el papel de regalo con la misma intima fuerza con la que luego probablemente abrirían y romperían el juguete para ver su interior. Hay una misma secreta fuerza que comunica ambos actos, una mezcla de curiosidad y ansiedad, pero ante todo, una energía, un instinto creativo, una fuerte experiencia de que no hay fondo y de que nada esta dado o definitivamente terminado, de que no todo se ha acabado. Porque cuando el niño ya tenga el fondo, abandonara ese juguete para buscar ya en otro, otra vez lo que hay adentro. ¿Cómo seria regalar una carta?, ¿No es una carta el lugar sin fin, sin último interior? ¿Puede una carta abrirse y cerrarse infinitamente encontrando un nuevo fondo sin fondo y cerrando así, por fin, el circulo de la repetición para concentrar la fuerza de la que se desgasta la vida en la ansiedad eterna?

Querido amor:

A tu hijo que ya no será mi hijo, o que quizá si lo sea, aunque no biológico, le regalaré una carta. ¿Cuánta importancia puede haber en quién es el padre biológico?. No importa tanto el padre como el mismo hijo. Pero, por favor, te lo pido como un favor, busca siempre al hijo, sigue buscándolo incluso cuando ya lo tengas y ya estés buscando al padre. El padre puede ser también el hijo, así que permanece siempre en el hijo ¡qué lastima que no todos los hijos sean huérfanos de padre! pues qué mejor que hacer saber que el hijo no tiene padre sino que tiene hijo o que el padre es también antes de ser padre hijo. Como te decía, a tu hijo le regalaré una carta. Esa carta que le regalaré será la carta que concentre las fuerzas de la ansiedad eterna.

Yo la amo por eso y siempre la seguiré amando por eso. Pero está bien claro que quienes tienen el problema de ver los gestos, los sucesos y las representaciones de otra manera que las que son, o mejor dicho, quienes los interpretan inclinándose por la paciencia de que el otro encuentre su manera, no puede seguir viviendo con quien así ya no lo ve, con quien quiere asegurarse la vida junto a alguien que sea así como le gustaría que sea.

No hay rencor, lo que hay es nostalgia, nostalgia y miedo de no haber llegado a mostrarte todo lo que yo veía cuando vos me contabas y me decías tu opinión de todo lo que veías, o cuando vos te sumabas a todo lo que te sumabas sin preguntarte nada acerca del por qué. Y quiero ser aún más preciso sabes, quiero ser todo lo preciso posible, y así lo quiero, porque quiero que sepas distinguirme, que sepas que yo soy yo y que aquel es aquel.

Hoy voy a hablar del tango, otra de tus herencias. Es gracioso que a pesar de que yo soy de buenos aires hayas sido tú quien me lo ha regalado. Es por eso que esta carta es para ti y no para mis antepasados tangueros. Es por eso que acabo de escribir por lo que estoy obligado a pensar en lo que es una herencia. Empecemos por decir que en realidad nuestra tradición por sí misma nos da poco o nada de herencias si no hay alguien que nos involucre en algo. No importa quien sea ni de donde venga, no importa si es alguien lejano a mi lugar de nacimiento, sólo alguien nos hace herederos. Fíjate que de hecho has sido tú de quien he heredado este tema para pensar o esta música para bailar. Claro que muchos me han hablado del tango, pero tú me has conducido a ello, invitado a ello, hecho una propuesta seria, poniéndome un día y una hora, acogiéndome,  ayudándome a dar los primeros pasos y recibiéndome en el baile. Pero toda hospitalidad amor mío tiene un riesgo. Su riesgo es el de ofrecerse pidiendo a cambio que la devolución sea bajo el estilo de quien hospeda, que lo que se devuelva sea lo que tu quieres recibir, esperando eso sin abrir los brazos a quien trae algo distinto para decir, a quien quiere decir algo distinto. Porque si ahora me dices que “In meinem Haus darf man manche Gedanken nicht ausdrücken” me dejas a cuadros, porque si significa que si decidiera quedarme ya no podría ofrecerte nada mío y que solo tendría derecho a estar callado. El hospedado, querido amor y querido Emmanuel, no es hospedado por vos sino por la casa y el dueño de la casa es también un hospedado, pues la casa lo sobrevivirá, y al ser esto así, sólo puede ser la casa misma, antes de vos y antes de mí, la que merezca el nombre de dueño de casa. Y ahora que digo esto mi amor ¿Cuánto le falta a las fronteras externas de Europa para entenderlo, cuánto para asimilarlo? ¡Cuánto miedo al peligro! Pero justo cuando todo esta en peligro, cuando te pones en peligro, cuando algo de ti se pone en peligro y entiendes que por él o por ella eres responsable es cuando aparece la hospitalidad. Es así como muchas veces me hiciste sentir, es así como muchas veces no me hiciste sentir. Pero no sé porque te lo digo si en el fondo tú lo sabes, todo lo que te digo lo sabes. Lo único que ocurre es que si es así como siempre actuases habría demasiadas cosas que perder.

El paso decidido a perder todo lo que no ayude a seguir cultivando esta hospitalidad es el paso a ganar todo lo que aún no sabemos y a también quizás poder empezar a decir que no todo esta dicho y que aún nada sabemos de lo desconocido, que nada sabemos de aprender a permanecer en lo desconocido. No son las personas las que perderás. No perderás los amigos y menos aún los padres. Los padres no dejan de estar. El padre siempre se adapta al hijo. Si cambiamos al padre ganaremos al hijo que con un poco de suerte puede ir ganando espacio hasta la desaparición del padre.

Me invitaste con una fuerza muy concreta que me indicaba lugar y fecha, que me ofrecía una pareja y que me indicaba cada pasó. Yo lo jugué. Yo jugué con vos y quería seguir jugando cuando te invite al juego de pensar el contexto del tango. Es decir, cuando te invite a un juego desde ese juego pero para vos no había tiempo que perder.

¿Y eso qué se hace sin pensar?, ¿Qué es lo que hay allí? ¿Qué se esconde detrás de ese sentimiento consolador del servilismo del acto que no dice lo que piensa? Sin consuelo, nazcamos del dolor de sacar a la luz todo lo que tengamos que ocultarnos: “sácame esta cara infame, julio, déjame gritar al fin mi verdadero nombre”

La herencia debemos pensarla  como nos salga del orto. Y quizás aquí volvamos a pelearnos, pero no importa, bien vale el intento de volver a desatar una vez más otra guerra contigo porque es así como nuestra relación es posible. La última relación posible es la del roce sin fin y sin cansancio, la única pareja posible es la que ve en el roce y en la chispa el único motor para continuar juntos. No hay paz hay guerra continua y la creencia en la paz es lo que probablemente produzca la extremada guerra política que culmina con la matanza de gente. No todos pueden convivir con el roce, el roce requiere tanta energía viva que siempre terminamos optando por lo muerto, por la paz burguesa, por el pan nuestro de cada día danos de hoy, por el niño sin cartas, por entrar y ponernos los zapatos de casa. Y allí volvemos a la hospitalidad, porque ahora resulta que como queremos la paz y el olvido de nosotros mismos, luego llegara la hora de proteger ese olvido, esa paz  y ahí es cuando aparecen las preguntas que respetan a los ejercitos: ¿Quienes son esos? ¿Qué te parece esta pistola? ¿y si disparamos esta bomba? El hombre occidental tiene el culo demasiado gordo, demasiado pesado para poder vivir en tensión ¿no te parece mi amor?.

Si alguien lee esta carta quiero que sepa que no por amarla dejo de amar a mis otros amores. Estoy seguro de que existe cierto riesgo absoluto, la posibilidad de la estancia ante el abismo constante, la individualidad absoluta que hace que tú seas todo para mi, todo y también totalmente otro. Es en ese otro totalmente otro donde nace el amor. El amor por ti es el amor a lo desconocido, el amor a lo completamente desconocido de nuestros conocidos, a lo desconocido de nosotros mismos. Si compartimos ese lugar nos compartiremos también cuando no hablamos y cuando perdemos el tiempo juntos.

Aquí no hablo del tango a medias, de su ilusión, de su entretenimiento. Aquí lo veo como un escape, algo que ella también intuyo en el vacío que se le quedaba después de la milonga, cuando volvía a casa y se acostaba a preguntarse para qué había ido. Por eso hablo sobre todo del afuera del tango, del afuera de sus pasos y de sus reglas y me centro en su necesidad, la necesidad de una carencia que posiblemente este en muchas otras actividades, pero yo, aquí, hablaré del tango y luego que sea el lector el que juzgue en que otras actividades esa necesidad es posible. Hablaré allí donde el tango se vuelve realmente triste, realmente también la señal de un vacío que no por eso no puede seguir bailándose.

Y ahora que ya sabes lo que te digo cuando en la milonga te digo ¿Queres bailar bombón?, ¿seguís queriendo bailar?

Berlin y el tango (primera parte)

“Cuando hemos comprendido la alteridad del
otro no terminamos jamás de comprenderlo”

E. Lévinas

Cada lunes desde que empezó el invierno voy a bailar tango. Empecé a hacerlo con una antigua novia que quizás aún no sepa el modo en el que yo he interpretado todo lo que ella me ha dado al invitarme a entretener mi vida con esa danza. Justamente para darle a conocer todas esas interpretaciones es por lo que ahora le escribo esta carta. Tanto si inmediatamente después de leerla la olvida, como si, por el contrario, por alguna misteriosa razón luminosa, se le impregna a la piel hasta llegar a convencerla de que nada malo pasa si nos permitimos tomarnos el tiempo necesario para aprender a digerir todos los sucesos y encuentros cotidianos que se nos atragantan, lo consideraría perfectamente respetable.

Pues al fin y al cabo, sin que esto sirva de excusa, yo no sólo escribo para ella, sino también para mí, o más claramente, para seguir viviendo en un lugar en el que el habito de pensar los entretenimientos hasta el punto de hacer de ese pensar un hecho que también pueda ser compartido se va volviendo cada vez un poco más complicado. Si yo le preguntase a ella ¿por qué? seguramente ella respondería porque no hay tiempo, o porque la vida se va y las respuestas deben ser directas y automáticas, o porque (aunque más rebuscado no por eso menos sigilosamente controvertido), porque el hecho de haber tomado la decisión por una determinada propuesta de diversión te obliga también a aceptar todas las valoraciones, actitudes y representaciones que ya vengan adheridas a ese acto sin siquiera poderse permitir un breve comentario critico. En realidad yo no pedía mucho, me conformaba con una nota a pie de pagina que nadie lee, o con un breve susurro en la oreja entre los dos, de esos que nadie aparte de los dos escucha, de esos que sólo se escuchan en lo que en lo intimo hay de público.

Hoy por hoy, en la terrible situación de enmudecimiento y ensordecimiento en la que ella y yo nos encontramos, mi mayor ambición con estas frases no es otra que la de proponerle bailar no sólo el tango, sino también lo que al bailar el tango se baila, es decir, su ideología o sus implicaciones exteriores. Luego, quizás ya más (in)formados, espero que ella y yo podamos elegir juntos el seguir bailando o simplemente dejar de hacerlo sin frustraciones ni remordimientos. Pero hay una cosa que esta clara, que ella siga bailando la creencia de que yo soy el hombre que la baila y yo la de que ella es la dama que bailo, sin siquiera haberlo llegado a poder convertir en un juego real entre dos, por ni siquiera haber querido empezar a hacer el esfuerzo de exponerlo o de ponerlo delante de nosotros o de haberlo querido hacer real con la expresión es algo ya tan absurdo como inaceptable.

Todo esto pasaba porque estábamos entregados de tal modo y con tanta seriedad a nuestras sensaciones que ya no era más nuestro juego (nu-es-tro) sino el comercio y el negocio de otros. “Vamos a Dinamarca, me decía ella, sólo es un fin de semana, el viaje es baratisimo, es una gran oportunidad, son bailarines profesionales, directamente importados del río de la plata, tipos cancheros, nos lo ofrece la escuela a un veinte porciento de descuento, lo queres desaprovechar, mira que lo que se aprende en estos fines de semana”. Y dale que va. Porque para ella había que darlo todo por el tango, porque todo era parte del tango y estaba contenido en el tango, apasionado tango. (Pero por favor amiga, salgamos a la pista ya, sin zapatos, sin poyas, sin viajes, sin nada. ¿Siempre hay algo que comprar antes de hacer lo que tenes que hacer?) Y en mi turno para hablar le preguntaba, ¿Qué pasa con lo que al bailar se compra y no se piensa? Cosa a la que ella me respondía; “pero qué me estas diciendo, acaso no entiendes el amor que siento por esta sensación liberadora, ¿por qué no simplemente te dejas llevar de una vez?”. Y así, tratando de convencerme que hay pocas sensaciones mejores que las de mantener el ritmo o hacer la escoba, la cajita, la barrida, la mordida se nos pasaron las tardes de la última semana hasta que ayer ella me echo de su casa.

* * *

Esta carta no es más que un regalo para ella. La respuesta a un viejo compromiso que tengo con ella por haberme ofrecido tantos muchos otros regalos. Si muchos de sus regalos fueron producto, casi siempre vinieron acompañados por mi plena libertad para dispersarlos, para romperlos en mil pedazos, para buscar saber por qué llegaron hasta mí y lo que los mantiene vivos entre los divertimentos de la sociedad. Pero todo esto venía así de bien hasta que de repente llego el tango y ella perdió la cabeza.  Me dijo, “con el tango no te metas. Aquí, querido sutileza, el pensamiento cede al sentir. Hasta ahí llegaste y hasta aquí llegamos. Hasta ahí los pensamientos que podemos co(n)partir y hasta aquí nuestra relación. Y ahora por favor, raja de acá”.

La verdad es que no estoy pre-ocupado por ella en eso de que quizás se sienta sola o mal acompañada. Hoy por hoy y ayer por ayer el consumidor ocupa una imagen refinada e inteligente dentro de la sociedad y eso lo mantienesiempre ocupado y olvidadizo de si mismo. A lo que voy es a que en realidad, mientras ella siga trabajando, viajando, bailando y no necesite saber por qué esta haciendo lo que hace, le estará yendo bien. Esta carta que escribo para ella es por si alguna vez se hace esas preguntas.

Placer inconcluso

Ventanal

Roberto se despierta primero que ella. Mira a su alrededor y se tranquiliza. Todo ha sido una pesadilla. Se despereza en su cama y se observa en el reflejo del ventanal. Desde que se han puesto de moda las viviendas dentro de los Shopping Centers, él ha alquilado una y disfruta de nuevas sensaciones haciendo pública su vida privada.

Silvia yace a su lado, aún no ha abierto los ojos. Algunos pasantes van paseando y alternan entre ver vidrieras con ropa de moda y gente en su esfera íntima. Roberto lo sabe, lo disfruta, y despeinado, se levanta en calzoncillos para dirigirse al cuarto de bano a mear.

Silvia, sola en la cama, ahora ha abierto un ojo. Mira y observa a su alrededor, agazapada, sin moverse. Casi parecería como que si ella mantiene los ojos cerrados, eso sirviese para pasar desapercibida. No termina de acostumbrarse a la nueva vivienda. Sabe cómo lidiar con su actual realidad hogarena, pero sus capacidades no pasan de  una actitud defensiva.

Sin contacto

Víctor, al igual que Safiro, ha elegido una mujer que no lo satisface realmente porque ella vive de espaldas al placer. Safiro se pregunta si la mujer de Victor quizás a sido violada de pequena. Al mismo tiempo Safiro no reconoce de que Alicia, su propia mujer, es casi igual a la esposa de Victor, su madre.

Safiro cree que tiene visión de pez, panorámica, que posée un lente carísimo, pero no se da cuenta de que apenas le funciona en modo zoom. Solo cuando se emborracha se abren las compuertas de la autopercepción sincera. La irritación que produce este momento, las hace cerrarse pronto. Gozar es poder hacer un balance general, piensa, y sabe, perfectamente, de que se está enganando, pero de que aquella es su elección.

Viaje

El auto se frena en mitad de la carretera y se abre una puerta. Romina sale disparada. Bolito aprieta el acelerador a fondo. Romina permanece contemplativa en cuclillas sobre la banquina. Abre su mochila y extrae un bocadillo de jamón de bellota y queso parmesano. De paso por Espana e Italia ha ido recolectando manjares portátiles para alimentarse. Nada le importa ni preocupa cuando come.

Bolito pega la vuelta a los 500 metros. Cuando llega al lugar en que había depositado a Romina, la vé comiendo. Se le ha pasado la bronca. Estaciona a un lado de la carretera cerca de Romina y se queda adherido a su asiento. No abre la puerta ni para salir ni para invitar a Romina a subirse de nuevo. Se siente indeciso, pero no solo ahora, siempre. Tansita los días de explosión en explosión, disculpa en promesas, y sin saber porqué.

Segundas primaveras

Estás sentado mirando por la ventana desde tu escritorio. Un instante es lo que dura aquella inmersión dentro de un pensamiento pasajero. Luego de unos segundos ya ni te acordás qué era lo que pasó por tu cabeza. No estás ni deprimido por el invierno, ni sufrís por la falta de luz que azota estas latitudes nórdicas, ni te afecta el frío helado, ni te cuesta despertarte por la manana, ni te sentís identificado con algún personaje que se esconde detrás de varias capas de ropa y una gorra de lana.

Mientras muchos de tus amigos dan signos de invernar como los osos, vos te sentís en primavera, en tu microclima. ¿Porqué me estará pasando esto a mí? – pensás, contemplativo, nuevamente. Tanto tiempo quise alcanzar un estado de paz interior y, justo cuando no me lo propongo y estoy listo para meterme de cabeza en la introspección de la estación, esto llega, acá está, y no se de dónde ni cómo vino.

Es hora de contagiar. A todos, a mis amigos, a mi familia, al que llame por equivocación o de una compania de telemarketing, al que me mire en el transporte público.

* * *

Ramiro decidió de que regresaría a su país. Hizo las maletas, se deshizo del 98% de sus cosas, sacó dos pasajes e invitó a su mujer a salir para tomar algo. De camino al aeropuerto, ella empezó a extranarse porque su marido le pidió de que no se bajara del metro y se dejase sorprender: Iban a un lugar que ella ni se imaginaba. Ella pensó en el cine, hacía casi 3 anos de que no iban. Luego se le ocurrio que podría ser una obra de teatro. Solo una vez en 14 anos él la había invitado a asisitir a la premiere de una compania que venía del país de él. Eso había sido ni bien él había llegado a Berlín. Luego ya nunca más nada lo motivó a hacerlo.

Hicieron transbordo y subieron a un bus. Ella ahora intuyó más férreamente de que no irían ni al cine ni al teatro. Subidos en el avión de Iberia rumbo a Madrid, él le empezó a explicar de que esperarían tres horas en la capital castellana para luego subirse a otro avión que los llevaría lejos, a su país.

* * *

Cuando te despedís de Ramiro esa noche en el bar, tempranito y sin estar ebrios, sabés de que pasará mucho tiempo hasta que lo vuelvas a ver. Quizás eso nunca suceda. Pero podés percibir su felicidad y aquello supera la tristeza de perder un amigo. Sin darte cuenta, encendiste la mecha en él. Te lo hizo fácil. Los amigos de verdad somos cómplices.

* * *

El niño en brazos de él tiene una sonrisa impagable. Lo agarra con sus manos gruesas y sus brazos firmes. Domina la situación. Ella, a su lado, se nota que se deja llevar y lo disfruta. Su rostro delata relajamiento. Es la primera vez, desde que la conociste, que la descubrís así, con esa expresión invadiendo su cara por completo. El sol lo ilumina todo, el cielo es bien azul, profundo y, por algún lugar, se cuela una nube blanca. El Río de la Plata brilla e incandila con su reflejo.

La foto que te acaba de llegar por email, es la más linda de los últimos tiempos.

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